Por los días que corren es inevitable hablar del único Premio Nobel en literatura que el país ha producido: Octavio Paz. Por el festejo del centenario de su natalicio, la corte de los milagros que compone el gremio de los hacedores de letras, chuecas o derechas, se siente obligada a tirar su conmemorante sota de bastos. Justificada así, va ésta.
Llaman la atención reportajes como el de Agustín del Castillo aparecido en Milenio el 31 de marzo, en el cual afirma que la perla tapatía “ninguneó” a este poeta tan laureado, culpándonos de cruel ingratitud. Algo hay que decir. Pero, para el análisis, resulta más interesante revisar lo dicho por Fernando del Paso: Siempre ha pensado que fue un error de la UdeG nunca haber invitado a Paz a la FIL. “No vino porque creían que era más de derecha y él también pensaba que la universidad era de derecha” (Proceso Jalisco 490).
Los conocedores de este autor tienen que aclararle a quienes no conocen su obra, en lo que fue infatigable, que no es homogénea. Fue poeta, editor, ensayista y analista político. Un tiempo se afilió a las huestes combativas de la izquierda y en otro izó la bandería contraria. ¿Cuándo escarbó cimientos o levantó trincheras para apuntalar el ejercicio del poder a favor de los poderes constituidos, que se definen como de derecha, y cuándo construyó herramientas para la gente de la resistencia, que enfrenta las arbitrariedades y los embelecos de la derecha? Esto debe quedar bien establecido.
Hay una tercera vía: la de los indiferentes, la de los exquisitos que se proclaman neutrales. Para fortuna nuestra, el mismo Octavio Paz se encargó de aclarar que él no pertenecía a este tipo de falsa neutralidad. Tomó siempre partido en las trifulcas políticas por las que le tocó cruzar. En la afirmación citada de la entrevista a Fernando Del Paso (realizada por Jorge Covarrubias y Gloria Reza), se entiende que los responsables de la FIL nunca invitaron a Paz por creerlo intelectual orgánico de la derecha. Reza un refrán venezolano que “entre bomberos no se pisan las mangueras”. Otro, más nuestro, afirma que cuando se dan señas, es porque se tiene el camino andado. Si los próceres de la UdeG identificaron a Paz en su momento como adscrito a la tenebra que decide a espaldas de la población, por algo lo dirán. Algo le sabrían de sus visitas a los secretos ocultos en los pasillos del poder, si ellos deambulan también por dichos calabozos.
Es más curiosa la información inversa: que Paz creía que la UdeG estaba adscrita al cartel de la derecha. Quizás Del Paso se lo escuchó decir al mismo Paz. Dilucidar si los capos de la UdeG, a la que han convertido en búnker de la simulación y la impostura, pertenecen a la derecha o no es disputa por retomar más adelante. Ya hemos descorrido antes, en este mismo espacio, algunos velos. Ahora toca entretenerse en dilucidar la pertinencia política de Paz. Para este fin, la cita que hace Xavier Rodríguez Ledesma de un juicio de Lorenzo Meyer sobre el poeta no tiene desperdicio: “… Es válida y necesaria la crítica del socialismo real, (pero) para nuestros países es más necesaria hacer la crítica del neoliberalismo real, ya que al final de cuentas es bajo ese régimen en el que vivimos…” (Proceso 1952, p. 82).
Se conoce un pasado de este poeta en las filas no sólo militantes, sino hasta combatientes de la izquierda. Pero el viento de su pensamiento tomó sesgo inverso y se tornó en detractor infatigable de lo que antes había avalado con entusiasmo y hasta afrontando riesgos letales. La izquierda local no le perdonó este viraje y en octubre de 1984, tras conocerse un discurso suyo ante los libreros alemanes de Frankfurt en el que condenaba a la revolución sandinista, su imagen fue incinerada a las puertas de la embajada yanqui en la Ciudad de México. Desde entonces nadie volvió a considerar que sus expectoraciones y puyas, sus legajos y largas apologías a favor o en contra de modelos sociales o de personajes encumbrados tuvieran algo que ver con el pensamiento de izquierda, que suele tomar partido por las causas populares. Es más, pasó a convertirse en un símbolo del intelectual atinado, al que el poder adscrito a la derecha apapacha y mima.
Hay muchos trabajos en los que se hace revisión sobre la axiomática y las premáticas a que se atuvo Paz. Bastaría con ver que lo festejan los pimpollos de la derecha que nos sojuzgan, Peña Nieto o Vicente Fox, lo mismo da, aunque nunca hayan leído una sola de sus líneas. Es emblemática la escena de un dislate de Fox en esta materia. Habiendo afirmado que entre sus lecturas favoritas estaban las ‘novelas de Paz’, se le pidió que mencionara una sola de ellas y no supo qué decir. Pero para bajar de la nube de la frivolidad que son nuestros políticos, sirva la remisión a la lectura de dos textos poco difundidos, en los que se hace una disección a fondo de su pensamiento político. Ambos ayudan al interesado a resolver con facilidad la disyuntiva de colocar la obra de Octavio Paz en los estantes de la izquierda o de la derecha.
Los dos son autoría del maestro Enrique González Rojo y se los publicó la editorial Posada. El primero se titula: El rey va desnudo. Los ensayos políticos de Octavio Paz. Es producto de un seminario que el autor celebró con varios de sus alumnos más inquietos en la ciudad de Querétaro entre 1986 y 1987. Analizan a detalle las afirmaciones vertidas por Paz tanto en su Ogro filantrópico, como en su texto “Tiempo nublado”, así como en artículos políticos aparecidos en su revista Vuelta.
El segundo texto: Cuando el rey se hace cortesano, Octavio Paz y el salinismo apareció en 1990. Es una respuesta inmediata a seis artículos que Paz publicó en el periódico Excélsior en enero de 1990. Dedicó cuatro de ellos a analizar la situación de Europa del Este y dos a la situación mexicana del momento. Los recopiló con el nombre de “Pequeña crónica de grandes días”. Los dos dedicados a México se titulan: “México, modernidad y tradición”, “México, modernidad y patrimonialismo”. A los dos les pasa su filoso escalpelo analítico el maestro González Rojo.
Para cerrar, va la cita de su interrogante en el epílogo: “¿Qué necesidad tenía este emperador de la cultura, que es dueño de una personalidad indiscutible y de un prestigio universal, de rendir pleitesía a un régimen tecnocrático puesto al servicio de un puñado de millonarios extranjerizantes y del capital imperialista, y de convertirse en cortesano de un individuo que llegó al poder ejecutivo y a su gestión de tlatoani todopoderoso por caminos fraudulentos y espurios? ¿Qué necesidad tenía?”
Los que se arrodillan ante la derecha en el poder no tienen ni idea siquiera del sentido de la dignidad. Es como servir al diablo, según contaban las viejas mitologías. La obra del Octavio Paz maduro es un ejemplo vivo de esta servidumbre. Por eso, le seguirán festinando sus servicios. Sus aportaciones todavía le son útiles a la derecha, enquistada en el trono mexicano.








