Somos sanguinarios locos bien ondeados, nos gusta matar, canta con brío y bazuka al hombro El Komander, rey del corrido, en una de las tocadas que exhibe Narco cultura (E.U. 2013), documental del israelita Shaul Schwarz. Durante tres años, él y su equipo reunieron testimonios y material gráfico sobre el impacto que ha tenido la guerra del narco en la vida de los habitantes de Ciudad Juárez, así como de la llamada narco-cultura que se ha desarrollado tanto en el norte del país como en gran parte de la población mexicana de los Estados Unidos.
Morgues, cadáveres, cabezas, torrentes de sangre que escurren hacia el desagüe, gente destrozada de dolor por la pérdida de sus seres queridos; imágenes insoportables por su realismo, y aún más por su trivial cotidianidad. Pero la fuerza dramática proviene sobre todo de dos tipos antitéticos que el director acompaña y permite que se desarrollen a lo largo del documental: El perito Richi Soto recogiendo evidencias y cuerpos de víctimas, valiente a sabiendas de que la honestidad en el trabajo y el amor a su ciudad natal puede costarle la vida; y el cantante Edgard Quintero, de la banda de los Buknas de Culiacán, admirador del narco poder y entusiasta porque lo entiende.
En la entrevista de Columba Vértiz (Proceso, agosto del 2013), Schwarz revela que decidió no rastrear tráfico de drogas y de crímenes. Narco cultura no es propiamente un documental de denuncia. La breve declaración de la periodista Sandra Rodríguez, quien interpreta que la popularidad del narco-corrido como síntoma de derrota de la sociedad mexicana, condensa el mensaje político de desaliento ante la impunidad.
Con todo y su pesimismo, producto de ver cómo caen uno tras otro sus compañeros, Richi Soto sostiene la esperanza de que algún día las cosas cambien, o por lo menos la idea de que alguien tiene que hacer un trabajo honesto, ¿si no, quién? A la pedante declaración de Calderón de la guerra contra el narco, se contrapone la lastimosa y terrible queja de una mujer, madre de un joven asesinado, maldiciendo al expresidente por su torpeza; la secuencia es devastadora.
Pero lo que verdaderamente conmociona al espectador es la vitalidad y el entusiasmo de Edgar Quintero, estadunidense de nacimiento, que anhela visitar Culiacán, para él ciudad mítica del narco, codearse con la gente, escuchar el habla, adquirir material de inspiración para sus corridos. O esa jovencita a la que le gustaría tener un novio narco. Muchos jóvenes, aquí y del otro lado de la frontera admiran el triunfo del narco, su poder, su juego con la muerte. La secuencia del lujoso cementerio de narcos, algunos enterrados hasta con sus camionetas, es alucinante.
El mito que revela Narco cultura no acaba de nacer, está en pleno apogeo. Abruma pensar que explicaciones económicas y políticas suenan trilladas ante ese abismo de vida y muerte, como si se requiriese una nueva antropología para entenderla, y nuevos dioses a los que encomendarse.








