“Te haré invencible con mi derrota”

Angélica Liddell, creadora de espectáculos y performances donde ella es el objeto y sujeto de estudio, horada en un mundo lleno de dolor, odio y resentimiento. Son poderosas las imágenes y acciones que desarrolla en solitario, en un espacio por el que va y viene, utilizando, poco a poco, los objetos que ahí se encuentran. Toca la sensibilidad de los espectadores ya sea por rechazo o la impresión que ocasiona el ver cómo ella misma se lacera, destruye objetos, dispara, berrea, fuma y bebe sin descanso.

Te haré invencible con mi derrota es una propuesta que Angélica Liddell presentó dentro del XXX Festival México Centro Histórico que actualmente encabeza Cristina King, y el Teatro Hidalgo fue habitado por más de dos horas por jóvenes deseosos de ser testigos de las acciones físicas que ella lleva a cabo. Acciones de las cuales es difícil quedar impasible; cortarse con una navaja, clavarse alfileres en los dedos, rayar un violonchelo o apagar en él su cigarro. Acciones que rebasan los planteamientos existenciales y nos colocan en el acto mismo del dolor. Con pocas palabras transmite su mensaje de desolación y furia y nos deja ver la relación que estableció ella, como artista y mujer, con la virtuosa violonchelista inglesa Jacqueline du Pré que murió a los 42 años de esclerosis múltiple, pero que catorce años antes tuvo que dejar de tocar.

Angélica Liddell se relaciona empáticamente con esta artista y le pregunta; la representa, la odia y la compadece. Se inspira en un ritual espiritista, para traerla a escena, tomar posesión de su espíritu y llorar sin descanso un rato larguísimo, arrastrarse por el piso mostrando su sexo ausente de vello púbico, jugar con una peluca rubia puesta en su cabeza o dispararle a su fotografía.

Las acciones que la teatrista española usa son de gran alcance, y su espectáculo se acerca más al performance, aunque la multidisciplina sería una de sus características. Los actos que ejecuta van desde un simple transitar, derretir con paciencia una mano o comer palomitas, hasta tocar frenéticamente el violonchelo, rayarlo, y romper uno y otro, como en un concierto de rock, seguramente para mostrar la frustración/locura ante la incapacidad interpretativa de la intérprete dada su enfermedad.

Tanto por ser una artista totalmente autorreferencial como por su atracción hacia el sufrimiento, se empata con la pintora Frida Khalo, cuyas lesiones en el cuerpo fueron la huella de su obra. Angélica Liddell, por su parte, dialoga escénicamente con Jacqueline du Pré, desde la muerte, y sintoniza su terror a la vejez con la depresión, casi suicida, de Jacky.

Sobre esta violonchelista se han hecho ya un par de películas como la dirigida por Andrei Konchalovsky en 1986 e Hilary y Jackie en 1998, protagonizada por Rachel Griffiths y Emily Watson y la dirección de Anand Tucker, la cual se enfocaba principalmente a la relación de la violonchelista y su hermana con un amo compartido. En teatro, el autor inglés Tom Kempinski escribió en 1980 Duet for one que en España se ha representado en varias versiones, pero sin lugar a dudas la propuesta de Angélica Liddell –inspirada en la figura de la infortunada Jacqueline du Pré– es una obra poderosísima que surge de las entrañas y deja ver a partir de la imagen, la acción, los sonidos y la palabra, el profundo dolor que esta mujer vivió y que por sus cualidades artística Angélica Liddell nos transmite desde la piel hasta nuestro centro.