Nacido en Madison, Wisconsin, en 1906 –algunos editores anotan que fue en 1908–, el escritor Frederic Prokosch conmocionó a la intelectualidad de su país y de Europa con su primera novela: Los asiáticos (Alianza, Madrid, 1987, 364 p.), en la cual narra las peripecias de un joven estadunidense que recorre el continente asiático partiendo de Beirut, la capital de Líbano.
Era 1935 y Prokosch aún no cumplía los 30 años. La vieja Europa, convulsa por las guerras intestinas, obligó a ciudadanos comunes, así como a intelectuales y minorías étnicas a migrar hacia América y otros continentes para salvar la vida. Hijo de migrantes austriacos, el joven escritor consultó durante años innumerables volúmenes en la biblioteca de su ciudad para su novela sobre los asiáticos.
Y aunque nunca había salido de Madison, en ese ejercicio de imaginación desbordada Prokosch supo describir esas tierras, ambientes y personajes de los países del continente que “visitó”. El libro deslumbró,entre otros, a Sinclair Lewis, Thornton Wilder, al mismo Thomas Mann, André Gide, Anthony Burgess y Albert Camus, quien la llamó incluso “novela geográfica”.
Es posible que don Fernando del Paso –quien este martes 1 de abril cumple 79 años– conozca esa singular historia. Él, que desde siempre se ha mostrado como un apasionado lector y nos ha legado espléndidas novelas, como José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio, en las cuales muestra sus dotes de narrador, pero también su pasión por ignotos mundos imaginales en los cuales descubre personajes y les da vida.
Así lo observamos en su trabajo intelectual reciente, plasmado en la monumental obra Bajo la sombra de la Historia. Ensayos sobre el islam y el judaísmo, cuyo primer volumen fue publicado por el Fondo de Cultura Económica a finales de 2011.
Dividido en cuatro partes –Las mil y una noches de la BBC, Mahoma y el nacimiento del islam, Historia antigua de un pueblo deicida y el Corán–, además de cuatro apéndices y un detallado índice analítico, Del Paso se sumerge en la historia de las religiones mosaicas para indagar sobre las razones que mueven a las guerras, los odios, para tratar de entender los mecanismos del poder que obnubila por igual a civiles y militares, a políticos, intelectuales y clérigos.
En el primer apartado, que sirve de introducción, el autor recapitula su itinerario intelectual y alude a las historias de dos judíos europeos: uno húngaro, otro checo, quienes, arrojados por la beligerancia europea, recalaron en su casa familiar de la Ciudad de México y se casaron con dos de sus tías. También habla de su quehacer profesional como publicista y de sus pasos por Europa, donde incursionó en la BBC de Londres y en Radio Francia Internacional.
Fueron años de aprendizaje en los cuales observó el mundo con fina agudeza, guiado por acuciosas lecturas de periódicos y libros sobre los países orientales que le permitieron entender el rompecabezas mundial, más allá de los sesgos ideológicos. Cita a dos periodistas celebérrimos por sus coberturas informativas sobre los países árabes y del Medio Oriente: el británico Robert Fisk y el estadunidense Thomas Friedman, de The New York Times.
Fisk y Friedman son quizá las únicas figuras que salen indemnes en su libro. Ni Edward Said ni Noam Chomsky se salvan de las agudas críticas de Del Paso; tampoco salen indemnes, como se verá en las páginas subsiguientes, el “erudito” Samuel Huntington ni el propio profeta de Alá ni los traductores de La Biblia ni los comentaristas del Corán.
Ya en el segundo apartado, antes de lanzarse a navegar por ese océano de historias, geografías y leyendas plasmadas en libros, más allá de las mil y una noches y los mil y un días –los cinco volúmenes que se dieron a conocer en Francia a principios del siglo XVIII a partir de un manuscrito pretendidamente sirio–, el autor se define:
“Mis armas son de papel: los libros que he leído, las páginas que he escrito. Pero, si no soy historiador, como quedó establecido desde la primera frase de la primera parte, sí en cambio me considero un amateur de la historia en el sentido original de esta palabra: amateur es el que ama, el amador. Y yo soy amante de la historia que la corteja con modestia, devoción, amor y respeto, en la medida en que me lo permiten mis posibilidades.”
Luego se sumerge en los libros sagrados del islam y el judaísmo y en sus teodiceas, que es la médula de la investigación. El autor los pasa a cuchillo, desmonta las falacias de esos textos revelados, cuyos adeptos pretenden realizar aquí en la tierra y que tantos malentendidos y guerras han provocado a lo largo de la historia.
Sin inhibiciones metodológicas, el autor polemiza con todo (textos canónicos) y con todos (académicos); desarma leyendas, busca razones –escribe en el tercer apartado–, “en un intento de explicar lo inexplicable… tarea a la que se han abocado con verdadera pasión numerosos teólogos y pensadores, y en particular los que abordan temas religiosos”.
No obstante lo resbaladizo del terreno, el amateur Del Paso prosigue con sus dudas razonables: “El islam es –expone más adelante–, de estas tres religiones –y en realidad de todas las otras religiones inventadas por la humanidad–, la única que se ha propuesto implantar la teocracia en todo el planeta”. Sueños, locura, extravíos… En cientos de páginas incluye innumerables ejemplos.
También alude a las invenciones tardías, como el cielo y el infierno, y trata de volver a las coordenadas materiales, históricas, de conceptos como mundo y pueblo. Como agnóstico, Del Paso sabe que la historia manifiesta, pero no crea.
Lo demás son, para decirlo con el historiador de las religiones rumano Mircea Eliade, sólo hierofanías, en las cuales lo primero que se revela como sagrado “es la tierra, el cielo, el agua, el árbol, la piedra”; y “esa experiencia religiosa –lo secunda su discípulo Ion Petru Couliano– modifica la percepción del espacio y el tiempo”.
Una vez desarmados los textos revelados, Del Paso comienza a reunir las piezas dispersas a lo largo de la historia, de los movimientos religiosos y sus tendencias, de la forma en que sus profetas entienden el mundo y concluye con los sufíes, esa orden con la que, acaso sin saberlo, él tiene mucha afinidad.
“Los sufíes son –escribe–, en su mayoría, pobres, sinceros, pacíficos, bondadosos, apolíticos, humildes, compasivos, callados, discretos y todo lo que uno espera e imagina de ellos.”
También entiende, como los sabios sufíes, que sólo quien se hace preguntas obtiene respuestas.








