Los altos costos de la anexión

En Rusia hay quienes se oponen abiertamente a la anexión de Crimea. Se trata sobre todo de una minoría de intelectuales opositores al régimen quienes esgrimen argumentos financieros –los altos costos de incorporar un país económicamente más débil y suministrarle servicios que dejará de recibir de Ucrania– y diplomáticos –las sanciones contra funcionarios y empresarios allegados al régimen de Putin y el enrarecimiento del ambiente político en Europa–. Aun así el presidente ruso ha visto subir su popularidad aceleradamente a raíz de la crisis peninsular, pues el mandatario supo apelar a las dos cosas que unen a casi todos los habitantes de la “madre patria”: el patriotismo y el orgullo.

 

El regreso de Crimea “a la patria” fue celebrado con fiestas y ceremonias desde Siberia hasta la plaza Manezh de Moscú, donde un concierto popular festejó el martes 18 la decisión de acoger a la República Autónoma como el estado 84 de la Federación Rusa.

La medida, que fortalece al presidente Vladimir Putin en Rusia y le permite cerrar filas en torno a la amenaza externa contra sus oponentes, tendrá, sin embargo, altos costos diplomáticos y económicos.

Tras décadas de retroceso, la recuperación de Crimea, regalada en 1954 a Ucrania –“como una bolsa de papas”, a decir de Putin– ha sido vista en el país como el regreso de Rusia a la escena mundial, tras décadas de retroceso.

“Se abrió una nueva página en la historia de Europa”, opina Dmitri Trenin, director del Centro Carnegie de Moscú. “Rusia dejó de retroceder de puntillas y por primera vez en un cuarto de siglo dio un paso adelante”, dice.

Putin apeló a las cuerdas más sensibles del alma rusa: su patriotismo y su orgullo. Durante el discurso que pronunció el martes 18 ante el Parlamento de su país, recordó la epopeya de la Segunda Guerra Mundial, cuando millones de vidas soviéticas se sacrificaron para derrotar al nazismo.

Rememoró en particular las batallas heroicas libradas en Crimea, como la de la fortaleza de Sebastopol, la cual resistió el asedio alemán durante 250 días, para ser liberada en mayo de 1944, hace 70 años. Desde las tribunas de la plaza Manezh uno de los oradores dijo que “Sebastopol es el Stalingrado del siglo XXI”, en referencia a la ciudad donde se libró la batalla decisiva contra el nazismo.

Por eso cuando Putin justificó en su discurso el ingreso de Crimea a la Federación Rusa fue directo al corazón de los rusos: “No me puedo imaginar que vayamos a Sebastopol a visitar a los marinos de la OTAN. Mejor que vengan a visitarnos a nosotros”, expresó.

Según encuestas del Centro de Investigación de la Opinión Pública, la mayoría de la población respalda la restauración del poder ruso y la resistencia a lo que es visto como una agresión externa. El rating personal de Putin subió a 75.7%. Incluso en Moscú y San Petersburgo –donde el apoyo al presidente siempre fue más bajo, como lo mostraron las manifestaciones de protesta en los últimos años– la aprobación llegó a 71.3%.

A pesar de la amplia aprobación a la reincorporación de Crimea, una parte de los intelectuales y políticos y de los empresarios más ligados a Europa y Estados Unidos se oponen abiertamente. Para ellos, más que recuperar la grandeza de Rusia, esto significará un retroceso en el camino hacia Occidente iniciado por Mijail Gorbachov en los ochenta.

Tatiana Vorozheikina, investigadora del Centro Levada de Moscú, dice a Proceso: “Hay una escisión entre la mayoría que apoya la anexión de Crimea y una minoría que se opone. Este apoyo se debe a la campaña de propaganda, incomparable incluso en relación con la época soviética, con la idea de que podemos hacer todo para compensar la humillación después de la desaparición de la Unión Soviética”.

Desde Moscú el experto Victor Mironenko dice a Proceso que la anexión de Crimea “es una violación a los acuerdos de Belovezheski Putch firmados por Ucrania, Rusia y Bielorrusia en 1991 para disolver la Unión Soviética; así como de los acuerdos de Budapest de 1994, en los cuales Rusia se comprometió a garantizar la integridad de Ucrania”.

El sábado 15 se realizó en Moscú una masiva marcha y el miércoles 19 se reunió un congreso de intelectuales para oponerse a la anexión de Crimea. Para Vorozheikina, “el régimen se siente debilitado por la desaceleración económica” y la campaña de Crimea es un medio para “consolidar el frente interno contra un presunto enemigo externo”.

La lista de Obama

 

La primera decisión internacional fue excluir a Rusia del G-8 –el club de países que toman las decisiones del mundo– y cancelar todas las cumbres bilaterales programadas por la Unión Europea con Moscú.

Estados Unidos dio a conocer una lista de 11 personas, fundamentalmente funcionarios públicos, lo cual fue recibido con sorna por los legisladores rusos, quienes pidieron ser incluidos todos ellos en la lista. Ante esta reacción, el presidente Barack Obama amplió el rol a 20 nombres, después de la publicación en The New York Times de un artículo de Alexei Navalny, líder opositor ruso que cumple prisión domiciliaria, donde propuso incluir a los más ricos de Rusia y más cercanos al presidente Putin.

La nueva lista incluye a funcionarios como Serguei Ivanov, jefe de la oficina presidencial y Serguei Narishkin, jefe de la Duma, la cámara baja del Parlamento, además de influyentes empresarios amigos de Putin quienes ahora figuran entre los más ricos del país, como Guenadi Timchenko, propietario de Gunvor, una de las mayores comercializadoras de petróleo del mundo; los hermanos Arkadi y Boris Rotemberg, propietarios de un club de judo en San Petersburgo y contratistas de importantes obras públicas; Vladimir Yakunin, presidente de Ferrovías de Rusia; Yuri Kovalchuk y Andrei Fursenko, dueños del Banco de Rusia y el propio banco, al cual se le congelará “hasta el último dólar”, según la expresión usada por un funcionario de Estados Unidos.

Para no quedarse atrás la Unión Europea extendió el jueves, después de una cumbre en Bruselas, su propia lista de sanciones a 33 personas, y Rusia, en respuesta, impuso las suyas a diez funcionarios estadunidenses.

La idea es que las sanciones sirvan “para presionar a los oligarcas rusos a formar una quinta columna, como en Ucrania”, según el analista Serguei Markov; es decir, para que asustados por perder sus cuantiosas cuentas en Suiza, sus palacetes en Mónaco, sus mansiones Londres y sus departamentos en Nueva York, ejerzan presión para frenar a Putin.

Según un estudio publicado el martes 18 por Open Europe, un think tank con sede en Londres, entre 2008 y 2013 salieron de Rusia 421 mil millones de dólares del sector privado, equivalentes a 20% del PIB nacional, lo cual sugiere que hay “enormes cantidades de dinero ruso invertidas en el exterior sobre las cuales se pueden imponer sanciones”. Eso sí, el estudio reconoce que el uso de paraísos fiscales puede dificultar esta tarea.

Michael McFaul, hasta el mes pasado embajador de Estados Unidos en Rusia, comentó: “Esto no es un chisporroteo episódico, es un profundo giro”. El analista Fiodor Lukyanov, de la revista Global Affairs, no cree que estos empresarios tengan activos en Estados Unidos, porque desde hace un año, Putin empezó a exigir a todos los funcionarios que traigan su dinero a Rusia, quizás anticipando el conflicto, pero considera que “es un gesto muy grave de Washington”.

Las sanciones ya no causan risa. Aunque Putin anunció que va a abrir una cuenta en el Banco de Rusia, Visa y Master Card ya no aceptan tarjetas ese banco ni del SMP –de los hermanos Rottemberg–, afectando a los ciudadanos y no sólo a los propietarios. Mientras tanto la Bolsa de Moscú, que había subido después del referéndum en Crimea, cayó el viernes 21 y las agencias calificadoras de riesgo Standard & Poor’s y Fitch bajaron la calificación de Rusia de “estable” a “negativa”.

 

Retórica y negocios

 

Por ahora las sanciones son limitadas, especialmente de parte de Europa, ya que la integración comercial del gigante euroasiático con la UE dio un salto en el último cuarto de siglo, aumentando la interdependencia.

Más de la mitad de las exportaciones rusas se dirigen al viejo continente, mientras la UE le compra a Rusia un cuarto del gas que consume. Si bien Moscú sería el más afectado si se recortan estos ingresos, la suspensión de la provisión de gas en una Europa consumida por la crisis no sería una buena noticia, menos cuando zonas enteras de Europa central dependen en 100% del gas siberiano.

Retórica y negocios marchan muchas veces por rieles separados. Johannes Teyssen, ejecutivo de E.ON, la mayor compañía de energía de Alemania, con millonarias inversiones en Rusia, no tiene ninguna preocupación.

“Aduanas, visas, importaciones y exportaciones, todo anda sobre ruedas”, dijo en una entrevista con el semanario Der Spiegel el lunes 17. Su compañía ha vivido todo, desde la guerra de Afganistán hasta la desaparición de la Unión Soviética. “Europa y Rusia han construido una sociedad energética durante más de 40 años y el gas sigue fluyendo por los gasoductos. Esos son los hechos”.

Lo que más preocupa a Rusia son las acciones de largo plazo tendientes a golpear a Rusia como productor de materias primas, en primer lugar de gas y de petróleo. Este es su verdadero talón de Aquiles. Por eso la decisión del miércoles 12 de Obama de liberar 5 millones de barriles de petróleo de las reservas estratégicas de Estados Unidos, para hacer bajar los precios, es una señal de alarma para el Kremlin.

A largo plazo la revolución del gas shale en Estados Unidos le permitirá proveer a Europa de combustible y reducir su dependencia de Rusia. Estas medidas no son inmediatas pero están en marcha.

Mientras tanto el gobierno ruso saca provecho del fortalecimiento de su popularidad: empezó a endurecer el control sobre opositores y medios. El portal lenta.ru cambió a su jefe de redacción, el canal de televisión por internet Lluvia fue sacado de la programación por cable antes de los hechos de Crimea, y Navalny está en prisión domiciliaria.

En cuanto a los costos económicos de la anexión de Crimea, el diario moscovita Vedomosti calcula que el Kremlin gastará entre 2 mil 500 y 4 mil millones de dólares por año, lo cual afectará el presupuesto dedicado a las otras regiones empobrecidas de Rusia.

Con una economía que, según el ministro de Desarrollo Regional de Rusia, Igor Slyunyayev, “no se ve mejor que la de Palestina”, Crimea será un nuevo peso para un país que pese a sus enormes reservas está dejando de crecer. El nivel de vida en la península es tres veces menor que el de Rusia, hay cerca de 500 mil jubilados que ganan la mitad que los rusos y sólo sus pensiones costarán mil 900 millones de dólares anuales.

Habrá que ver qué pasa con el turismo (70% del cual es ucraniano), cómo se resuelven los suministros de agua y energía (también de Ucrania) y la rapidez de la construcción del puente en el estrecho de Kerch para unir a Crimea con Rusia, cuyo costo estimado es de mil 400 millones de dólares.

Todas “esas cifras no son gran cosa para Rusia”, señaló Natalia Orlova, economista del Banco Alfa citada por la agencia AP, en referencia a que el país tiene capacidad para asumir los costos de la anexión crimea.

Lo que tendrá consecuencias estratégicas es la pérdida de Ucrania para el proyecto de unión aduanera con Rusia, Bielorrusia y Kazajstán, el sueño euroasiático de Putin. Kiev ya anunció su salida de la Comunidad de Estados Independientes, que reunía a los exintegrantes de la Unión Soviética.

De cualquier manera, a la hora de sopesar costos y beneficios los líderes rusos piensan que lo fundamental es restaurar el lugar de Rusia en el mundo al precio que sea y no seguir retrocediendo.