Ostentoso como carro de lujo en la Vía Véneto, el último filme de Paolo Sorrentino, La grande bellezza (Italia, 2013) circula por las arterias sociales y morales de Roma. Frente al esplendor de la Ciudad Eterna, el cliché se rompe, un turista japonés desmaya abrumado por la belleza, y el espectador, cautivado se deja conducir las dos horas que dura el tour descubriendo la vacuidad y la zozobra disfrazadas tras aparadores de gran estilo.
Casi no hay trama; predomina la reflexión sobre la crisis de valores; Roma como permanente metáfora de decadencia. Jep Gambardella (Toni Servillo), periodista otrora promesa de escritor, cumple 65 años y reúne en una fiesta a todos los figurines de la gran sociedad que ha conquistado; la fiesta es cotidiana, Gambardella es el hombre de una sola novela, se oculta bajo un cinismo desencantado pero en el fondo sueña con recuperar el aliento de los 24 años y escribir de nuevo; aunque ni siquiera en el sueño es constante.
Por medio de movimientos imposibles de cámara, La grande bellezza se compone de coreografías barrocas, extraña mezcla de surrealismo y retrato publicitario de alta escuela, como la de Franco María Ricci. Las vistas de Roma se unen a las coreografías: desde el departamento donde Gambardella vive y celebra sus fiestas se mira el Coliseo; estratos arqueológicos y monumentales a veces parecen cascarones del imperio de la fatuidad humana, y a veces el arte se impone como lo único digno de trascender.
En esta feria de vanidades Gambardella representa la cristalización de eso en que el periodista de La dolce vita se iba convirtiendo, un tipo incapaz de resistirse al embrujo del arribismo social y a la mala fe (la hipocresía) de ser parte de esa sociedad que él mismo critica. Pero por mucho que deslumbre en el centro del cuadro, esta reencarnación de Mastroiani no provoca aquí piedad, cuando mucho exasperación; por narcisista que se mostrara Fellini en su alter ego de La dolce vita o de 8 ½, nunca perdió el coraje por cambiar el estado de cosas. El digno heredero de Felinni, en este sentido, sería Nanni Moretti; más fácil de reconciliar con Hollywood. Sorrentino parece sugerir que en la era posterior a Berlusconi no queda más que el desencanto político y la fascinación de la belleza como compensación.
El desengaño total también lo sugiere la cita de Céline con que empieza la cinta; mencionar así al gran autor maldito de Viaje al final de la noche, pura oscuridad y bajos fondos, es una declaración tajante. Y si la novela que Gambardella había escrito antes de convertirse en eso mismo que él denunciaba, El aparato humano, aparato en sentido de artificio y adorno, implicaba el proyecto de componer una comedia humana, al estilo de Balzac, la propuesta de Paolo Sorrentino pegaría muy duro. La gran belleza sería entonces un sepulcro blanqueado.








