La ópera es sin duda un espectáculo maravilloso y el más completo que pueda encontrarse sobre el escenario en cualquier parte del mundo; sus posibilidades son infinitas, tanto que se le ha llegado a llamar y definir como “El espectáculo sin límites”.
Todo esto se logra no obstante las inmensas convenciones de las que tiene uno que hacerse cargo, si no quiere presenciar una función de ópera y empezar a cuestionarla por un buen número de razones, como son, entre otras, la incongruencia de muchas de sus historias, la forma en que están escritas, lo inverosímil de algunas escenas, etc, etc.
La reflexión surge porque, cuando uno se pone a analizar hechos, situaciones y personajes de muchas de las óperas existentes tiene que llegar, necesariamente, a conclusiones como “esto no es cierto”, “no puede ser posible” y otras tantas semejantes, así como cuestionar el porqué de la conducta de algunos personajes en, por lo menos, determinados momentos ya no digamos a lo largo de toda la obra. O sea, pues, para disfrutar y auténticamente aullar de gozo viendo las representaciones, cosa que nos pasa a no pocos, tenemos que olvidarnos en mucho de la razón, la congruencia y la lógica y simplemente “convenir” en que las cosas en ópera son así y no de otra manera.
Todo lo anterior viene a cuento porque un muy pequeño grupo –tres personas para ser exactos– de cantantes y teatristas han montando y están presentando un muy agradable divertimento operístico en el que examinan, justifican, condenan, espían, discuten y, por supuesto, cantan e interpretan a algunas mujeres, personajes de conocidas óperas que, simplemente, están locas de atar por lo que han nombrado a su espectáculo, ¡De atar! o…Cada loca con su tema.
Aquí surgen y se presentan Elvira, esa loca de celos y deseos por poseer a don Juan, la maravillosa ópera del divino Mozart a la que no pocos especialistas consideran “la ópera”. Donna Elvira, por supuesto, canta “Mi tradi quell’alma ingrata”; la visión “Palle et blonde dors sur l’eau profonde” de Ofelia, la loca suicida del Hamlet de Ambroise Thomas y, naturalmente como que es una de las grandes locas de la ópera de todos los tiempos, Lucía, la de Lamermoor, quien nos recuerda que “Regnava nel silenzio” y, claro, no podía faltar la muy desquiciada Margarita, filicida por obra del desgraciado Mefistófeles de Boito y, por si lo anterior fuera poca o no suficiente locura, a las mencionadas se agregan otras no menos orates como la Cunegunda que nada tiene de cándida a pesar de provenir del Cándido russouniano musicalizado por Lenny Bernstein; la Charlotte de El hombre elefante y la siempre insomne, por sonámbula, Amina, enmarcada por la música de Vicenzo Bellini.
Porque es una cosa distinta, de enorme esfuerzo y enorme versatilidad, hay que felicitar a la siempre en búsqueda Luz Angélica Uribe que, con aplomo, recorre éste por demás escabroso camino que va desde la coloratura hasta una buena profundidad en las notas.
Desempeñándose bien al piano aunque no con toda la soltura y seguridad actoral que fuera de desear y daría peso a este ágil divertimento, Juan Pablo Sandoval, quien también es parte, como cantante, de los elencos de Bellas Artes.
Y en la dirección, concepción del espectáculo y libreto del mismo, un reconocido hombre de teatro, Mario Fichachi. El espectáculo es gratuito todos los miércoles de marzo y abril, a las 20 horas, en la Sala Julián Carrillo de Radio UNAM, Adolfo Prieto 133, Colonia del Valle.








