Cuenta una vieja fábula infantil que un mono trepó a un tapanco y realizó ante su auditorio ferino piruetas y contorsiones, esperando ganarse el favor del público. Su intención era ser reconocido como un gran artista. Terminó el numerito y observó a quienes le aplaudían. Meditó: cuando vi que la zorra me aprobaba con sus aplausos, abrigué cierta duda de mi calidad, pues para ésta tan bueno es el giro como el colorado. Pero vi al burro rebuznar y tirar ruidosas flatulencias de aprobación, y mi sospecha se ahondó. Mas ya cuando vi al puerco atascado en su lodazal aplaudir y desgañitarse, ya no me quedó duda alguna de que mi arte no sirve absolutamente para nada.
Cuando el Congreso local decide colocar en las sienes de la universidad estatal los lauros de la honra, no puede uno sino asociar hecho tan rumboso con la lección de fondo de esta fábula. Tres legislaturas en turno han vivido del escándalo permanente, sin ponerle freno a sus desmanes descubiertos. Inflan nóminas y luego no les alcanza para pagar ni sueldos. Contratan bufetes fantasmas para escabullir pagos y deducciones y luego andan en líos judiciales hasta con Hacienda. No han despedido ni fincado responsabilidades al contralor Alonso Godoy Pelayo. Lo de las casas de enlace es escándalo que no cesa. Dobletean, tripletean salarios y prestaciones. Se despachan con la cuchara grande. Son pues un espectáculo deprimente que no cesa. Aceptar entonces homenajes de honra de tales personajes debería de pensarse dos veces. Aunque enseguida se recupera la calma al saber que el promotor de tal iniciativa fue Trino Padilla, hermano de Raúl Padilla, dueño de la franquicia llamada Universidad de Guadalajara. Ornarla ahora con el título de benemérita, algún beneficio colateral les irá a acarrear, que ni duda quepa.
Hace un mes apareció en este mismo espacio una crítica a la UdeG, escrita por la misma canilla que ahora redacta ésta: Universidad liliputiense (Proceso Jalisco 483). Todos sabemos que con el adjetivo liliputiense se designa a los enanos. Aristóteles, en alguna parte de su Poética, afirma que lo reducido no puede recibir el calificativo de hermoso, pues carece de una propiedad necesaria a la belleza. A lo sumo le va el tratamiento de gracioso.
¿Es la UdeG una entidad inane o más bien benemérita? El diccionario de la RAE señala que benemérito es una entidad o personaje “digno de reconocimiento”, “digno de elogio”. Inspirado en el discurso tan pobre que emitió su rector general actual, Tonatiuh Bravo Padilla, en una entrevista con esta revista (Proceso Jalisco 482), hice mío el juicio lapidario de Vasconcelos, donde nos pinta a los mexicanos como enclenques, subdesarrollados, carentes de vitalidad. No nos queda entonces dárnosla de bravos y echadores.
No me gusta mucho esta lapidaria de Vasconcelos. La siento exagerada y poco condescendiente con nuestros paisanos y nuestras cosas. Pero después de leer las respuestas vagas y justificatorias de Tonatiuh, al ser inquirido por la institución, a la que formalmente dirige, no tuve más remedio que aceptar para la UdeG este juicio tan duro del “maestro de América”. Pero en fin, ¿a quién le asiste la razón en esta polarización sobre la UdeG? ¿A mí, que busco avalarme con la pontificación de Vasconcelos, o a este concierto de lambiscones y aclamadores de ocasión, que son los diputados y quienes de buenas a primeras nos la convierten en benemérita?
El rector general dijo que “era día de júbilo para la comunidad universitaria y para la sociedad jalisciense”. Y dio números con los que avalan la iniciativa: 104 licenciaturas, 32 carreras de técnico superior universitario, 62 especialidades, 78 maestrías y 29 doctorados. Tenía que hablarse de su crecimiento. Pero nada dijo de la miserable situación en que se labora ahí. No se hable ya de carencias de infraestructura, que se denuncian de balde en otros foros.
Vaya como muestra el hecho de que hasta los marcadores les son regateados a los maestros. Es ocasión pertinente para señalar el retraso en los contenidos del trabajo docente que ahí priman, cuando se les contrasta con los materiales que encuentran los jóvenes en las redes sociales. En el internet se encuentra por todos lados una cantidad inmensa de herramientas de información y análisis, que abre el abanico de la formación no más presencial y la va desplazando como el mejor modelo hasta ahora cultivado.
La UdeG sigue hundida en este atavismo, atrasado y costosísimo. No trabaja en los nuevos desarrollos. Quien quiera enterarse de ello, puede clavarse en los sites electrónicos y encontrará cientos, miles de espacios en donde fluyen, a borbotones y en muchos casos de muy buena calidad, estos materiales. Las mejores universidades del mundo ya incursionan en estos espacios y los construyen abiertos y hasta gratuitos. La UNAM y la UAM ya comenzaron a explorar también su incursión en estos avances tecnológicos. Pero la UdeG es una gran ausente en tales tareas.
Otra falacia recurrente consiste en hablar un día sí y otro también de la enorme cantidad de alumnos que abriga en sus aulas. En el evento se mencionó que actualmente atiende a un universo de 240 mil estudiantes. De éstos ¿cuántos están en el nivel del bachillerato? ¿Compone este universo el 75% de la población universitaria? Y bien, ¿hasta cuándo va a dejar “la ahora benemérita” de gastar tantas energías en la atención educativa de este segmento de la población? Ya en la gestión de Bebeto se les hizo la propuesta de otorgarle el mismo presupuesto, a cambio de dejar la responsabilidad de las preparatorias al gobierno estatal, para aplicarse con todo al sector que le obliga la llamada educación superior. Se atenían al dicho aquel de que quien mucho abarca poco aprieta. Pero los directivos universitarios la rechazaron. ¿Son razones políticas de controles masivos con fines políticos los que les obligaron a renunciar a tan generosa oferta?
No cabe duda de que son miles, cientos de miles los profesionistas egresados de sus aulas. Dicho con propiedad, el perfil actual del estado y de la región le debe mucho a lo desempeñado por los mentores e investigadores locales, si se dice que fue por ellos formada. Pero en un examen serio de conciencia, ¿podemos enorgullecernos de lo que llevamos construido como país en los últimos lustros? Y esto sólo por quedarnos en la parte más reciente de nuestra historia.
La incidencia formativa de la UdeG en nuestra vida real concreta tiene responsabilidad total. Pero de verdad, poniendo el corazón en la mano, ¿podemos deslindarla de nuestra rampante corrupción, de nuestro desastre financiero, de la pérdida generalizada de valores, del vandalismo emocional que somete a vértigo a las familias, de la desconfianza colectiva que nos domina, de la pobreza y la marginación en que se debate nuestra gente, de la reducción en la credibilidad de nuestros profesionistas, etcétera, etcétera? ¿De veras hay motivos para festejar? ¿De veras es digna de encomio?
Yo me atengo más bien al dicho de Manuel Rodríguez Lapuente –y que conste que este personaje está limpio de toda suspicacia de crítica dirigida al padillaje, que medra de la administración de la UdeG. Al contrario, era uno de sus santones favoritos–. “¿Cómo no va a ser Alma Mater –decía – si a sus hijos más tarados los hace profesores, directores de escuela y hasta rectores?”. Que sus administrativos se coman sus reconocimientos endógenos con su propio pan carente de autocrítica. Lo enano ¿quién se los quita?








