Ni la corrida de aniversario se salvó de las tradicionales blanduras empresariales en la Plaza México. Los carteles mal armados siguen vaciando los tendidos y afrentando el conocimiento y la exigencia de la afición. El futuro de la fiesta se empaña cuando una de las mayores tardes de la temporada no logra llenar el coso, cuando las reses desgarbadas se cansan de puro tropezarse y cuando los matadores logran la paradoja de ser predecibles y de perderse en el ruedo.
Pese a que algunos cronistas “positivos” aseguran que los críticos de las tauromafias “hacen daño a la fiesta” al exhibir a la disfuncional familia taurina mexicana, la presunta calidad de las corridas habla por sí sola. Es el caso de los últimos cuatro festejos de la temporada “grande” 2013-14, celebrados en la Plaza México, sede permanente, no olvidarlo, del Centro de Capacitación para Empresarios Taurinos de Lento Aprendizaje (Cecetla).
Resulta demagogo o ingenuo pretender blindar la llamada fiesta “brava” si taurinos, autoridades y aficionados no encuentran la manera de preservar el elemento fundamental de ésta: el toro bravo con edad y trapío, capaz de herir y de provocar emoción con lo que delante de él se haga. Es lamentable que en la asamblea anual de los ganaderos y en un rumboso foro mundial de la cultura taurina, celebrados recientemente en Tlaxcala y en las Islas Azores, profesionales de la fiesta, filósofos renombrados y plumas medio prestigiadas se dedicaran a teorizar sobre cómo defender la tradición tauromáquica, pero sin aludir a la tremenda degeneración de la casta en el comportamiento del toro “moderno”, al gusto de figuras, empresas, autoridades y crítica, a merced de esa tauromafia que mangonea en cada país, en particular, y en el mundo taurino, en general. Esas camarillas ignoran a un público tan impotente como ansioso de emocionarse a partir no ya del comportamiento de un toro con codicia y trasmisión de peligro, sino de algunos apellidos que toreen “bonito” un ganado “a modo”.
Continuando con el desfile de reses mansas y pobres entradas que han prevalecido a lo largo del serial, en la corrida 17 la empresa tuvo a bien confeccionar otro cartel sin pies ni cabeza, en lo que sería el comienzo de una política de desahogo, de repetición de diestros que estuvieron bien y se les estimula ahora en desafortunadas combinaciones, sin idea de rivalidad ni interés y un escaso sentido de espectáculo por parte de los promotores. Se lidió un encierro decoroso de la ganadería zacatecana de Santa Bárbara. Sus toros apenas fueron al caballo por su ojal de trámite, más que puyazo propiamente. Llegaron a la muleta, salvo el primero, débiles, sosos o de plano rodando por la arena.
Hicieron el paseíllo Federico Pizarro, que volvía luego de su sólida actuación frente a un encastado toro de De Haro en la undécima corrida; Jerónimo, que toreó con sentimiento a uno de Carranco en la duodécima, y Pedro Gutiérrez El Capea, que estuvo tieso y sin decir en la decimotercera. Pizarro, que pasa por un gran momento de madurez torera, repitió color con su primero al cortarle una oreja luego de instrumentar una larga cambiada, chicuelinas y gaoneras, para con la muleta cuidar la suave embestida en tandas por ambos lados en una faena reposada y precisa. Gracias a su segundo, un buey de arado muy bien toreado al que hizo lucir, incluso dio una vuelta. Jerónimo volvió a dejar resonancias de raza con verónicas cadenciosas, chicuelinas asilveriadas y templadas tandas a otro pasador. Tras una estocada entera desprendida recorrió el anillo entre ovaciones. Con el otro, de corta embestida y que acabó echándose, poco lució su muleta de gran expresión. El Capea dejó ir la faena con el sexto, debilucho pero con un buen lado izquierdo y al que se empeñó en torear por el derecho, hasta aburrirse ambos y el escaso público que aún permanecía en sus asientos.
La fecha, contrahecha
Única aportación del Cecetla a la mercadotecnia taurina en dos décadas, la mitotera celebración del aniversario de la Plaza México –5 de febrero de 1946– tuvo durante muchos años al valenciano Enrique Ponce como base de cartel, pero ante los reiterados abusos de éste, solapado por empresa, autoridades y crítica, los promotores decidieron echarse en brazos de Pablo Hermoso de Mendoza o de El Juli, quien después de años de imponer ganado, alternantes, honorarios y fechas y tras una actuación discreta en la tercera corrida, por ignotas razones ya no volvió esta temporada al embudo de Insurgentes. Son algunos de los daños colaterales en un país dependiente también en lo taurino y con una fiesta sin figuras.
Para la corrida de aniversario se anunció entonces a los mexicanos Joselito Adame y Octavio García El Payo, así como al vistoso rejoneador navarro Pablo Hermoso de Mendoza, y por exigencias de éste o por la desatinada ocurrencia de alguien, se trajo otra corrida de Fernando de la Mora –vino en la tercera–. Ésta se compuso de toros berrendos aparejados, bastos y mansos, que salieron al ruedo sin divisa y acabaron dando al traste con la apoteosis esperada por el ocasional público, de barreras o de general, que anhela formar parte de “la historia”. Fue comprobar, una vez más, el nivel de improvisación de la empresa para seleccionar encierros y alternantes, incluso teniendo la mejor entrada de la temporada con casi tres cuartos del aforo. Ante tanta mansedumbre, Joselito y Octavio pusieron todo de su parte, el primero recurriendo al toro de regalo, otro manso perdido del mismo hierro, y el segundo perdiendo una oreja del anovillado primer reserva.
Despuntados en exceso, los toros de Hermoso permitieron al experimentado caballista algunas cabriolas no por predecibles menos impactantes para ese público casual que pudiendo haberse vuelto asiduo y consagrar definitivamente a media docena de nuevas figuras mexicanas debió conformarse, una vez más, con faenas esporádicas, gracias a la habitual falta de combinaciones de toros bravos y toreros competitivos.
Muleteadores y matadores
Tras esta enésima decepción, en la decimonovena corrida volvió a comprobarse que ninguna figura o combinación de éstas llena la Plaza México. En otro cartel poco equilibrado actuaron el capitalino Eulalio López Zotoluco, el badajocense Alejandro Talavante y el hidrocálido Juan Pablo Sánchez, que apenas hicieron un cuarto de entrada, unos 10 mil espectadores, con un encierro bien presentado pero soso y dócil, salvo dos, de Bernaldo de Quirós. Lo reprobable es que los tres toreros salieron en muleteadores, no en matadores, por sus reiteradas deficiencias con la espada.
A su primero, claro y débil, Zotoluco tuvo que “rogarle” las embestidas con ambas manos, quedando en ovación lo que pudo ser una oreja. Al salir de un par, el banderillero Sergio González fue empalado en tablas y al caer al callejón se fracturó la muñeca derecha. Eulalio pisó el acelerador con su segundo, que a punto estuvo de cogerlo en el suelo al salir de una chicuelina. Dejó otro pinchazo, entera y descabello para retirarse entre división de opiniones. Talavante es inteligente, creativo y socarrón, pues ya les tomó la medida al toro y a los públicos de acá. Tras el consabido ojal a la fiera, quitó por chicuelinas de mano baja y con la muleta hizo el toreo de salón a uno claro y repetidor pero sin fondo. Dejó una estocada defectuosa y el toro tardó en doblar pero como hubo petición de cierto sector, Talavante, en esa mala costumbre de algunos toreros de mendigar la oreja mirando hacia el palco del juez, hizo que éste la soltara. Pinchó a su segundo, que no sirvió, y regaló uno de San Isidro, manso y pasador, con el que volvió a pinchar. Hoy las figuras sólo figuran pero no apasionan.
Mención especial merece la interesante labor muletera de Juan Pablo Sánchez, que si bien tuvo el mejor lote corroboró con él su gran sentido del temple y, gracias a éste, su fuerte conexión con el tendido. Su primero, que apenas fue castigado, llegó a la muleta con una embestida suave que Juan Pablo aprovechó en derechazos por nota, y cuando tenía asegurada por lo menos una oreja se precipitó en el volapié, pinchando hasta en tres ocasiones. Se superó con su boyante segundo y único del encierro que recargó en el puyazo, para realizar una cadenciosa sinfonía derechista de tandas cortas, a veces sin ajustarse, y en las que más que sometimiento hubo acoplamiento. Volvió a fallar con el estoque y perdió las orejas que el entusiasmado público quería entregarle por su privilegiada expresión. Dio una vuelta.
En el vigésimo festejo las cosas volvieron a su cauce, es decir, al caño. Inmisericorde corrida de ocho toros disparejos de La Soledad, hierro del gobernador de Tlaxcala, Mariano González Zarur, cuatro toreros, pobre asistencia y tres horas 55 minutos de duración en otra desalmada combinación en la que el hidrocálido Fabián Barba volvió a demostrar, con aptitud y actitud, que no tiene toro aborrecido; José Mauricio, con sello y celo, que trae el toreo en la cabeza y en el corazón aunque casi no toree, y Juan José Padilla, sin un ojo pero con dos cojones, que su afición es más grande que sus carencias, en tanto que Alfredo Gutiérrez batallaba con el peor lote aunque sin emplearse del todo. Pero juntos…
De las tres orejas otorgadas, la del deslucido primero de Barba fue la más consistente pues en su faena hubo dominio, mando, sobriedad y estructura, coronada con soberbio volapié, yéndose por derecho y atracándose de toro. De la misma manera despenó a su soso segundo, no sin antes reiterar colocación, sentido de la distancia y afición, en imperiosas tandas por ambos lados. Benévolo fue el premio a Mauricio, con personalidad y hondura pero con poco sitio, y conmovedora la reacción del público ante las temeridades de Padilla, que hace todo por agradar, si bien la calidad y transmisión de su segundo estuvieron por encima de los afanes del torero, que por poco y se lleva una cornada en el rostro al intentar, de rodillas en los medios, un afarolado.








