El escritor Sándor Márai nació el 11 de abril de 1900 en Kassa, Hungría, en los albores de un siglo que marcó de manera indeleble a Europa –su continente– y a su país.
Desde su adolescencia Márai vio, al igual que su colega vienés Stefan Zweig, cómo se desmoronaba ese universo multicultural que dio color a su vida. Sintió también ese desasosiego –como Zweig– que décadas después, el 21 de febrero de 1989, lo llevó al suicidio, alejado de las tierras donde había cultivado la fama y escrito sus célebres novelas, exiliado en Estados Unidos; solo, agobiado por los recuerdos de los tiempos de gloria. Ahí padeció el exilio, “ese gesto vacío”, como lo definió en su Diario en 1984.
Y así como trazó singulares retratos de la época que le tocó vivir en sus célebres novelas –redescubiertas tras su suicidio y traducidas al español gracias a las gestiones del editor y polígrafo italiano Roberto Calasso–, también dejó sus libros de memorias y sus diarios, donde nos comparte sus momentos más íntimos, desgarradores. En esas páginas vemos cómo enfrentó sus avatares hasta que el 21 de febrero de 1989, justo hace 25 años, decidió suicidarse.
Su compatriota Ernö Zeltner investigó en esas fuentes para escribir su biografía: Sándor Márai. Una vida en imágenes (Universitat de València, 2007, 211 p.), en la cual recupera las pasiones de su personaje, quien, en su libro Memorias de un burgués, dejó estas líneas autobiográficas:
“Las épocas heroicas de la burguesía crearon en Europa esa obra de arte que llamamos cultura occidental (…) en mi infancia, en la ciudad, tuve todavía ocasión de conocer a esa burguesía, sus últimos instantes. Los más bellos, auténticos y humanos de mis recuerdos europeos he de agradecérselos a esa cultura burguesa húngara de la ciudad de frontera, nunca después hallé en parte alguna una mejor.”
Era la década de los veinte, dice Zeltner, en que el joven Márai soñaba –“sólo los jóvenes sueñan”– y viajaba por Alemania. En la ciudad de Leipzig, desde el café Merkur veía desfilar el mundo y leía los periódicos extranjeros, además de escribir sus artículos en el Frankfurter Zeitung. Sus influencias: el escritor húngaro Deszö Kostolányi, su paisano, y el historiador Oswald Spengler, quien le hizo ver las dimensiones del desarraigo que lo acompañaría durante décadas.
Márai estaba en Alemania cuando Hitler irrumpió. Zeltner recupera el artículo “El mesías en el Palacio de los Deportes de Berlín”, escrito por Márai en enero de 1933:
“… el führer aún no ha llegado, pero cuando se aproxima la sangre se congela en las venas, veinticinco mil personas miran hipnotizadas hacia la puerta por la que entrará enseguida esa aparición adorada. Órdenes breves, brutales, desde todas las direcciones. Tono cuartelero que todos los oídos absorben con placer (…) A las 8:30 en punto el altavoz brama: ‘Llega el führer’. Veinticinco mil gargantas braman: Heil. Al escuchar esos bramidos comprendo repentinamente el éxito de los nazis. Sólo los derviches y las personas mortalmente desesperadas braman de ese modo…”
Once años después, el 18 de marzo de 1944, al término de una fiesta en su casa de Budapest, Márai, ya en la cúspide de la fama, se enteró de la entrada de los nazis a su país. Dejó de ejercer el periodismo y de escribir para concentrarse durante meses en sus diarios. Meses después abandonó Hungría para no regresar:
“Veo ahora cómo se derrumba la clase social (la burguesía húngara) en la que fui concebido, que he conocido directamente y hasta sus fibras más profundas, analizando hasta las raíces. Racionalizar este proceso de disolución, esa es posiblemente la única tarea auténtica de mi vida de escritor…”
Cuatro décadas después, el 18 de marzo de 1984, desde su exilio, escribió en su Diario que se sentía “el último representante del mundo burgués desaparecido”:
“Hoy hace 40 años que celebramos una cena en mi casa de la calle Mikó con ocasión de mi cumpleaños… yo tenía 44 años, acababa de salir de una grave enfermedad… Empezó el bombardeo de Budapest; el último día del sitio la casa sufrió 36 cañonazos y explosiones de bomba; resultado: la destrucción completa. La mitad de mi vida quedó allí. Entonces empezó el segundo round: la peregrinación a través de varios continentes. Hoy hace 40 años que se destruyó el yo que fui y cobró forma ese otro que soy en la actualidad. El mismo que ahora se desmorona.”
Márai huyó de la bestialidad de los nazis en 1944 y nunca regresó a Hungría porque sus discrepancias con el comunismo no eran menores. El comunismo que liberó Hungría, debe decirse, no fue menos agresivo contra el burgués Sándor Márai. En 1950, por ejemplo, el gobierno decidió publicar una nueva edición del libro Don Quijote de la Mancha porque la que circulaba tenía un prólogo de Márai, un escritor burgués y por lo tanto “enemigo del sistema”. Se prohibió la venta del tomo y se retiraron todos los volúmenes de las bibliotecas húngaras.
Todo eso lo supo Márai, quien optó por concentrarse en sus diarios, que abarcan seis volúmenes, de los cuales sólo se ha traducido al español el que comprende sus cinco últimos años. En sus páginas Márai expone sus dudas y se despide del mundo, disparándose con un revólver que había comprado años antes, poco después de la muerte de su inseparable esposa Ilona Lola Matzner.
Márai viajó, como él decía, hacia la nada, de donde venía.
Emprendió su último itinerario 10 meses antes de la caída del Muro de Berlín, que durante décadas se erigió, oprobioso, para dividir Europa.
Rescatemos tres lúcidos aforismos escritos en los últimos años por Márai en su Diario, en los cuales muestra su hastío, su cansancio de este mundo, sus vivencias. No temía a la muerte, tan sólo la forma en que ésta se presentaría:
–Gracias América, adonde al final me ha traído el destino: a las costas del Pacífico, a este refugio agradable, a esta ciudad bonita donde no conozco ni un alma y que se encuentra a una distancia pacificadora de todo lo que no me gusta: el nacionalismo, el patriotismo arrogante…
–Ser burgués no era un papel, sino una profesión de tiempo completo que en las Altas Tierras, en Kassa, todavía se conservaba. Después del Pacto de Trianon –firmado el 4 de junio de 1920 y mediante el cual Hungría perdió parte de su territorio–, sólo quedó la clase media, una asociación parásita de intereses.
–Me gustaría sentir nostalgia por algo… por un paisaje, por un viaje, por una ciudad, por alguien. Pero ya no puedo permitirme el lujo de ser nostálgico ¡Me basta con ser!
Y así se fue Sándor Márai el 21 de febrero de 1989, hace 25 años.








