“12 años esclavo”

De entrada suena lógico que el artista visual británico de origen africano, Steve McQueen, se interese en abordar el tema de la esclavitud en Estados Unidos de antes de la Guerra de Secesión; no obstante, fanfarrias y reflectores de los Óscar adosados a 12 años esclavo (12 Years a Slave; EU-Gran Bretaña, 2013) limitan la percepción de esta  película que va más allá de la mera denuncia contra esta plaga que ha sido y es el esclavismo, el peor invento de la humanidad.

Basada en las memorias de Solomon Northup, afroamericano de Nueva York, de condición libre, engañado y vendido como esclavo en las plantaciones de Luisiana, 12 años esclavo cuenta su historia en el título mismo; lo importante es ver cómo ocurre la desdichada aventura de este carpintero y violinista (Chiwetel Ejiofor), buen esposo y padre de familia. Al igual que en la pintura figurativa, discurso y anécdota se condensan aquí en una imagen.

Víctimas y villanos son imprescindibles en un relato de esclavitud; Solomon sufre vejaciones desde que despierta encadenado, golpes y flagelaciones se vuelven cotidianos; a merced de un amo a otro, la situación no hace más que empeorar. A McQueen, sin embargo, no le interesa el sentimentalismo; es un artista y dramaturgo ambicioso que explora al ser humano, a nivel físico y psíquico, en la relación de amo-esclavo. Chiwetel Ejiofor y Lupita Nyong’o (Patsy, otra esclava) ofrecen su corporalidad como laboratorio para expresar los estragos de la infamia, sin jamás perder su humanidad; el precio que pagan amos y capataces, en cambio, es la pérdida del alma.

Nada contiene la fuerza diabólica que se apodera de Edwin Epps (Michael Fassbender), el esclavista obsesionado por la belleza y sensualidad de Patsy, pero los celos que padece la esposa delatan un sadismo mucho más vicioso. Y si Ford (Benedict Cumberbatch), el primer amo de Solomon, da muestras de respeto  y reconocimiento a la humanidad de sus esclavos, su afán de lucro y cobardía lo hacen mucho más vil que los demás, justo porque sabe en qué participa.

Este trabajo de McQueen no hace más que confirmar lo que sus dos cintas anteriores proponen en esencia, explorar hasta donde el hombre puede hacer o hacerse daño, y sobrevivir, o sobrevivirse, a pesar de la ignominia. Hambre (Hunger, 2008), sobre las huelgas de hambre de los presos del IRA, y Vergüenza (Shame, 2011), un hombre adicto a la pornografía e incapaz de vincularse afectivamente, bien podrían titularse “Esclavitud”.

Habrá que esperar que la alfombra roja de Hollywood no desvíe de su camino a este director que ha sabido, por medio de tomas fijas y magníficas composiciones visuales, cómo obligar a su espectador a confrontar lo insoportable de la condición humana.