El CLAZZ, Paquito D’Rivera, Manzanero y más

Estrella en medio de una constelación, Paquito D’Rivera, el ya casi legendario músico de origen cubano radicado hace muchos años en Estados Unidos, ofreció un único concierto el viernes pasado en un escenario un tanto insólito para este tipo de cosas, el Teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque.

Eso dentro del CLAZZ (Continental Latin Jazz), que conjuntó a un  buen grupo de jazzistas _principalmente latinoamericanos, mayoritariamente cubanos_, y dentro de ellos a la cantante mexicana Magos Herrera, única compatriota participante en esa calidad.

Tres días continuos de jazz en el Julio Castillo vieron desfilar, entre otros, al dominicano Michel Camino, pianista ganador de un Grammy, un Grammy Latino y un Emmy; al saxofonista cubano Fernando Acosta, fundador de la orquesta Todos Estrellas que estuviera bajo la dirección de la leyenda viva (aunque él haya muerto en 1993) del jazz que es Dizzy Gillespie, y ese estupendo intérprete nacional llamado Chucho López, principal trompeta de gente como Henry Mancini, Barry White y Donna Summer. Del otro lado del Atlántico nos llegó Ariadna Castellanos, quien abrió la sesión de D’Rivera.

Fiesta latina ésta sin duda, pese a estar incluida en ella la española Ariadna, fue un derroche de buena y muy sonora música que vino a animar nuestra escena musical así fuera brevemente, y a mostrarnos una vez más la riqueza tímbrica, melódica y creativa de ese género que, aunque tiene un buen número de seguidores y más de cien años de existencia, sigue sin arraigar en forma definitiva en nuestro país, en el cual siguen siendo muy pocos los lugares donde se puede acudir a escuchar jazz. Aquí, en nuestra propia ciudad, cabeza y ombligo del país, son muy, muy contados los centros.

A la presentación de Paquito precedió la de la joven, guapa y hábil pianista hispana enamorada tanto del jazz como del flamenco, expresiones que amalgama a través de sus propias composiciones, produciendo un híbrido por demás grato y auditivamente interesante que, discográficamente, tomó el sello Universal Music en su grabación Flamenco en Black and White.

Ya con el escenario caliente hizo su aparición Paquito, quien se hizo acompañar por una orquesta, básicamente de alientos, integrada por diez y ocho atrilistas, catorce de ellos mexicanos que, en una semana, preparó para esta ocasión el ya mencionado Chucho López.

Con su sax, los músicos mexicanos y cuatro cubanos, entre los que debe destacarse el extraordinario bajista, Paquito se dio a la fiesta y demostró tanto como intérprete que como compositor y arreglista, el porqué del lugar que tiene en la iconografía musical latina al fusionar el jazz, ritmos diversos, la música tradicional cubana y latinoamericana y la clásica, y presentar como producto acabado algo distinto pero que conserva el sabor y espíritu de sus originales fuentes. Escuchándolo se entiende el porqué de sus siete Grammys.

Y, en medio de la fiesta, como diamante de la corona, la invitación a un grande cuya presencia no estaba anunciada y, menos su participación, Armando Manzanero.

Sencillos, cordiales, desprotocalizados ambos, Manzanero se sentó al piano y desde allí dirigió tanto a Paquito como a la orquesta y aquello se volvió algo que no todos los días puede darse y menos disfrutarse como público y que, una vez más, nos convirtió en privilegiados.