La desaparición del Carrillo Gil

María Cristina García Cepeda, directora del Instituto Nacional de Bellas Artes, debería evaluar la pertinencia de cerrar definitivamente el Museo de Arte Carrillo Gil (MACG) de la Ciudad de México:

Carente de público o con sólo un visitante en todo el museo –como el pasado martes 18 a mediodía–, con su espléndida colección de arte moderno mexicano embodegada, y con exhibiciones de arte actual vinculadas con el mercado artístico y la endogamia privada-institucional de las prácticas emergentes, el recinto representa un gasto irresponsable para el erario.

Dedicado desde finales del pasado enero a la exhibición de proyectos de creadores jóvenes de trayectoria sólida, vinculados con el mercado o las tendencias conceptuales de moda –con las cuales participó en el programa de actividades paralelas de la Feria Zona Maco México Arte Contemporáneo 2014–, el museo dirigido por Vania Rojas evidencia la incapacidad del sector gubernamental para impulsar creaciones libres, plurales, diversas y, sobre todo, ajenas a los restringidos modelos estéticos de las industrias artísticas.

La muestra que genera más cuestionamientos es la individual y antológica de Benjamín Torres (México, 1969), un artista de la galería Hilario Galguera, conocido por sus reinterpretaciones de objetos e imágenes de potente carga icónica, muchas de ellas relacionadas con la comunicación mercadológica de revistas y alimentos industriales.

Diseñada por Guillermo Santamarina –curador en jefe del museo, quien participa como cocreador de una pieza–, la exhi­bición ocupa todo un piso del recinto: ¿Cuáles son los criterios que sustentan no sólo la elección de Torres, sino también la participación artística de Santamarina? ¿Es adecuado que el museo asuma entre sus funciones la legitimación artística de uno de sus funcionarios?

Bajo el título de La voluntad de la piedra, en los otros dos pisos se expone la tercera edición del Programa Bancomer-MACG Arte Actual. Constituida por 10 proyectos de creadores nacidos entre 1976 y 1984 a quienes la Fundación Bancomer apoyó financiera y tutorialmente para la producción, la edición fue curada por Catalina Lozano (Colombia, 1979), colaboradora de la organización privada de enseñanza artística SOMA, la cual durante 2014 también goza del patrocinio de la Fundación Bancomer.

Inscritos en las tendencias temáticas y estéticas características del sistema artístico dominante vinculado con bienales, los proyectos presentan hechos históricos y circunstancias sociales desde diferentes disciplinas visuales, sin proponer una reinterpretación o postura personal. Limitados a la descripción y algunos demasiado rebuscados en la construcción conceptual, los proyectos develan un gran temor de ser más artísticos que teóricos, más explícitos que crípticos, más visuales que conceptuales.