Sciascia, un corazón revestido de razón

SIRACUSA, ITALIA.- A un lado de la autopista de Palermo a Catania nos detenemos para tomar un café y comprar los periódicos.

–En Sicilia nunca –dice Leonardo Sciascia impidiendo que alguno de sus amigos pague. Antes había dicho que en Siracusa descansa muy bien. Y ciertamente necesitaba reposo. Acababa de salir del hospital debido a una operación de la próstata.

“Es muy difícil que lo encuentres”, había dicho Juan Arias, el corresponsal de El País en Roma. “Parece que está enfermo”. Y efectivamente de nada sirvió telefonear a su editorial en Palermo. Elvira Giorgianni, de Sellerio Editore, no quería molestarlo. José Luis Gotor, de la agencia ANSA, sugirió en Roma contactarlo a través de María Marcuso, del Partido Radical. “Cuando era diputado y lo queríamos localizar en Sicilia le mandábamos a los carabineros”, dijo ella. “Pero mándele una carta y pídale una cita”. Diez días duró la espera en Roma y una tarde, en el mostrador del albergo Santa Chiara había un recado: “Comuníquese al 091 25 05 87. Palermo. Leonardo Sciascia”.

Desde el aeropuerto de Porta Raisi, en Palermo, continúan los telefonazos. “Lo espera en la galería Brodo, en vía Manzzini 78”, dijo María, su esposa.

Todas las tardes, a las seis en punto, llega Sciascia a platicar con sus amigos, pintores la mayor parte.

De traje gris y corbata oscura, de estatura más bien baja, el rostro sarraceno, la mano derecha en el bastón (hace años sufrió la desviación de una vértebra), de parco hablar y voz baja, el escritor esperaba al fondo de la galería. “¿Le puedo ser útil en algo, ya tiene hotel? ¿No quiere una bolsa para cargar sus cosas?”, dijo, antes de sentarse y agregó: “No me siento muy bien todavía, no sé si se lo dijo Juan Arias”.

A la mañana siguiente en su casa, en viale Francesco Scaduto, luego de la entrevista, María, su esposa, profesora de primaria como él, preparó una pasta con tomate, unos trozos de carne que parecían “mathambres” argentinos y ofreció un vaso del vino que hacen en su casa de campo de Racalmuto. Comimos en silencio, él sin mucho apetito. “Nunca me ha gustado el alcohol”, dijo el profesor y se sirvió un vaso de agua mineral, “sin gas”.

En la sobremesa se dio una conversación sobre Santa Rosalía, la virgen patrona de Palermo, a la que probablemente se debe el nombre de Santa Rosalía, Baja California.

“Entre los jesuitas que catequizaron la Baja California había ocho italianos. Píccolo, uno de ellos, era siciliano.”

“Ahora le traigo un libro”, dijo Sciascia. Y volvió con un incunable de 1668: La rosa de Palermo, “antídoto de la peste y de todo mal contagioso. Santa Rosalía. Virgen esclarecida, fina amante de Jesús, que vivió anacoreta y solitaria en los desiertos. Año de 1668, con privilegio en Madrid, por Bernardo de Villa Diego”.

Hace 18 años que viven en ese departamento de Palermo. Estaban un poco preocupados. Tienen dos hijas y cuatro nietos. Uno de ellos, Fabrizio Catalano se llama el niño, estaba enfermo.

“¿Quiere venir a Siracusa?”

Hacia el sur de Catania (a un lado Melilli y unas enormes petroquímicas, al otro el mar Jónico), el amigo que nos lleva en su Alfa Romeo conversa con Sciascia, pero por el ronroneo del motor no se les escucha. María comenta en el asiento de atrás que las flores amarillas que aparecen en las colinas son “ginestre”, retamas. A tres horas y media de carretera suben y bajan los olivares y los viñedos, las naranjas bajo el sol entre acueductos de concreto.

Y Siracusa, la antigua, la de la Magna Grecia, el centro de la ciudad, está en una isla, Ortigia, frente al “espumoso mar siciliano”.

Desde el quinto piso del Grand Hotel se ve cómo atracan los barcos venidos de Istambul, del Mar Negro, de bandera soviética o griega, también el transbordador de la Tirrenia napolitana que hace escala para seguir a Malta.

Gaetano Tranchino, pintor, y su esposa, Assunta; Pino Di Silves, grabador; Giuseppe Leone, fotógrafo, acompañan al escritor y sus amigos en el restaurante Archimide. Se bebe Bianco Corvo, “vino siciliano di tavola, Conde di Salvaparuta, Palomo, Platino”, y luego del spaguetti con mejillones se sirve atún o pez espada. El atún es el mismo que los pescadores traen a los mercados por la mañana: carne roja, como de res, que a primera vista, por su espesor, parece de tiburón.

Desde el castillo Eurialo, una fortaleza militar construida por los griegos en el año 402 A.C., se contempla, entre rocas calcáreas y blancas, el teatro griego y el anfiteatro romano que dejan brotar sobre sus muros jacarandas y bugambilias. El pintor Gaetano Tranchino –sus cuadros sólo pudieron haberse concebido en Siracusa: el puerto, las columnas jónicas, las murallas, las colinas doradas, las proas de los barcos– nos conduce a la fuente de Ciane. Sciascia (sin corbata, el día anterior se compró dos camisas de manga corta: “Parezco más joven”, dijo) recuerda que precisamente esa fuente de la que emerge un río subterráneo, un ojo de agua circundado por arbustos de papiro, es la que menciona Ovidio en La metamorfosis.

Más tarde, en el estudio de Tranchino, en viale de la Scala Greca, el pintor muestra sus cuadros más recientes. De unas celosías saca una obra inconclusa, apenas trazada de ocres y negros: Ulises atado al mástil junto a las sirenas. Una mancha azulosa entre las olas incita a Sciascia a decir que allí el mar es violeta, a ciertas horas del amanecer.

–Es del color del vino –dice Gaetano, sin referirse a uno de los títulos de Sciascia: sus cuentos “El mar color de vino”, que uno siempre había asociado con hechos de sangre sicilianos–. Verso a verso ha seguido Tranchino la descripción poética de Homero en el canto XII de La Odisea: “…pues no tardaré en dejar caer un ardiente rayo sobre su navío para hacerlo pedazos en medio del mar color de vino”. Y detrás del Ulises de Tranchino saltan el torbellino y el escollo de los islotes Scilla y Caribdis, en el estrecho de Messina.

Y una de esas mañanas de principios de junio amanecen en el Grand Hotel Gesualdo Bufalino, el de la novela Perorata del apestado (Ed. Anagrama) y Antonio Motta, un crítico de 37 años que ha venido desde San Marco, en la provincia de Foggiae, para entregar su último libro recién salido de la imprenta: Leonardo Sciascia, la verdad, la áspera verdad, una recopilación de los mejores escritos sobre el autor siciliano, entre ellos uno de Manuel Scorza y otro de Francesco Rosi.

Tampoco a Bufalino le gusta el alcohol. Rechaza un vaso de Bianco Corvo y dice:

–Lo que pasa es que la bebida que a mí más me gusta es el agua. En la fuente de Cómiso (su pueblo) hay una agua… –se ríe, dirigiéndose a Sciascia–, un día te mando una botella.

En la casa de los Tranchino, preparado por Assunta, se consume un spaguetti negro, en salsa de pulpo. Frases sueltas de Bufalino, ante el silencio de Sciascia: “Voy a mi pueblo y no conozco a nadie. En cambio, si me paseo por el cementerio los conozco a todos… Las mujeres son siempre seres imaginarios… De pronto tienes allí en la mente a alguien que te brinca, una presencia latente, pero luego sabes que está muerto”.

Otro día en el estudio de Tranchino:

–Sciascia ha retomado el tema de la justicia, hace lo que hizo Manzoni en el siglo XIX. Es un escritor francés, su sequedad es como la de Voltaire. El poder del que habla Sciascia es invisible, es un poder sin rostro, un poder inmoral. Antes la mafia tenía un código, una “ética”, ahora no se sabe dónde está la mafia –dice Antonio Motta.

–Mientras Sciascia es un escritor seco, yo soy un escritor húmedo –dice Gesualdo Bufalino–. Yo amo a los escritores húmedos y admiro a los escritores secos. Exactamente lo contrario sucede con Sciascia. Y por “seco” entiendo al escritor clásico, como Francesco Guicciardini o Maquiavelo. Sciascia es un moralista, sus personajes encarnan ideas morales. Y se va a la microhistoria siciliana. Traduce en términos emocionales las ideas, que en él son una tensión moral, un sentimiento. Como decía Eugenio D’Ors, aplicándole su frase a Sciascia: la razón tiene sus pasiones que el corazón no conoce, y que es a su vez, a la inversa, la sentencia de Pascal. La razón apasionada, el sentimiento, de Sciascia, es algo que el corazón no alcanza a conocer. Concepto y emoción. El suyo es un corazón revestido de razón.

El jueves 6 de junio retomamos la autopista a Catania en el Volvo de Tranchino. El trayecto es el mismo que el del sábado anterior, al venir de Palermo, pero ahora de sur a norte y, después de un par de horas, de este a oeste. Unos letreros indican la presencia de una base militar norteamericana, con cohetes. A los lados de Enna, donde el rumbo cambia hacia Racalmuto y Agrigento, asoman las infinitas colinas de naranjos.

En una vitrina-librero de su casa de campo, en las afueras de Racalmuto, su pueblo natal, Sciascia ha colocado tres fotografías: una de unos cazadores en los años veinte, entre ellos un niño de 7 años: él mismo sentado en las piernas de su padre, que le heredó esta rústica casa a lo alto de una colina desde la que descienden viñedos y cerezos; otra foto de Borges y él, en Roma (“Mire, mire, me decía Borges moviendo la mano, como si él también mirara”, recuerda Sciascia con los ojos sonrientes y achinados), y en otro lugar una imagen de Pirandello, con un sombrero de pintor.

Bajo el sol de mediodía, después de comer, las uvas cuelgan verdes y ácidas en las parras. Las cerezas se desprenden calientes y se abren un poco amargas entre los dedos. A las cuatro llega un Fiatito a recoger al convidado de piedra, que en ese momento se percata de que Sciascia ha estado solo, en silencio, durante más de una hora, junto a la mesa de comer. Lo pudo haber entrevistado otra vez, pudo haber vuelto sobre otras preguntas, sobre Pasolini, el cine, aquel capo de la mafia que conoció en su juventud, algo más sobre Borges o la política italiana, Brancati, Lampedusa. Pero prefirió, reportero cohibido, respetar la intimidad de alguien que casi todo lo ha dicho en sus libros (la Sicilia como metáfora), su silencio profundo, triste, sabio.

Y el Fiat baja hacia Racalmuto: un castillo, unas parroquias, una traza medieval y sin gente, en el último momento de la siesta.

Veinte kilómetros más hacia el sur: Agrigento, el pueblo donde nació Pirandello. La carretera se abre paso bajo los templos griegos que se elevan por encima de un promontorio, íntegros, mejor conservados que en los Balcanes. Cuando el pequeñísimo Fiat iguala el alto nivel de los templos, en la lejanía, hacia el sur africano, se dibuja en la costa el puerto de Empédocles. Y allá, mucho más allá, hinchado, plateado, verde o azulado, el mar: el mar color de vino.