En el tercer aniversario de la revolución –que se cumplió el lunes 17–, Libia enfrenta graves problemas que ponen en duda la viabilidad de su “democracia”. Algunos de ellos: las pugnas en el Congreso Nacional General, órgano de transición que no pudo cumplir con el objetivo de redactar una nueva Constitución; los afanes autonomistas de la provincia oriental de Cirenaica; la presencia de Al Qaeda en amplias zonas del Sahara, y la debilidad de un gobierno central que se muestra incapaz de controlar a las milicias armadas, que lo mismo secuestran a funcionarios que se apoderan de pozos y puertos petroleros.
TRÍPOLI.– Un primer ministro secuestrado por una milicia y liberado horas después. Un Congreso partido por la mitad que extiende su mandato frente a la inconformidad popular. Un general que anuncia un golpe de Estado en YouTube y no mueve un soldado. Un comandante que se roba la mitad del petróleo del país pero no lo puede vender. Una milicia que da a los parlamentarios cinco horas para renunciar y pospone su ultimátum para pasado mañana. Un pueblo que sale entusiasmado un lunes a celebrar el tercer aniversario de la revolución y el jueves no acude a las casillas para votar.
“Ya cancelé mi cuenta de Netflix”, dice Aisha Eljarh, una abogada de Trípoli, la capital. “No necesito series. Con la telenovela libia me entretengo”.
Al mediodía del jueves 20 –fecha de los comicios para elegir a los 60 miembros de una comisión que debe redactar una carta constitucional– sólo 18% de los registrados había acudido a las urnas.
Dos grupos tribales, amazigh (tuaregs) y tebu, decidieron boicotear estos comicios, debido a que apenas 10% de los asientos está reservado a las minorías. “Sólo reconocemos a quienes nos reconocen”, dijeron los líderes de los tebu en una declaración publicada por la mañana de ese mismo día.
Tampoco participaron las organizaciones religiosas extremistas: “No a la democracia, sí a la sharia (ley islámica)”, se leía en un grafiti en Derna, una ciudad al este del país. Cerca de ahí sendas bombas destruyeron cuatro centros de votación en la madrugada de la jornada electoral.
Los mayores baches para el proceso, sin embargo, fueron el enojo y el hartazgo de la población y la desconfianza de ésta hacia los candidatos que se presentaron.
Aparte de algunos carteles aislados, los 649 aspirantes no hicieron campaña electoral. La población no sabe quién se presenta ni qué propone. En general, sólo votaron los que ya están vinculados a los bloques en pugna. Los demás han perdido la confianza.
Libia, un país que como tantos en África fue creado artificialmente por el colonialismo –italiano en este caso–, padece un agudo problema de rivalidades tribales que el dictador derrocado y asesinado, Muamar el Gadafi, aprovechó en su beneficio bajo la consigna de “divide y vencerás”.
Pero muerto el perro, la rabia sigue ahí.
Botín de guerra
Un modo de explicar los dilemas libios es trazando varias líneas. La primera es la que divide a la mitad el Congreso Nacional General (CNG): de un lado están los grupos islamistas, encabezados por los Hermanos Musulmanes, que mantienen cierto predominio, y del otro, los sectores moderados, laicos y liberales de la Alianza de Fuerzas Nacionales, liderada por el exprimer ministro Mahmoud Jibril.
El CNG es un órgano de transición, electo el 7 de julio de 2012. Su deber era elaborar la carta magna, pero ante su evidente incapacidad convocó a comicios para elegir una comisión redactora ad hoc.
Una segunda línea: la que existe entre la capital, Trípoli, y Bengasi, centro de la provincia oriental de Cirenaica. Ahí empezó la revolución del 17 de febrero de 2011. Como parte de su guerra de propaganda, Gadafi acusó a los opositores de querer escindirse de la nación. Pero en las manifestaciones que la gente de esa ciudad realizó en la plaza bengasí de la Mahkama se escuchaba la consigna: “Somos un solo país y Trípoli es nuestra capital”.
Hoy los cirenaicos se sienten ignorados y maltratados por los políticos de Trípoli y exigen establecer un sistema federalista que les otorgue mayor control sobre los recursos petroleros –la mayor parte de los cuales está en su territorio.
Con ese argumento, Ibrahim al Jathran, líder de una milicia que lucha por la autonomía de Cirenaica, ocupó el pasado 1 de julio los pozos y los puertos petroleros de Brega y Sidra… para su propio beneficio. Su movimiento ha dañado a todos los habitantes del país, pues buques de la marina bloquearon la zona e impiden que los hidrocarburos salgan al extranjero. Así, las exportaciones libias cayeron de 1.4 millones de barriles diarios de petróleo, en julio pasado, a sólo 375 mil barriles actualmente.
Una tercera línea de división: el rechazo del grupo Ejército del Estado Islámico de Libia y otras organizaciones extremistas a los proceso electorales.
No es casual que en Derna los centros de votación hayan sufrido ataques. A principios de siglo, desde esa ciudad salieron decenas de yijadistas (guerreros religiosos) a pelear a Afganistán e Irak bajo la bandera de Al Qaeda. Durante la revolución, regresaron a combatir contra Gadafi. En aquel momento mostraron moderación y respeto por las demás facciones rebeldes, pero ahora realizan atentados con el objetivo de imponer la sharia.
Igualmente dañinas son las líneas que separan a la mayoría árabe de las minorías étnicas, las que circundan los reductos de violencia gadafista y la que impide al gobierno imponer su autoridad en vastas zonas del desierto del Sahara, en las que miembros de Al Qaeda en el Magreb Islámico se refugiaron después de ser expulsados de Mali y Argelia.
Y una nueva línea de división es la que media entre las mujeres y los derechos humanos.
Por la mañana del jueves 20 las libias despertaron con una noticia: El gobierno había emitido una resolución según la cual Gadafi y su ejército emplearon los abusos sexuales como arma de combate. Por lo tanto, las mujeres afectadas tienen derecho a ser reconocidas como víctimas de guerra y, al igual que los combatientes heridos o mutilados, recibir compensaciones económicas y atención médica y psicológica del Estado.
“Es una sorpresa en un país conservador como éste”, reconoce Aisha Eljarh, “pues nadie habla sobre las violaciones, ¡no se habla!”. Existe un tabú que provoca que una mujer agredida tenga que escoger entre la exclusión social y el silencio.
Las mujeres –que constituyen la mitad de la población– sólo ocuparán 10% de los lugares en la comisión que elaborará la carta magna. Y tal porcentaje es mayor al que suelen tener en los distintos ámbitos de poder. Por ejemplo, las mujeres integran 90% del profesorado universitario, “pero sólo 2% participa en la toma de decisiones”, dijo el jueves 20 la académica bengasí Aicha Idris Almaghrabi en una entrevista con el sitio web msur.es: “Las mujeres libias no somos más que un botín de guerra. A nivel de la calle, aquéllas que reclaman sus derechos son constantemente insultadas, hostigadas y amenazadas”.
Milicias
El hecho que desató la revolución libia ocurrió el 15 de febrero de 2011, cuando la detención arbitraria de un defensor de derechos humanos desencadenó la ira popular. Un grupo de maestros universitarios bengasíes, entre los que había varias mujeres, citó a una manifestación el 17 de febrero y ese día se conserva como la fecha oficial del levantamiento.
Este lunes 17, desde Bengasi hasta Sebha –un oasis en los grandes desiertos del sur– la celebración del tercer aniversario sorprendió por la alegría y el entusiasmo de decenas de miles de personas, a pesar de la gran incertidumbre que envuelve el proceso político.
En Trípoli, la Plaza de los Mártires fue escenario de fuegos artificiales, bailes agotadores y cánticos apasionados de un pueblo que no bebe alcohol. “Puede haber un golpe de Estado mañana, pero también lo iba a haber ayer”, dijo Nasr al Suneisi, un empleado público, cuyo malestar por la situación del país se disipó con la fiesta.
Uno de los problemas que afronta Libia es la pelea entre las diversas milicias. La población civil, a la que decían defender, se convirtió en su víctima.
El gobierno no ha hallado la forma de acotar a las guerrillas. Incapaz de someterlas militarmente, ha tratado de cooptarlas creándoles espacios dentro de las fuerzas de seguridad. Les han asignado salarios generosos, pero varias de ellas siguen actuando en función de sus propios intereses.
Un ejemplo: el pasado 11 de octubre la milicia Revolucionarios de Libia detuvo al primer ministro Ali Zeidan por presuntos delitos de corrupción. Unas horas después el Ministerio de Justicia aclaró que no había orden de arresto alguna contra Zeidan y denunció un secuestro. Entonces la milicia liberó al premier, sin que se conociera si hubo negociación.
Un mes después, los días 15 y 16 de noviembre, habitantes de Trípoli realizaron una marcha para demandar que las milicias ajenas a la ciudad se retiraran a sus lugares de origen, pero fueron recibidos por los grupos armados de Misrata con disparos de ametralladora antiaérea. Murieron 43 personas, muchas de ellas deshechas por el impacto de las balas de alto calibre.
Las milicias de Misrata respaldan a la facción islamista del Congreso, en tanto que las milicias de Zintan se alinean, de manera no oficial, con los nacionalistas de Jibril. Cuando los Hermanos Musulmanes y sus aliados acordaron que el órgano legislativo –que debió haber terminado sus funciones el 7 de febrero– extendiera su periodo hasta diciembre para darle tiempo a la comisión redactora de terminar la Constitución, la Alianza de Fuerzas Nacionales los denunció por querer aferrarse al poder.
Desde esa fecha, y con la sola excepción del lunes 17, se han producido manifestaciones diarias para exigir que el Congreso se disuelva.
Actuando aparentemente por su cuenta, el viernes 14 el general Jalifa Khaftar provocó una carcajada nacional cuando, sin mover un solo tanque, anunció la deposición del gobierno y el establecimiento de un “Comité Presidencial”… a través de un video de YouTube.
Menos gracioso fue el ultimátum del martes 18: Después de que el Congreso había anunciado el día anterior que “adelantaría” las elecciones legislativas –sin dar indicios de alguna fecha–, las milicias de Zintan se dijeron hartas del jugueteo político y anunciaron que en cinco horas tomarían el recinto parlamentario para arrestar a todos los legisladores que no hubieran renunciado al cargo.
Tropas de ambos bandos se apostaron en sitios estratégicos de la capital. Sin embargo, la mediación de la ONU logró disolver la amenaza y las milicias de Zintan extendieron el plazo 48 horas… o hasta nuevo aviso.
“Claro que fui a votar, no podemos seguir sin Constitución”, afirma Tarik Shennib, un activista no armado de la revolución de 2011. “Me preocupa que muchos de mis compañeros se hayan abstenido, incluso aquellos que están políticamente activos. Hay mucha decepción, pero no podremos avanzar si nos quedamos idiotizados en casa mirando la telenovela libia”.








