Nación fracturada

BUENOS AIRES.- Tironeado por los países de Occidente y por Rusia, Ucrania se desliza hacia una fractura territorial con consecuencias imprevisibles.­

En la parte occidental del país los opositores ocupaban hasta la semana pasada las sedes de los órganos de poder, desarmando a las fuerzas de seguridad. En la región de Zakarpatski la policía tomó juramento ante el pueblo, según el portal Zakarpatia online. “Yo, Vasili Nikolaevich Vartsava, me paso al lado del pueblo”, declaró el jefe del Ministerio del Interior de la región.

En las regiones de Ternopil, Ivano-Frankivsk y Lviv, los opositores ocuparon los arsenales y según fuentes policiales citadas por el diario moscovita Kommersant, tomaron más de mil 500 armas con 100 mil municiones.

En el oriente del país, la zona más cercana a Rusia, la situación es la opuesta. Con el título “Ucrania se divide entre el Oriente y el Occidente”, el diario Nezavisimaya Gazeta informó sobre la creación del Frente Ucraniano “para defender a la región en caso de que el país caiga bajo control occidental”, según palabras del diputado­ Vladimir Alekseev, de la región de Jarkov.

“Para nosotros, cuando las fuerzas de seguridad (llamadas Berkut) disuelven las manifestaciones, están defendiendo el orden constitucional, y cuando los radicales atacan, es un paso hacia la guerra civil apoyado por Occidente”, dice Alekseev.

Agrega: “Queremos la paz y nos preparamos para la guerra. Si Ucrania Occidental fractura al país, tomaremos medidas”.

La división entre Oriente y Occidente está destruyendo el sueño de una nación ucraniana unida, a partir de la independencia obtenida en 1991, cuando se disolvió la Unión Soviética.

A mitad de camino entre Rusia y Europa, este país ilustra como ninguno el drama del mundo post-soviético, que no alcanza a lograr una identidad propia y que se debate entre el ser y no ser. “La nacionalidad ucraniana no llegó a desarrollarse”, dice a Proceso María Lipman, del Centro Carnegie de Moscú.

“Mi papá, que murió hace poco, nos pidió perdón por el país que nos dejaron. Cuando Ucrania se independizó yo quería que mis hijos vivieran en un país libre, democrático e independiente, pero no fue así”, dice a Proceso Valery Makeev, conocido abogado de la ciudad de Cherkasky, 150 kilómetros al sur de Kiev.

Makeev reconoce que siempre hubo una división entre el Oriente ruso y el Occidente europeo, pero nunca se llegó a este grado de conflicto. “No diría que había un país unido, pero cuando se trataba de defender a Ucrania frente a otros, todos estábamos juntos, como en un partido de futbol”, señala.

Cree, sin embargo, que lo sucedido en los recientes días “tendrá consecuencias irreversibles, porque las regiones occidentales no volverán a aceptar los principios de gobierno que regían hasta ayer”.

 

La mirada del Kremlin

 

Para Moscú, Ucrania no sólo es su principal vecino, su frontera occidental, su nexo con Europa, sino una parte de su propia sangre, de su historia y de su economía. Perder el control sobre Kiev es quedar sin la muralla que protege a Rusia de Occidente, con la Unión Europea, Estados Unidos y la OTAN al acecho.

Por eso el canciller ruso Serguei Lavrov calificó los sucesos de Kiev como “un intento de golpe de Estado”, al tiempo que la cancillería emitió un comunicado en el cual señala que la crisis es “resultado directo de las políticas occidentales”, según publicó The Moscow Times el jueves 20.

Para Lipman el estallido en Kiev “representa la más seria amenaza a las relaciones de Rusia y Occidente. La lucha por quién se queda con Ucrania es muy peligrosa y no constructiva”.

En el mundo político ruso se empieza a hablar de la federalización de Ucrania; es decir, de mantener aunque sea el control de una parte del país, deshaciéndose de las regiones rebeldes, lo cual puede repetirse en otros espacios post-soviéticos.

Los hechos de Kiev afectan los intereses de Rusia, no sólo en lo político y económico sino también en lo militar. Con el título Crimea puede ser un segundo Kosovo, Vladimir Mujin escribió el jueves 20 en Nezavisimaya Gazeta que el complejo industrial militar de Ucrania trabaja activamente para Rusia. “Gracias a la producción ucraniana se sostienen los sistemas de misiles nucleares, los motores de los aviones y helicópteros”, explicó.

El analista señala con especial preocupación a Crimea, la península regalada generosamente por Nikita Jrushev a Ucrania en 1954, cuyo puerto, Sebastopol, es la sede de la Flota Naval rusa por un contrato de alquiler que dura hasta 2042.

Hay que detenerse también en el “factor tártaro”, ya que la minoría tártara de Crimea, deportada forzosamente por Stalin después de la Segunda Guerra Mundial, que sólo pudo volver a sus tierras en las postrimerías de la Unión Soviética, ha participado activamente en las protestas contra el gobierno de Yanukovich y rechaza cualquier posibilidad de que la península vuelva a ser parte de Rusia, reclamando su derecho a la autodeterminación.

Según Mujin, en la plaza Maidan participan cerca de mil tártaros de Crimea, “muchos de los cuales tienen experiencia militar en Siria del lado de las fuerzas antigubernamentales”.

La crisis económica y política de Ucrania demuestra “que se agotó el modelo post- soviético de desarrollo, caracterizado por un estado paternalista con un dirigente que tiende al totalitarismo, modelo que fue el dominante en el espacio post-soviético”, explica la analista rusa Lilia Shevtsova en una entrevista con La Voz de América.

A Ucrania le ha tocado el dudoso honor de buscar una salida, con un resultado impredecible.­

Para Shevtsova, lo más preocupante es “la incapacidad de Europa y la indiferencia de Estados Unidos” que “nos devuelven al pasado que ya considerábamos muerto y a la división en esferas de influencia”. La discusión es: “En cuál esfera de influencia estará Ucrania, un país que no tuvo suerte: los ucranianos quieren salir del pasado cuando hasta Occidente prefiere refugiarse en él”, dice. “La división de Ucrania tendrá consecuencias internacionales impensables”, concluye.

Atrapados en una grave crisis económica, rehenes de la batalla geopolítica entre Europa y Rusia, quedan los simples ciudadanos, entre los cuales Yanukovich viene perdiendo cada vez más apoyo, como lo demostró la renuncia del alcalde de Kiev, Vladimir Makéyenko, al partido de Yanukovich. La semana anterior las encuestas mostraban que el presidente perdería las elecciones contra cualquiera de los demás posibles candidatos.

Como dice Makeev: “La cuestión ya no es quién renuncia. Cambiar una figura por otra, no va más. La gente quiere que pase lo mismo que en Polonia en 1989, cambiar totalmente el poder para que una persona pueda ir a la policía y ser defendido, ir a la justicia y ser escuchado, reformar la sociedad para que las libertades existan de verdad”.

Expone: “Hoy cualquier decisión de un juez se puede comprar, se puede sufrir cualquier situación y la policía ni siquiera toma la denuncia. Lo que sucede no es por la discusión entre Europa y Rusia, (sino que) la gente reaccionó por su cuenta y este proceso ya no se detiene. Lo demás son consecuencias”.