Lizalde, tigre mexicano, deja oírse en España

Aunque la merece desde hace muchos años, la fama internacional ha eludido a Eduardo Lizalde. Por lo menos, no goza de la notoriedad que merece en el ámbito de la poesía hispánica. Quizá sea cosa de suerte. Tal vez la fama dependa, en buena medida, de una afortunada suma de circunstancias.

No digo, aclaro, que su obra no sea bien estimada. Los buenos lectores de España y de América hispana saben bien que Lizalde es autor de magníficos poemas. Pero los buenos lectores no abundan, y muchas veces no bastan para dar suficiente difusión a una obra.

A veces logra mucho más la resonancia de un premio internacional. Por ejemplo, en 1968 Antonio Cisneros obtuvo el premio de poesía de Casa de las Américas con su Canto ceremonial contra un oso hormiguero, y a los 26 años de edad se convirtió en una celebridad entre los lectores de poesía de lengua española. El resto de su obra no haría sino refrendar y acrecentar su renombre.

En 1970 apareció, con el sello de la Universidad de Guanajuato, uno de los grandes libros que ha dado la poesía mexicana: El tigre en la casa. Recibió de inmediato, entre nosotros, el elogio unánime, y le valió a Lizalde ese mismo año el premio Xavier Villaurrutia. Pero ese encomio no trascendió las fronteras mexicanas en la medida en que habría sido deseable.

En corto, Lizalde había recibido comentarios a favor muy importantes. Como el que le hizo Pablo Neruda cuando leyeron juntos en un festival internacional de poesía en Caracas, en 1969. Allí Lizalde leyó algunos poemas de El tigre… y Neruda le dijo que le habían gustado mucho, que quería conocer el libro íntegro.

A Eduardo Lizalde, por cierto, el renombre o la fama nunca le han importado en lo más mínimo ni le quitan el sueño, y jamás ha movido un dedo para procurarlos, pero interesa que su poesía cuente con más lectores, y por eso es motivo de júbilo el que hace unos días haya recibido el X Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada, dotado con 30 mil euros, creado en homenaje a la memoria de Federico García Lorca, que –suponemos– contribuirá a poner bajo la atención de los lectores españoles la espléndida obra que ha amasado a lo largo de medio siglo.

Pero no es sólo por la admiración y el gran aprecio por su obra que se festeja este premio, sino por el conjunto de la poesía mexicana, que no es conocida internacionalmente en la medida en que lo merece. Pocos lectores de poesía hispanoamericanos menores de cincuenta años conocen lo que han escrito poetas excelentes como Rubén Bonifaz Nuño, Rosario Castellanos o Gabriel Zaid.

No estaría mal que los propios mexicanos nos encarguemos de darle una mayor proyección internacional a la obra de nuestros poetas.