Sesenta y nueve años después de concluida la Segunda Guerra Mundial siguen enterradas en territorio alemán alrededor de 10 mil bombas –hasta 3 mil de ellas en Berlín– que fueron lanzadas por las fuerzas aliadas y no explotaron pero pueden hacerlo en cualquier momento. Así, en enero pasado se registró la última víctima de dicha conflagración mundial: un operador murió cuando la excavadora con que removía escombros en la ciudad de Euskirchen hizo estallar uno de esos artefactos.
Berlín.- El 15 de marzo de 1945, mil 347 bombarderos de la Octava Fuerza Aérea del ejército de Estados Unidos despegaron de su base en Inglaterra con la misión de destruir el cuartel central del ejército alemán –localizado en la ciudad de Zossen, a 47 kilómetros de Berlín–, así como la relativamente cercana estación de maniobras de Oranienburgo.
A las 14:51 horas sonó la alarma antiaérea e inició uno de los peores bombardeos que las fuerzas aliadas, específicamente las estadunidenses, asestaron a la maquinaria bélica nazi en Brandemburgo, ya en las inmediaciones de la capital del Tercer Reich.
En 45 minutos la aviación arrojó 4 mil 977 bombas convencionales y 713 incendiarias, de 250, 500 y mil kilos. El buen clima favoreció el ataque: viviendas y edificios públicos sufrieron graves daños, mientras que los cuarteles de la policía y de los bomberos de la Policía de la Defensa Aérea alemana fueron destruidos.
Pero alrededor de 10% de las bombas fallaron; por alguna razón no explotaron y permanecieron enterradas. Entre éstas había un tipo especial, las bombas de efecto retardado, que debían detonar 48 horas después de su lanzamiento. Causaron muchos estragos en la guerra, porque entorpecieron los trabajos de rescate y reorganización, además de generar pánico en la población.
Aun ahora constituyen un serio peligro para Alemania, ya que con el paso del tiempo este tipo de explosivos, que contienen sustancias como la acetona, se vuelven tan sensibles que pueden detonar espontáneamente.
Wolfgang Spyra, catedrático de la Facultad de Ciencias Medioambientales de la Universidad Técnica de Cottbus y exjefe de la Dirección de Investigación Técnica de la Policía de Berlín, redactó un informe en el que analiza este riesgo.
Hace énfasis en la ciudad de Oranienburgo, ya que especialmente ahí se arrojó ese tipo de artefactos: “Las bombas desactivadas a lo largo de los últimos 16 años dejan ver el peligro real de autodetonación que existe hoy en día en los explosivos de tiempo retardado. El análisis de los detonadores de estas bombas permite deducir no sólo que éstos funcionan parcialmente bien, sino que también tienen una condición crítica. De ahí que son muy previsibles las autodetonaciones en un futuro cercano”, explica.
En el otoño de 1944 los aliados realizaron la operación Queen en la pequeña ciudad de Euskirchen, en el occidente de Alemania, muy cerca de Bonn. Con miles de bombas destruyeron el 75% de la urbe.
Pero fue hasta el 3 de enero pasado cuando cobraron su más reciente víctima. A las 13:30 horas, en la calle Roitzheimer de la zona industrial de Euskirchen, el operador de una excavadora que removía escombros salió volando junto con la máquina cuando ésta golpeó una bomba que databa de la Segunda Guerra Mundial. La onda expansiva alcanzó un radio de un kilómetro y, según los reportes policiales, la detonación se escuchó a 20 kilómetros.
Los casos de Oranienburgo y Euskirchen apenas son una muestra de un peligro que se resiente en toda Alemania. Oficialmente, todavía aguardan el momento de explotar alrededor de 10 mil bombas ocultas en la tierra, ya sea en Hamburgo o Múnich, Bremen, Colonia, Stuttgart, Núremberg, Dresde o Berlín.
“Todas las ciudades principales fueron bombardeadas. La intención de los aliados era destruir todos los puntos estratégicos de la industria, telecomunicaciones y vías ferroviarias, entre otros. Colonia, por ejemplo, fue bombardeada 200 veces y Berlín atacada por aire unas 300 veces. Calculamos que entre el 10% y 15% de todas las bombas lanzadas durante la guerra (de 1939 a 1945) no explotaron. Basados en esa cifra, estimamos que en Berlín todavía hay entre mil y 3 mil bombas enterradas”, explica en entrevista Detlef Jaab, experto del Servicio de Desalojo de Armas de Guerra de la Policía de Berlín.
Riesgo postbélico
Luego de la guerra, tanto en la Alemania occidental como en la oriental se crearon departamentos encargados del manejo y la desactivación de todo tipo de municiones utilizadas en la guerra. En el país unificado, cada uno de los 16 estados federados tiene una oficina con estas funciones, que depende del gobierno local.
Por eso pueden variar los procedimientos y formas de operación, pero en todos los casos se contrata a personal muy calificado, en su mayoría capacitado por el ejército. El equipo correspondiente a Berlín está integrado por siete desactivadores de bombas.
“Entre menos personal participe en una desactivación, mejor. Es una actividad peligrosa y siempre existe un riesgo alto. Para fortuna nuestra, el último accidente mortal en Berlín sucedió en 1957, cuando un colega desactivaba una granada rusa. El artefacto explotó y él murió”, explica Jaab en la sede del Servicio de Desalojo de Armas de Guerra, en la zona de Berlín Grunewald.
La oficina de Jaab, el más experimentado del grupo, parece la sala de un museo. En sus estantes tiene ordenados en filas más de cien detonadores distintos, de origen inglés, estadunidense, ruso y alemán. Son sus trofeos de guerra.
Un mapa de Berlín y sus alrededores ocupa el centro de una pared. Clavados en él, decenas de alfileres negros y rojos de distintos tamaños representan los lugares donde se han desactivado bombas. “Hemos desactivado mil 800 bombas”, dice.
La mayoría de las ciudades alemanas fueron destruidas en la guerra y de requirió un arduo trabajo de reconstrucción y renovación. Esas labores crearon ocasiones para que las bombas hasta entonces enterradas provocaran estragos. En la actualidad, los viejos artefactos afloran a la superficie por trabajos de mantenimiento, reparación o nuevas construcciones.
Por eso, “cuando un constructor topa con algún artefacto da aviso a la policía y entonces somos notificados. De inmediato nos trasladamos al lugar y ahí mismo evaluamos la peligrosidad de la bomba, determinamos si ésta se puede o no desactivar, o incluso si es necesario dinamitarla”, explica Jaab.
Acto seguido se delimita y evacua la zona de riesgo, que puede ser hasta de un kilómetro a la redonda. Si bien no sucede cada día, los berlineses ya tienen cierta experiencia y no se sorprenden demasiado cuando los noticieros informan de un caso nuevo. La preparación y la desactivación pueden tomar desde 15 minutos hasta varias horas, según la complejidad del detonador.
–¿En esta ciudad se debe seguir un protocolo cuando se va a iniciar una construcción o un trabajo que implique perforar el suelo?
–En otros estados sí, pero en Berlín no es obligatorio. Sabemos que eso es muy peligroso y, de hecho, siempre es recomendable que antes de construir se examine la zona para saber si algún artefacto explosivo está enterrado ahí, pero hacerlo es muy caro. Y hay que decir que la mayoría de las bombas que hasta ahora hemos desactivado se han localizado por casualidad.
–En ese sentido se puede decir que Berlín y sus habitantes han tenido mucha suerte…
–Así es.
Sin embargo, para toparse con una bomba de la Segunda Guerra Mundial en esta ciudad no es necesario realizar excavaciones tan profundas. Podrían estar a unos centímetros de la superficie.
“Hemos encontrado algunas, rusas, de mil kilos, a una profundidad de seis metros, pero también nos hemos topado con otras a sólo medio metro de la superficie. Estos casos se explican porque, cuando las bombas penetraban en la tierra, debido a su forma hacían una curva y volvían a subir. Muchas quedaron sin explotar, ocultas bajo la tierra pero muy cerca de la superficie”, relata.
Jaab, de 58 años, no parece preocupado, pero es consciente de la peligrosidad de su trabajo. Lleva 12 años de servicio y en poco tiempo comenzará a capacitar al que lo remplazará dentro de dos años, cuando se jubile.
“¿Por qué elegí hacer esto? Estuve muchos años en el departamento de tránsito de la policía y tenía ganas de un cambio. Nada más por eso”, afirma. Pero este “policía pirotécnico” –como también se les conoce aquí– no era totalmente ajeno al mundo de las armas. Su abuelo perteneció al ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial y su padre también fue policía.
Su récord personal es de más de 100 bombas desactivadas, incluidas un par de las temibles de efecto retardado. Aunque en realidad cualquier bomba, sin importar incluso su tamaño, es igual de peligrosa para el que trata de desactivarla: “Si te explota, seguro estás muerto”.
–La próxima vez que un habitante o un turista pasee por el bosque de Berlín ¿tendrá que cuidarse de esas bombas?
–No. Deberá sentir más miedo de toparse con un cerdo salvaje (muy comunes en la zona), pero no de municiones viejas.








