Joyce Di Donato, noche de luz y canto

Sin ninguna duda, una de las grandes, grandes figuras de la lírica mundial actual es Joyce Di Donato, quien se presentó por primera vez en nuestra ciudad después de hacerlo en el Festival Ortiz Tirado de Álamos, Sonora. Con un público conocedor que sí sabía a qué acudía, brindó una noche que necesariamente quedará en los anales como una de las grandes veladas que se han escenificado en Bellas Artes.

Mezzosoprano que en verdad lo es, desde sus primeras notas mostró la contundencia y profundidad maravillosa de una voz que auténticamente marca diferencias entre lo que es una tesitura de mezzo y la de soprano. Recalcar esto es importante porque desafortunadamente en nuestros escenarios –y en algunos extranjeros– se presentan cantantes que, ante la gran cantidad y enorme competencia de sopranos que existe, optan por ostentarse como mezzosopranos sin serlo en realidad y sólo poseen una buena extensión vocal.

En cambio aquí, con esta diva, el recital mostró toda la gama de posibilidades y alcances que su tesitura puede obtener, desde las notas de profundidad hasta los agudos que parecieran realmente difíciles de alcanzar y, pensándolo bien, quizás en verdad en otra cantante sean inalcanzables.

Sabedora de esto, Joyce Di Donato escogió un programa lo más representativo de su repertorio. Convirtió su recital en una reunión de amigos verdaderamente cálida e informal, a grado tal que llegó el momento en que pidió al público, que la complació encantado, la acompañara cantando el Happy birthday: coincidentemente, la noche del 4 de febrero era el cumpleaños de su pianista acompañante, David Zobel. Y, bueno, el joven maestro Zobel es un pianista de grandes virtudes, estupendo acompañante.

Inició así con las conocidas canciones del español Fernando Obradors (1897-1945) donde la única que faltó fue la quizás más conocida, El Molondrón, pero, la verdad, ni falta que hizo. Pasó después a lo que le ha determinado un lugar especial en la ópera mundial a don Gioachino Rossini (1792-1868) y su Otelo, no tan conocido como el de Verdi, del cual entonó Assisa a’pie d’un salice, y se fue al Divino Mozart (1756-1791) para encarar la siempre bien recibida Voi che sapete de Las bodas de Fígaro y, de esa misma ópera, Deh vieni, non tardar. De vuelta al Bel Canto y la infaltable Una voce poco fa de esa joya que es El barbero de Sevilla que, por tema, debió ser compuesta antes, pero fue imposible que sucediera porque Rossini nació el año siguiente al que murió Mozart.

Se fue después Di Donato a un repertorio menos conocido pero no por ello menos dificultoso, Marco Antonio y Cleopatra de Johann Adolph Hasse (1699-1783) de la que cantó Morte col fiero aspetto y, también en el barroco y la Roma clásica, Julio César del maestro Georg Friedrich Haendel, de la que abordó Piangeró la sorte mia, para concluir, oficialmente, con el delicioso ciclo de canciones Venecia de Reynaldo Hann.

En el encore, la diva nos trasladó hasta las pampas argentinas para deleitarnos con la delicada pieza de Alberto Ginastera (1916-1983) Canción del árbol del olvido, y la rossiniana Non piú mesta, de Cenerentola.

Noche sin tacha, de ensueño, luz y canto en su más grande expresión.