Para José Emilio, gracias por tanta luz
Desde hace tiempo he insistido en que vivimos un parteaguas civilizatorio. Lo que lo define es la corrosión de las instituciones que por un tiempo permitieron un orden social. La caída del imperio romano, para hablar sólo de Occidente, fue uno de ellos; la de las monarquías absolutas y la cristiandad fue otro.
Las instituciones son construcciones históricas que, como la vida, nacen, maduran y mueren para dejar paso a otras, que se apoyan en la tradición para rehacer el orden político y social. Las nuestras, el Estado, que surgió del pensamiento ilustrado y la revolución francesa, y la economía moderna, que surgió de la revolución industrial y su idea de progreso sin fin, han comenzado a desmoronarse. Sus existencias ya no responden a los fines para las que se crearon: el Estado moderno, arrodillado ante los grandes capitales, ha ido dejando de brindar seguridad, justicia y paz a los ciudadanos. La economía ha ido destruyendo el medio ambiente, arrasando territorios, culturas y economías de soporte mutuo y dejando en la nada a inmensas franjas de seres humanos.
En México, esa realidad se manifiesta de manera absoluta. El aumento del despojo y la miseria, la indefensión ciudadana frente a la violencia del crimen organizado y de la corrupción del Estado, los laberintos burocráticos que paralizan cualquier iniciativa, la creciente pérdida de las conquistas laborales y la degradación de los partidos y sindicatos en mafias, nos colocan en el fondo de ese parteaguas. El Estado en México ha dejado de existir y la economía se ha convertido en un universo depredador.
En ese fondo, y como siempre sucede en todo parteaguas histórico, lo nuevo se anuncia en sus movimientos más radicales, en el sentido de ir a la raíz. Tanto las autonomías y su racionalización de la economía, promovidas por el zapatismo, las comunidades indias y la vida pueblerina recuperada por las autodefensas, como la insistencia de una profunda reforma política de mayor participación ciudadana, impulsada por muchas organizaciones de la sociedad civil, hablan de la necesidad de crear otra manera de ser del Estado y de la economía. Por desgracia, ni los partidos ni los gobiernos lo entienden.
Las respuestas a esas nuevas formas de relación han sido, por un lado, cosméticas; por el otro, atroces. Un ejemplo de lo cosmético se encuentra en la respuesta que el gobierno ha dado a las autodefensas. Por un momento, al decidir trabajar con ellas dándoles un estatuto jurídico dentro de los aparatos de seguridad, el gobierno parece caminar hacia lo nuevo. Sin embargo, cuando preserva la estructura que les dio origen –la corrupción y el contubernio de la clase política con el crimen organizado y la lógica del dinero– el horror del rostro reaparece.
Sometidas al control de una clase política corrompida y representada hoy por Fausto Vallejo, las autodefensas y las nuevas maneras de relación política que anuncian se degradarán rápidamente y la entidad sufrirá de manera más terrible el estado de indefensión y de violencia que ha vivido.
El ejemplo de lo atroz se encuentra en que el gobierno cree que maquillando la realidad y ofertando la nación a la depredación de los capitales foráneos sanará al Estado y a la economía de su decrepitud, su agonía y su muerte.
Al igual que nada pudo detener, en el pasado, la decadencia de otras formas de Estado –Constantino no salvó al imperio ni Luis XIV pudo consolidar el absolutismo–, nada tampoco puede detener lo nuevo que emerge. Napoleón lo dijo con la frialdad del militar: la revolución que nació en Francia es imparable; ella se extendió por el mundo en formas de independencias y revoluciones.
México, que ha llegado al límite de la decadencia de las instituciones que surgieron de esa revolución, tiene en estos momentos una inmensa posibilidad de abrirse a lo nuevo. Pero para ello, los gobiernos y los partidos deben estar dispuestos no sólo a autosacrificarse, purgando sus estructuras y filas de lo indeseable –algo que debería empezar en Michoacán–, sino a pensar también, en oposición a la idea global de la inversión, en la proporción de la que hablan las autonomías y las economías pobres.
La proporción es, en contra del control vertical del Estado y de la depredación de los grandes capitales, incluyendo los del crimen organizado, un conjunto de escalas que permite las relaciones directas entre la gente y el suelo. Ellas, que son la base del tejido social, invitan a reflexionar sobre lo que conviene hacer guiados por el conocimiento del bien como virtud y no como valor económico. Contra la decadencia del Estado y de la economía moderna, donde la ética se ha reducido a cifras y utilidad con el fin de optimizar capitales y asegurar, mediante el mercado y el dinero, un carburante tan ilimitado como destructor de la vida, una sociedad proporcional sabe buscar el bien que conviene en el seno de nuestra condición humana, es decir, en el seno de la vida común y el límite que requiere para florecer.
Aferrarse a otra lógica es abrirle el camino a una guerra más atroz que terminará, a final de cuentas, por cambiar lo que irremediablemente hay que cambiar.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.








