José Emilio Pacheco y Jalisco

En una época como la nuestra, caracterizada por la banalidad y por la atomización del conocimiento o por una especialización de corto vuelo reservada para los “enterados”, José Emilio Pacheco encarnó todo lo contrario: el humanista (hombre o mujer de letras, artes e ideas) abierto, lúcido y claro, convencido de que en el fondo de las cosas todo tiene que ver con todo y cuyo lema podría ser el postulado por el escritor romano Terencio: que nada de lo humano nos sea ajeno. En el territorio de las letras mexicanas, el escritor fallecido el domingo 26 de enero en la capital del país no sólo fue un competente todo-terreno (no hubo género literario por el que no transitara y con fortuna), sino que llegó a aventurarse –y con resultados magníficos– por ámbitos poco o nada explorados, como lo atestigua sobradamente la infinidad de entregas de Inventario, la incomparable columna que Pacheco mantuvo en Proceso prácticamente desde la aparición de este semanario.

Sus prendas intelectuales y morales siempre fueron muy altas. Desde un principio marcó su distancia con el poder. A diferencia de otros colegas suyos, tampoco coqueteó con la frivolité, algo que le parecía una “perdedera de tiempo”. En su obra supo amalgamar, como pocos, imaginación e inteligencia, claridad y misterio. Siempre accesible a quien lo solicitara, acabó por representar la antítesis del erudito pedante. Enemigo de los desafectos literarios, fue también alérgico a las mafias ídem, aun cuando muchas de ellas hayan tratado de acercarlo a su redil. Espíritu curioso al que siempre sorprendía el mundo, fue un escritor sin ínfulas, modesto pero riguroso hasta la autocrítica; alguien que veía y leía la literatura mexicana como parte de la literatura en lengua castellana y de la literatura universal.

Pero sin ninguna contradicción, este mismo espíritu cosmopolita (que tradujo, y magníficamente, a poetas y narradores de distintos puntos del orbe) tuvo y mantuvo un vivo interés por escritores locales y aun regionales, ya fuesen de un periodo histórico específico (la Reforma), o de una zona particular del país (el Golfo de México), o de una generación (el Ateneo de la Juventud), o de una corriente literaria (el modernismo). En este último caso, por ejemplo, Pacheco no sólo estudió, antologó y puso en valor a cuatro poetas jaliscienses, entre un total de 14 de todo el país, sino que por primera vez integró a uno de ellos (el padre Alfredo R. Placencia) al circuito nacional de la poesía mexicana, al considerarlo sencillamente “el mejor poeta católico que tuvo México antes de Carlos Pellicer”. Esto ocurrió en 1970 con la publicación, en dos tomos, de su hasta ahora insuperable Antología del modernismo: 1884-1921. Desde entonces el poeta de Jalos forma parte de la historia de la literatura mexicana.

Como en el caso anterior, no fueron pocas las relaciones literías y culturales que Pacheco estableció con Jalisco desde su época de estudiante. Así, a finales de los años cincuenta, el poeta jalisciense Elías Nandino, quien había sido muy cercano a los autores de la generación de Contemporáneos, lo invitó a formar parte de la revista Estaciones, publicación en la que el autor de El reposo del fuego hizo sus primeras armas literarias. Poco después se acercó a la obra y a la persona de Juan José Arreola, de cuyo magisterio se vio beneficiado, como el mismo Pacheco lo reconocería en repetidas ocasiones. Y el deslumbramiento por la obra del hito máximo de la literatura jalisciense (Juan Rulfo) no fue menor y de ello dan testimonios diversos, documentados y penetrantes escritos suyos sobre el autor de Pedro Páramo.

José Luis Martínez, otro escritor jalisciense, de la misma generación de los anteriores, no fue menos importante en la carrera literaria de Pacheco, pues no sólo compartió con él su interés por el estudio de los clásicos mexicanos que van desde la época de la Independencia hasta la generación de Contemporáneos. En 1980, el mismo Martínez, en su calidad de director del Fondo de Cultura Económica (FCE), se encargaría de incluir toda la obra poética que Pacheco, entonces con apenas 41 años de edad, había escrito hasta ese momento en la célebre colección Letras Mexicanas, con el título de Tarde o temprano. De esta su “obra poética reunida”, a modo de pequeño prólogo, el propio Pacheco escribió una nota que raya en la autocrítica extrema: “Ignoro si este libro llega tarde o temprano. Sé que tarde o temprano no quedará de él ni una línea. Mientras tanto, tarde o temprano tenía que enfrentarme a lo que escribí antes de los cuarenta años. Por eso acepté el ofrecimiento que con su generosidad incomparable me hizo José Luis Martínez”.

Ya para entonces Pacheco era un habitué de la vida cultural de Guadalajara, cuyas conferencias o lecturas sobre su propia obra eran esperadas y celebradas por una audiencia multigeneracional que veía en él no sólo a uno de sus héroes literarios, sino a un modelo de dignidad intelectual y moral, sobre todo después de los sucesos trágicos del 68 y del Jueves de Corpus de 1970 –donde hicieron su aparición los tristemente célebres halcones–, o del golpe gubernamental al diario Excélsior, que dirigía Julio Scherer.

A principios de los ochenta, Pacheco se dio tiempo para revisar y poner en valor la obra de un narrador jalisciense injustamente relegado hasta entonces: Victoriano Salado Álvarez, de quien José Emilio no sólo hace una hermosa etopeya (retrato moral) sino que lo califica como “uno de nuestros grandes narradores (…) como nuestro primer novelista moderno (moderno en el sentido que lo hace anteceder a lo contemporáneo), el iniciador del siglo XX en la novela de este país y desde luego el más actual de los novelistas del porfiriato”. A raíz de ello, el FCE hizo una hermosa reedición, en cuatro tomos, de la serie de novelas históricas de don Victoriano intitulada Episodios nacionales.

Por ese entonces, un grupo de jóvenes tapatíos, que había echado a andar una pequeña pero cuidada empresa editorial de nombre Cuarto Menguante, le propuso a Pacheco reunir sus poemas que había escrito sobre los parientes “sabios” del ser humano en el reino animal. El resultado fue la aparición, en 1985, de Álbum de zoología, edición preparada por Jorge Esquinca, con ilustraciones de Alberto Blanco.

A principios de los años noventa, Pacheco aceptó que un relato suyo (El emperador de los asirios, alusivo al asesinato de Álvaro Obregón y que, muy fiel a su estilo, su autor le hizo correcciones hasta el último momento) fuera incluido en Antología del cuento cristero, preparada por Jean Meyer y quien escribe estas líneas, en 1993, para la recién creada Secretaría de Cultura de Jalisco. Al final, los antologadores nos enteramos de que Pacheco no había aceptado que se le hiciera el pago de derechos de autor que le correspondían porque en una ocasión anterior que estuvo en Guadalajara, al querer pagar la cuenta en una librería, le dijeron que la cuenta la había liquidado la misma persona que en 1993 se desempeñaba como secretario de Cultura: Juan Francisco González.

Finalmente, con la Universidad de Guadalajara y la Feria Internacional del Libro Pacheco tuvo una relación de altibajos. Y ello por varias razones que podrían resumirse en dos: porque las autoridades udegeístas no terminaron dándole el lugar que merecía y por la integridad a toda prueba del autor de Las batallas en el desierto. De 1991 a 2013, decenas y decenas de jurados discurrieron entregar el Premio Juan Rulfo –que en 2006 devino Premio FIL– hasta a Juana Cuerdas, pero a ninguno se le ocurrió proponer a “un clásico vivo de la lengua española” como lo reconoció, en 2009, el jurado del Premio Cervantes, el galardón literario más importante en nuestro idioma. Pacheco nunca dijo una palabra de ese ninguneo. Sólo rompió el silencio en 2012, lamentando que en la FIL se hubiera decidido premiar a un escritor plagiario (el peruano Alfredo Bryce Echenique) y no volvió a asistir a dicha feria.