La semana pasada en el jardín del Santuario dos sicarios ejecutaron a Ricardo Ruelas Munguía, apodado el Doc o el Doctor, quien trabajaba como oficial mayor de la Preparatoria 11 de la UdeG. Fichas aparte, algunas líneas para el esclarecimiento de su muerte violenta lo ligan a la venta de droga, a la pugna por controles del mercado negro –en que está convertido ya ese barrio– y a algunas otras pistas. Vale la pena reflexionar a fondo no sobre esta muerte particular, sino sobre el fenómeno mismo de los hechos de sangre, de los que Jalisco no tiene la exclusiva.
Ninguna tribu del mundo ni pueblo o comuna conocida aceptaría de buen grado ser condecorada con el distintivo del campeonato de la violencia. Tan extendido defecto de la especie procura ser disimulado o abatido donde se presenta. No se consigue mucho, pues se trata de la peor secuela de daño, derivada de las viciosas fórmulas en que se sostienen nuestros modelos económicos. Mientras mantengamos vigentes o hagamos funcionar nuestras máquinas sociales con formatos de acumulación de bienes, servicios o dineros, no desaparecerán ni la rapiña ni la exclusión. Éstas generarán a su vez reacciones airadas, abiertas o soterradas, que son el fermento idóneo para el endémico mal de la violencia.
Los enterados dicen que los grandes males exigen grandes remedios. Y así ha de ser. La discusión en torno a cómo acabar con los robos nos lleva a la propuesta radical de eliminar la propiedad privada. No habiendo propietarios no habrá ladrones. No sólo eso; se volverían innecesarias las reglamentaciones en torno a la apropiación, la conservación y la transmisión de las fortunas particularizadas, que excluyen a muchos y benefician a unos cuantos. Son injustas, pues tales fortunas provienen del despojo de la fuerza de trabajo de quienes no se benefician de su acumulación privada. Pero levantar banderas de colectivización de bienes suena a una verdadera herejía en sociedades como la nuestra, en donde la libertad de mercado y la sacra propiedad privada campean por sus fueros y no admiten la más mínima restricción. Entonces no lamentemos como plañideras las secuelas que nos generan pervertidos formatos económicos impuestos y aceptados sin chistar.
Pero esta es su parte teórica y fundamentalista. En los hechos visibles se registran en el mundo, como datos cotidianos, conflictos armados productores de muerte y destrucción a pasto, sin que se encuentre una fórmula eficiente que frene daños tan crueles como dolorosos. Contemplamos con cierto sosiego inercial los acontecimientos cruentos que ocurren en Afganistán, Irak o Siria, como si ocurrieran en otro planeta, pues no nos tocan. Nos enteramos de la irritación social que se vive en las favelas brasileñas o en las barriadas caraqueñas, también como si estuvieran en otra galaxia. Pero no podemos fingir demencia cuando “las uvas de la ira”, como las llama Steinbeck, se despliegan ante nuestros ojos y tenemos que lidiar con ellas. Chihuahua, Nuevo León, Tamaulipas, Guerrero, Michoacán no nos son ajenos, no quedan lejos de nuestra mirada, sino que erizan nuestra piel y nos duelen o deben doler, porque se trata de nosotros mismos.
Cada comuna azotada por el flagelo de la ira extrema puede barajar las variables particulares que determinan sus daños concretos. Pero viene siendo obligación de todos hacer el recuento común, pues participamos de uno, de otro o de todos los factores que aparezcan en la ensaladera de comportamiento mórbido. En algunos lados los masacrados son migrantes, que carecen de protección social en su tránsito por nuestros espacios. Los tratamos, en los hechos, como moscas a exterminar o plagas por perseguir. Ni siquiera existe la sensibilidad de visualizarlos como individuos similares a nosotros mismos. A tal grado llega la dureza de nuestro corazón. Los calificamos de ajenos y no nos conduele su desgracia. Malo. No por ellos, sino por nosotros mismos.
En otros casos, para apaciguar nuestra conciencia por los efectos perniciosos de esta miseria, se lanza a los afectados el sambenito del “crimen organizado”, con lo que se enreda todavía más el alambique. Al migrante, que transita por nuestros espacios, no le podemos achacar otro estigma que el de la marginación social en función del desempleo en su lugar de origen y la desesperada huida. Mas para quienes sufren violencia por verse enrolados en actividades calificadas de ilícitas, se levanta la banderola de la condena social. Deberíamos detenernos a reflexionar en serio sobre la dinámica real del proceso que le arrojó a tales parcelas, para tomar en serio tal condena.
En nuestros lares prima la informalidad, el desempleo, la marginación, para efectos de obtención de recursos que faciliten la tarea de seguir vivos. Con eso está claro que estamos metidos en una olla de presión. Antaño hubo vías de escape por las cuales respiraba ésta. Una, muy común, fue el desplazamiento hacia la frontera norte, brincarla y hallar por allá empleos bien remunerados. Pero desde hace una década padecen nuestros vecinos también los mismos males que nos aquejan a nosotros. Ha profundizado la ineficiencia a su economía de forma similar a lo que aquí ocurre y por las mismas razones. Por tal razón, decidieron sellar sus fronteras. Esa vía de escape se ha estrechado y apunta a ser clausurada.
Nuestros excluidos tienen que buscar solución inmediata y por sí mismos a sus problemas, ya que el gobierno y sus instancias se muestran lerdas, romas, torpes en esta tarea. Nuestros muchachos se meten al ejercicio de la prostitución, al tráfico de estupefacientes o de mercancías robadas, al mercado negro, al pirateo, a la estafa, etcétera. Es decir, los ratones atrapados en un callejón sin salida buscan romper los barrotes de la ratonera. ¿La fuerza estatal impedirá que estos prójimos, atrapados en la desesperanza y la hambruna, rompan con las trabas que les atosigan y consigan salir del agujero mortal al que les fue empujando la inercia del atraco establecido y la depredación autorizada? ¿Ésa es su mejor tarea y se la hemos de aplaudir?
Cada vez volvemos al mismo punto. Estamos atrapados, con este problema, en un círculo vicioso. La presencia inocultable de la violencia, por indeseable, nos obliga a plantear el asunto desde su fundamento mismo, que no es otro que esta raíz de codicia y voracidad que nos corroe como especie y a la que estamos obligados a refrenar o extinguir, si es que deseamos no sólo curarnos de tan terrible peste, sino asegurar la conservación de la especie y aún la vida misma en el planeta, a la que estamos amenazando finalmente con nuestra iracundia incontrolada.








