Señor director:
En Proceso 1940, del 5 de enero de 2014, Marta Lamas publicó el artículo Las zapatistas, ayer y hoy (página 47), en el que hace un recuento de los 20 años de la presencia femenina en el movimiento zapatista. El artículo me gustó bastante, aunque me sorprendió que Marta Lamas no supiera que todos los movimientos armados centroamericanos habían contado en las décadas de 1970-80 con el mismo 30% de participación de las mujeres que el EZLN.
Me gustó el artículo porque sentí en él un desplazamiento de la idea de Marta de que el feminismo es lo que ella pregona o no es. Frases abiertas y comprensivas como: “Tener conciencia feminista no requiere conocer la teoría feminista, sino únicamente comprender que estar subordinada o discriminada por ser mujer entraña una injusticia”, me parecieron una demostración de apertura intelectual y activista por parte de una impulsora de escuelas y formas de aprehender un único modo de liberación para las mujeres. Festejé mucho esa frase, de verdad. Liberarse no es sinónimo de empoderarse en el sistema.
Ahora bien, como en muchos otros escritos de Marta, me topé con su idea de liderazgo. Una idea que se ha traducido en su perspectiva feminista en la necesidad de formar y reconocer “líderes” entre las mujeres.
En sí, “líder” es una palabra muy fea. Además, no tiene ninguna relación con lo que pregonan las mujeres y los hombres que participan de todos los órdenes del poder político en el zapatismo (local, municipal y la Junta de Buen Gobierno). Líder, o leader, se traduce al castellano con la palabra “caudillo/a”, de pésima memoria. En el uso corriente del término, define a un/a dirigente o un/a cabecilla, alguien que no necesariamente construye con las y los demás una política de colectividad, sino sólo pretende dirigirla.
Durante todos los años que estuve en diálogo con mujeres de diversos pueblos originarios de México y América Latina que pensaban sus propias formas de liberación feminista, me encontré con que la liberación es una acción o un proceso colectivo que exige el diálogo en igualdad de condiciones. Donde hay alguien que se erige en dirigente, la igualdad de condiciones es negada. El debate entre mujeres es obstaculizado, si no es que impedido, por las decisiones unipersonales de una mujer que se convierte en paladina de una justicia que no es construida entre todas.
Regresando de la Escuelita Zapatista, donde tuve el honor de ser educada en la comunidad de Moisés Gandhi, en el Caracol de Morelia, tengo muy presente la construcción colectiva de las ideas de transformación social desde la autonomía de las propuestas indígenas. Siento que el artículo de Marta Lamas, aunque más abierto al diálogo, todavía está atravesado por esa hegemonía epistémica que tanto se parece al racismo educativo, que pregona que lo pensado por un grupo ilustrado debe ser válido para todos.
En las comunidades de pensamiento con las que pude interactuar en los últimos años, las “feministas” (traducción al castellano de “mujeres que trabajan en y con mujeres para su buena vida”) no se consideran líderes, ni mucho menos pregonarían la necesidad de líderes en sus comunidades. En el zapatismo hay un fuerte trabajo para deshacerse de una vez por todas de caudillos/as y dirigentes, a través de la participación de un 50% de mujeres en todos los niveles de gobierno y de turnos inapelables para que todas y todos los miembros de la sociedad participen en su funcionamiento. Esta actitud política es la traducción práctica del lema “mandar obedeciendo”.
Atentamente
Francesca Gargallo Celentani
Feminista autónoma








