Una insurrección que se mata sola

El surgimiento en Siria de nuevos grupos rebeldes que combaten contra el insurgente EIIS –vinculado con Al Qaeda y el cual ha concitado el odio de la mayoría de los sirios– confunde a los países occidentales, que no acaban de entender la lucha contra la dictadura de Bashar al Assad. Por su parte, este gobernante mantiene su estrategia de arrasar todo lo que huela a oposición y resulta beneficiado con la multitud de miniejércitos guerrilleros que terminan haciéndole el trabajo sucio.

ESTAMBUL.- Reportes confusos empezaron a surgir de Siria la tarde del viernes 3: un grupo rebelde del que no se había escuchado antes, Jaysh al Muyahidín (Ejército de los Muyahidines o combatientes), atacó posiciones de la milicia Estado Islámico de Irak y al Sham (EIIS, formada principalmente por extranjeros).

Era algo que activistas y observadores temían desde hacía meses, ya que el EIIS –el cual ha jurado lealtad a Al Qaeda– es temido y odiado por sus métodos brutales y sus ataques contra la población civil y contra otros grupos de oposición.

Pronto se supo que Jaysh al Muyahidín había sido formado el día anterior con la alianza de ocho grupos armados de Alepo, los cuales difícilmente podrían enfrentar con éxito a su enemigo por separado. El reto pareció ser más serio cuando se supo que guerrilleros bajo otras siglas nuevas, el Frente de los Revolucionarios Sirios (FRS), se sumaron a la ofensiva contra el EIIS.

El FRS, también constituido el día anterior por batallones vistos como “moderados”, semejaba un refrito del Ejército Sirio Libre (ESL, el paraguas débilmente apoyado por las potencias occidentales), que ha perdido sus principales bastiones y es marginado por los grupos rivales, al grado de que el propio EIIS forzó al jefe de esa facción, Salim Idris, a refugiarse en Turquía.

Al finalizar ese viernes, sin embargo, la ofensiva había ganado un tono mucho mayor cuando se supo que estaba realizándose de manera coordinada en varias zonas controladas por la oposición y que en ella también participaba la coalición de milicias más poderosa de la insurrección, el Frente Islámico.

Para el miércoles 8, con un saldo de 270 muertos (incluidos 46 civiles, como reportó el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, OSDH), el EIIS había perdido varias de sus bases en Alepo e Idlib, estaba sitiado en la sede de la gobernación de Raqqa y trataba de reforzarse en esa población trasladando combatientes desde Deir Ezzor.

Un día antes uno de sus portavoces, Abu Mojamed al Adnani, llamó a sus compañeros a “aplastar completamente (a sus enemigos) y matar la conspiración en su cuna”, y en cuanto a los líderes del ESL, exigió “matarlos donde los encuentren, sin dignidad alguna”.

El martes 7 se dio a conocer la liberación, aparentemente como resultado de esos combates, de los reporteros suecos Magnus Falkehed y Niclas Hammarstrom,­ secuestrados por el EIIS en noviembre (también reapareció el reportero turco Bunyamin Aygun, el domingo 5, pero esto fue producto de las gestiones de su gobierno) y de una cincuentena de rehenes del EIIS en Raqqa.

En esa localidad, sin embargo, los yijadistas mantenían un número de prisioneros que podría alcanzar varios centenares. Se estima que en esa y otras plazas podrían tener hasta mil, incluidos varios informadores, como los españoles Marc Marginedas, Javier Espinosa y Ricard García Vilanova.­

El pronóstico no es halagüeño: en Alepo, antes de escapar de un hospital que les servía como base, los miembros del EIIS mataron a sus 37 rehenes. Entre ellos Sultan al Shami, un joven activista que actuaba como vigilante de este corresponsal y otros dos reporteros secuestrados el año pasado.

Esta “guerra civil” dentro de una mayor guerra civil se produce en un momento clave: el miércoles 22 está programado el inicio de una conferencia internacional en Ginebra, destinada a buscar una solución al conflicto. De un lado se sentará el gobierno del presidente Bashar al Assad, pero del otro no se sabe quién podrá representar a una oposición tan dividida ni si querrá asistir.

Occidente está dudando: su favorito, el ESL, se ve cada vez más débil, desunido e ineficaz, mientras crece marcadamente la influencia de Al Qaeda no sólo en Siria sino en los vecinos Irak (donde el mismo viernes 3 el EIIS declaró en las ciudades de Faluya y Ramadi, acabadas de conquistar, la constitución formal de su Estado Islámico, que por ahora incluye la provincia iraquí de Anbar y las zonas que domina en Siria) y en Líbano (donde sus militantes han realizado varios ataques terroristas).

Hay quienes, alarmados por el desarrollo de los extremistas, afirman que lo mejor será aceptar que Assad mantenga el poder.

A los rebeldes sirios (y las potencias regionales que los apoyan: Arabia Saudita, Qatar y Turquía) los aterra pensarse abandonados, una posibilidad cercana después de que en agosto el presidente estadunidense Barack Obama pasó –en tres semanas– de amenazar con un bombardeo de castigo (luego de la matanza con armas químicas perpetrada por el ejército de Assad) a darle legitimidad al gobierno sirio y celebrar un acuerdo con él para la eliminación de su arsenal tóxico.

Para quienes insisten en mantener el apoyo a la revolución siria es vital que ésta se desprenda del estigma de Al Qaeda. Ante la dificultad de explicar una situación tan compleja, grandes medios occidentales, como los de Estados Unidos, han permitido pensar que eso está pasando, que la oposición se desprende de Al Qaeda para sanear su movimiento:

Rebeldes sirios relativamente moderados se imponen sobre extremistas islámicos, tituló Los Angeles Times el domingo 5; Islamistas en Siria se unen a rebeldes laicos para combatir a grupo de Al Qaeda, cabeceó The Wall Street Journal el sábado 4; Rebeldes luchan contra combatientes afiliados a Al Qaeda en Siria, anunció el mismo sábado The Washington Post; Rebeldes sirios quieren que se marchen los combatientes extranjeros, afirmó la página web de CNN también el sábado 4.

Pero no es tan sencillo. Dista mucho de ser una batalla de laicos y moderados contra extremistas. Y Jabhat al Nusra, otra poderosa milicia de Al Qaeda, de hecho parece estar del lado de quienes pelean contra el EIIS.

Segunda revolución

 

A Al Qaeda le crecieron los enanos. Su brazo iraquí, el Estado Islámico de Irak, encabezado por Abu Bakr al Baghdadi, declaró en abril que extendía sus operaciones a Siria, absorbiendo a Jabhat al Nusra (JAN, brazo de Al Qaeda en Siria) y cambiaba su nombre por el de Estado Islámico de Irak y al Sham (la palabra árabe para la región del Levante: Siria, Líbano, Jordania, Palestina e Israel), con el objetivo de crear en todos esos países una nación gobernada por un califa y regida bajo una interpretación extremadamente estricta de la sharia, la ley islámica, que excluye a las mujeres de la vida social y les exige cubrirse totalmente, prohíbe la música, el alcohol y el tabaco e impone castigos brutales, como el corte de manos a los ladrones, la lapidación para los adúlteros y las ejecuciones por decapitación.

Ayman al Zawahiri, quien sustituyó a Osama bin Laden como jefe de Al Qaeda, se dio cuenta de que en los planes de Baghdadi no estaba ponerlo a él –sino a sí mismo– como califa del país proyectado y le envió una carta, difundida el pasado 15 de junio por la cadena Al Jazeera, en la cual desautorizaba la fusión de los dos grupos y nombraba a un emisario para vigilar las relaciones entre ambos.

El EIIS y JAN han seguido funcionado de manera separada. JAN, que incluye a combatientes foráneos pero se ve a sí misma como una organización siria, se ha enfocado en combatir al ejército de Assad. El EIIS, en cambio, es dirigida por un iraquí (Baghdadi) e integrada mayoritariamente por extranjeros y se ha enfocado en avasallar a otros grupos rebeldes e imponer su dominio sobre territorios ya ganados al gobierno.

Sus métodos son brutales: masacres de civiles de otras religiones y sectas o de quienes sus militantes consideran “malos musulmanes”, coches bomba, aprisionamiento de combatientes de otras milicias, torturas, ejecuciones sumarias, castigos inhumanos.­ En noviembre le cortó la cabeza por equivocación a un comandante de un grupo aliado y quiso cerrar el problema con una disculpa: “Comprensión y perdón”, pidió en un comunicado.

Aparentemente la chispa que provocó la ofensiva común contra el EIIS fue el secuestro, tortura y asesinato del doctor Hussein al Suleiman, un comandante de Ahrar al Sham, una de las principales organizaciones del Frente Islámico.

Sin embargo la reciente reorganización de los grupos rebeldes en tres coaliciones (Ejército de los Muyahidines, Frente de los Revolucionarios Sirios y Frente Islámico) y el inicio coordinado de la ofensiva evidencian que hubo planeación.

En una entrevista con Al Jazeera el viernes 3, Hassan Aboud, líder del Frente Islámico, explicó: “El EIIS se niega a reconocer la realidad, rechaza admitir que es simplemente un grupo más. Se niega a acudir a cortes islámicas independientes, ha atacado a muchos otros grupos, robó sus armas, ocupó sus cuarteles y arbitrariamente detuvo a numerosos activistas, periodistas y rebeldes. Ha estado torturando a sus prisioneros. Estas transgresiones se acumularon y la gente se hartó”.

El odio hacia el EIIS es tan amplio que, aunque también forma parte de Al Qaeda, Jabhat al Nusra en lugar de salir en su defensa adoptó una posición ambigua: por un lado pide una tregua y al mismo tiempo culpa al EIIS del problema: “El régimen va a ganar nueva vida justo cuando estaba a punto del colapso”, tuiteó su líder Abu Mojamed al Julani el martes 7 para reclamar un alto el fuego. En un segundo mensaje explicó que “las políticas erróneas” del EIIS habían “jugado un papel clave en alimentar el conflicto”.

En algunos sitios, como Raqqa, sus tropas se han sumado a la ofensiva contra el EIIS.

El entusiasmo entre numerosos activistas es manifiesto y se habla de una “segunda revolución”. Por ejemplo, uno de ellos, Ibrahim al Idelbi, escribió en Facebook el domingo 5: “La revolución ha regresado a su camino verdadero y el sol ha empezado a brillar”.

 

Guerra interminable

 

Esa nueva luz que parece alumbrar a Siria puede no ser exactamente la que quisieran ver los simpatizantes de la revolución en los países occidentales. Una veloz ojeada a los enemigos del EIIS deja claro que no son sólo “moderados” y “seculares” quienes quieren deshacerse de Al Qaeda. De hecho, muchos de ellos son extremistas.

Nadie está atacando a Jabhat al Nusra, el grupo que obedece a Zawahiri, y su actitud lleva a preguntarse si el jefe de Al Qaeda no quisiera poner en su lugar al rebelde Baghdadi. El poderoso Frente Islámico, por otra parte, no se parece a un movimiento democrático, sino lo contrario: en su primera declaración, el pasado 26 de noviembre, anunció que se propone establecer en Siria un “Estado islámico” en el cual no gobiernen representantes electos por el pueblo, sino una shura (consejo de autoridades religiosas), porque “Dios es el soberano”.

El martes 7, en un debate informal entre periodistas que cubren la guerra en Siria los participantes adoptaron una interpretación de la coalición contra el EIIS distinta de la sugerida por los medios en Estados Unidos. La propuso el fotógrafo alemán Daniel Etter: “Si se quiere generalizar, diría que es una alianza temporal entre islamistas comparativamente moderados y fuerzas más seculares contra un grupo de islamistas muy extremos”.

Más allá de la guerra entre rebeldes, la que se lleva contra el régimen sigue alargándose sin fin previsible.

Mientras los insurrectos se matan entre sí, el ejército de Assad lleva a cabo, desde hace tres semanas, una campaña intensificada de castigo aéreo contra la población civil de Alepo y otras zonas, en la que, desde helicópteros, los soldados arrojan barriles cargados de explosivos sobre mercados y lugares transitados. El OSDH calculó el martes 7 que hasta ese día habían matado a unas 600 personas, incluidos al menos 172 niños.

En contraste con el entusiasmo de los jóvenes activistas sirios, Walid al Bunni, veterano luchador por los derechos humanos, escribió en el sitio web All4Syria el viernes 3: “¿Tendremos que esperar hasta el agotamiento completo en una asquerosa guerra sectaria, de manera que los sobrevivientes puedan por fin llegar a la conclusión de que nadie puede ganar esta guerra y de que el fanatismo en ambos lados no trae nada más que muerte, retraso y miseria, y que sólo entonces se den cuenta de que el único tipo de victoria compartida deviene de vivir juntos con apertura y democracia”.