Se conocieron por carta en 1944 y se escribieron por el resto de sus vidas. Se llevaban 32 años. La correspondencia entre Roger Martin du Gard y Albert Camus, ambos Premio Nobel, acaba de ser publicada en septiembre por la legendaria editorial Gallimard para celebrar el centenario del nacimiento del autor de El extranjero. Claude Sicard, exégeta de la obra de Martin du Gard, se dio a la tarea de compilar las cartas, prologarlas y comentarlas. En el epistolario se muestra la afinidad entre ambos escritores franceses en sus convicciones humanistas, la desconfianza para con las ideologías y el dogmatismo, la lucidez desencantada sobre la dureza de su época…
Para don Julio Scherer García, apasionado lector de Martin du Gard y Camus
PARÍS.– El primer contacto personal entre Roger Martin du Gard y Albert Camus se dio el 4 de diciembre de 1944 a iniciativa del autor de Los Thibault.
“Querido Albert Camus –escribió Roger Martin du Gard– (Tenemos suficientes amigos comunes como para tener la libertad de semejante familiaridad, ¿no es cierto?). Permítame presentarle mi solicitud inspirada por la única crítica que puedo hacer a Combat.”
El 23 de diciembre, contestó Camus:
“Querido amigo. Sí, nos conocemos desde hace mucho tiempo. Y sobre todo lo conozco a usted desde hace mucho tiempo.”
Así de sencillo fue el inicio de una amistad delicada y tierna, llena de admiración y respeto recíprocos que duró 14 años, hasta la muerte de Martin du Gard el 22 de agosto de 1958, dos años solamente antes de la desaparición trágica de Camus, el 4 de enero de 1960.
En 1944 Roger Martin du Gard tenía 63 años y Albert Camus escasos 31. El primero era un escritor «consagrado», galardonado con el Premio Nobel en 1937 por su densa obra literaria en la que destacan los once tomos de la famosa saga de Los Thibault.
El segundo era una estrella literaria en ascenso que acababa de publicar El extranjero y El mito de Sísifo.
No se sabe a ciencia cierta cuándo Camus leyó Los Thibault, obra monumental a la que Martin du Gard dedicó 20 años de su vida y cuyo último tomo, Los Thibault: El epílogo, fue publicado en 1940, tres años después de la obtención del Nobel. Pero el profundo interés que le inspiró puede medirse en el texto magistral que escribió en 1957 para el prefacio de las Obras Completas publicadas en la prestigiosa colección de La Pléiade de las ediciones Gallimard. Entre otros comentarios sobre su obra literaria, Camus recalcó:
“Los Thibault finalizan con el diario del médico enfermo y la muerte del protagonista. Una sociedad se apresta a desaparecer junto con él; pero lo que importa es saber lo que un individuo generoso puede trasmitir del mundo antiguo al nuevo. Los grandes desbordamientos de la historia cubren los continentes y los pueblos, luego se retiran y los sobrevivientes sacan la cuenta de lo que falta y lo que perdura.”
Los amigos comunes de ambos eran Jean Paulhan, Marcel Arland y André Malraux, distinguidos integrantes del grupo editorial Gallimard con el que colaboraba el joven autor de El extranjero.
El favor que pedía Martin du Gard en su primera carta a Albert Camus era muy prosaico: el escritor solía recortar y guardar en un fólder los editoriales que Camus publicaba en el diario Combat. Le fascinaban estos escritos. Pero los diseñadores del diario no los sacaban completos en una sola página. Había que buscar el sigue… volver a cortar… Eso complicaba su tarea de archivista. Por lo tanto pedía a Camus que cambiara la diagramación de sus editoriales.
Camus contestó que iba a hacer lo máximo para satisfacerlo y aprovechó la oportunidad para proponerle que colaborara en Combat. No cambió el diseño. Martin du Gard nunca colaboró ahí. Pero una gran amistad acababa de nacer.
Poco conocidos fueron estos lazos fraternos que empezaron siendo epistolares y se consolidaron al filo de los años a lo largo de ricos encuentros, algunos en París y otros en el sur de Francia. Menos conocida fue su correspondencia que Gallimard publicó el pasado mes de septiembre con motivo del centenario del nacimiento de Albert Camus.
Profesor emérito de la Universidad de Toulouse Le Mirail y exégeta de la obra de Roger Martin du Gard, Claude Sicard juntó las cartas que se escribieron, las comentó con suma inteligencia y firmó además el erudito prefacio de ese epistolario.
Según explica el catedrático, a pesar de la gran diferencia de edades ambos escritores tenían mucho en común: compartían las mismas convicciones humanistas, la misma desconfianza visceral para con las ideologías y el dogmatismo, la misma lucidez desencantada sobre la dureza de su época.
Cada vez más solitario, Martin du Gard vivía bastante apartado del mundo intelectual parisino. Alternaba temporadas en su casa de Bellême (Baja Normandía) y otras cerca de Niza. Visitaba poco la capital, pero cada vez que lo hacia contactaba a Camus. Eran legendarias su amargura y su misantropía. Ya no se sentía a tono con su tiempo.
Sicard cita una página de su diario de 1945, en la que comenta su pesadumbre después de haber leído la presentación firmada por Jean-Paul Sartre del primer numero de la revista Los Tiempos Modernos:
“El manifiesto de Sartre me asestó el golpe de gracia… Sentí que una lápida inquietante, helada, implacable, definitiva acababa de caer sobre todo lo que nos gustaba en ese mundo, todo lo que nos brindaba algunas razones de vivir y de querer. Ahora nos siento barridos junto con todo el pasado por ese presente fogoso que se lanza al asalto… No cabe la menor duda de que Sartre es el portavoz de las generaciones que se levantan y entre las que sería vano esperar encontrar lectores que me tengan simpatía. (…) El movimiento que se va esbozando ahora –de manera magistral– muy pronto se volverá general. Se va construyendo un nuevo eslabón que albergará durante un tiempo la verdad de mañana. A nosotros sólo nos toca desaparecer: unos en medio de la reprobación, otros en el olvido.”
Enfatiza Sicard:
“Albert Camus tan lúcido, tan valiente en su combate, va a demostrar a Roger Martin du Gard que la rebeldía en nombre de la libertad y de la justicia no implica dogmatismo ni violencia revolucionaria y que no resulta vergonzoso reinvindicar la tradición de los valores humanistas.”
Admiración mutua
Las cartas que intercambiaron revelan que Camus brilló como un sol en la última década de vida de Martin du Gard, marcada por el fallecimiento de su esposa en 1949 y graves problemas de salud. Camus lo ayudó a salir de su autoexilio, a matizar su escepticismo acerbo y a recobrar su espíritu solidario.
Fue a petición del autor de El extranjero que el ermitaño de Bellême aceptó firmar en 1953 una carta dirigida al embajador de Argentina en París, en la que ambos, junto con François Mauriac, Roger Caillois, André Maurois, Jules Romains y Philippe Soupault denunciaban la detención y el encarcelamiento de Victoria Ocampo por el régimen peronista y exigían su pronta liberación. Nunca Martin du Gard se había comprometido de esa forma.
Un año más tarde, en abril de 1954, los dos escritores intercambiaron mensajes dubitativos sobre la oportunidad de firmar un documento contra la guerra colonial que libraba Francia en Indochina. No cuestionaban la causa pero desconfiaban de las motivaciones de sus autores.
Camus escribió al respecto a Martin du Gard:
“En el fondo todos estos militantes desprecian a los intelectuales. Los utilizan cuando los necesitan, es todo. Pero los agobian de críticas si no se muestran dóciles.”
En 1956, al igual que numerosos intelectuales europeos, ambos protestaron ante el secretario general de las Naciones Unidas por la invasión a Hungría por las tropas soviéticas, y en 1957 firmaron otra carta juntos, esta vez en defensa de estudiantes españoles reprimidos por el franquismo.
Con el curso de los años Roger Martin du Gard se atrevió a confesar a su joven amigo los tormentos que le causaban los achaques de la vejez. En una carta fechada el 22 de julio de 1953 le contó:
“Estoy resentido conmigo mismo porque me cuesta mucho trabajo resignarme a envejecer. Pero la voluntad se va desgastando junto con todo lo demás y ya no me permite domar ese malestar del alma, ese desapego taciturno que padezco en los últimos meses. Nada que hacer contra esa impresión constante de estar fuera de juego, contra ese sentimiento muy profundo (y casi tierno) de que todo eso ya no me concierne. (…) Usted habla muy bien de la ‘desdicha indecible del artista que conoce los caminos del trabajo pero que ya no tiene suficientes fuerzas para emprenderlos’. Bueno, quién sabe… quizás se trata solamente de una depresión momentánea… Ni siquiera me disculpo por esa confesión humillante. Su presencia, en estos tiempos, es reconfortante y estimulante. Le agradezco por tratarme como su amigo.”
Recalca Claude Sicard: “Roger Martin du Gard encuentra en ese clima de amistad fraterna no sólo razones para no ‘rendirse’ sino fuerzas para ‘resistir’”.
Insiste: “Roger Martin du Gard se regenera con la presencia luminosa y llena de energía saludable de Camus. Recobra su sentido del humor”.
El autor de Los Thibault seguía paso a paso la carrera literaria de Camus, leía todo lo que escribía, comentaba en sus cartas cada una de sus nuevas obras. Se entusiasmaba. Sobre el Hombre rebelde exclamó el 16 de diciembre de 1951:
“Salgo de esa primera lectura con mayor apego para usted como hombre, mi querido Camus. ¡Y prodigiosamente enriquecido! Ninguna página que no obligue a meditar, dudar, revisar lo que uno piensa o creía pensar, a considerar los hombres, el mundo, la historia del pensamiento con una mirada nueva. Esfuerzo incomparable para entender nuestro tiempo, para conciliar sus contradicciones; nuestra rebeldía y nuestro deseo de orden; para legitimar nuestro rechazo instintivo de lo absurdo ¡Búsqueda apasionante de un valor superior, sobre el que podamos alinear nuestro comportamiento moral!”.
Sólo Estado de sitio lo dejó más que perplejo. Esa obra teatral que se estrenó el 27 de octubre de 1948 fue un auténtico fracaso. En una carta fechada el 29 de octubre, Martin du Gard explicó elegantemente a Camus que las “vociferaciones de los actores” le habían impedido saborear el texto.
Esa atención constante, inteligente, admirativa sin ser complaciente fue el más hermoso regalo de Roger Martin du Gard a Albert Camus.
Subraya Claude Sicard: “Camus, ese eterno insatisfecho, necesitaba sentirse periódicamente estimulado a ser sí mismo. En octubre de 1945 confió a su Cuaderno: ‘A los treinta años, conoci la fama de la noche a la mañana. No me arrepiento de haber pasado por eso. Quizás más tarde esa fama me hubiera provocado sueños pesados. Ahora sé lo que es. Es muy poca cosa’”.
En una carta del 9 de septiembre de 1947, Martin du Gard buscó convencer a Camus de la importancia de publicar una recopilación de los principales editoriales que había escrito para Combat.
“Al volverlos a leer me maravillé ante su calidad, su sustancia duradera, la diversidad de los grandes temas que usted trata de forma tan defintiva en sólo dos cuartillas y siempre en tono tan atinado…”, insistió.
Respondio Camus el primero de octubre: “Lo que me dice me lleva a reflexionar. Pero aún no me decido. En ese entonces escribí algunas tonterías de las que me arrepiento. También imperaban la febrilidad de estos años terribles, los recuerdos difíciles (la ejecución de mi mejor amigo en Lyon), la impaciencia de convencer. Todas estas cosas amenazan con oscurecer el juicio. ¿Vale la pena despertar todo esto? El país está agobiado hasta la muerte. Es evidente. Generará todavía algunos testigos lúcidos, creo yo. Pero algún día acabará durmiéndose en la servilidad. A menos de que el miedo acabe por curar al mundo. Pero entonces llegará el tiempo de los profetas y los mitos.
“Nada de todo eso es muy alegre, pero aún no he perdido la esperanza. Es la esperanza de toda vida porque es vida, es una obstinación más que una certidumbre. Menos mal que existen en el mundo algunos hombres con los cuales aún se puede hablar. Usted es uno de estos hombres y lo sabe muy bien.”
Fue sólo en 1950 que Camus publicó Crónicas 1944-1948, una selección de sus editoriales de Combat. Martin du Gard regaló un ejemplar del libro a su nieto de 17 años advirtiéndole en una dedicatoria:
“Ninguna voz contemporánea me parece más auténticamente ávida de justicia y de elevacion moral; más razonable y más exaltante a la vez; más digna de ser escuchada, memorizada y meditada.”
Sicard recuerda otra “colaboración” desconocida de Martin du Gard y Camus:
En 1956 éste no lograba encontrar un título adecuado para un denso ensayo que había escrito y reescrito varias veces. El juicio final no lo convencía, Grito tampoco, El espejo menos. Fue el autor de Los Thibault quien sugirió La caída. Camus vaciló un día entero antes de adoptarlo.
El intercambio de cartas se volvió intenso en 1955. Camus estaba escribiendo el prefacio de las Obras completas de Roger Martin du Gard y necesitaba datos, precisiones, fechas.
El 25 de mayo envió el texto terminado a su amigo avisándole que podía ser modificado. Algunos días más tarde Roger Martin du Gard le mandó una primera lista de correcciones. Y otra el 12 de junio.
Ella aparece en una carta larguísima que monopoliza cuatro páginas de Correspondencia 1944-1958 y resulta deliciosa. Cada página consta de dos columnas: en la de la derecha se encuentran las sugerencias de modificaciones que hace Martin du Gard, en la de la izquierda las reacciones de Camus. A lo largo de estas páginas los dos argumentan, regatean, discrepan, defienden su punto de vista y acaban negociando con elegancia.
De Nobel a Nobel
La atribución del Nobel de Literatura a Camus en 1957, justo 20 años después de que Martin du Gard lo recibiera, fue otra oportunidad de acercamiento entre los dos hombres y constituye quizás la parte más comovedora de Correspondencia 1944-1958.
Al enterarse de la noticia Martin du Gard le envió el siguiente telegrama:
USTED ADIVINA MI ALEGRÍA. LAS PALABRAS SON MENSAJERAS INFIELES. LO ABRAZO.
El 26 de octubre contestó Camus:
“La noticia del premio me alcanzó en plena turbación y me hundió en una turbación mayor. Sólo tengo dudas y son palabras como las suyas las que pueden ayudarme a recobrar la confianza.”
Martin du Gard se preocupó. Temió que Camus se echara para atrás. El 9 de noviembre le preguntó en una misiva inquieta:
“Usted irá a Estocolmo, ¿no es cierto? No puede fallar. Va a sentir emociones muy extrañas. Pero el pasado se irá alejando y borrando y quedarán recuerdos inolvidables.”
Respondió Camus el 20 de noviembre:
“No quisiera molestralo pero me encantaría leer su discurso de Estocolmo. ¿Tiene usted una copia disponible? Me invaden dudas y no sé qué tema elegir. Al mismo tiempo esa lectura me permitirá medir qué tan larga debe ser mi intervención.”
Y al final le confió:
“Me siento un poco desorientado y cansado y me gustaria recibir ‘ese favor’ del destino con más generosidad, pero por el momento sólo siento su peso.”
Agregó una posdata: “¿El galardonado no suele regalar una cierta suma de dinero (¿qué tanto?) a una organizacion caritativa sueca? ¿O me equivoco y semejante gesto quizás sería mal visto?”.
Tres días más tarde Martin du Gard le escribió una larguísima carta en la que asumió con alegría y sentido del humor su papel de mentor. Además de enviarle las páginas del diario que había escrito a lo largo de su estadía en Estocolmo, le dio múltiples consejos prácticos: qué cantidad de dinero convenía dejar a una asociación caritativa, la utilidad de depositar “luego luego” el cheque del Nobel en un banco sueco, qué ropa llevarse a Estocolmo.
“A nivel de ropa –como usted lo puede constatar me esfuerzo por no olvidar nada– se necesitan por lo menos cuatro trajes. Uno para el viaje y las salidas diarias; un traje oscuro clásico para las recepciones semiformales; trajes de gala –smoking y frac– para las grandes recepciones y las ceremonias. El frac-chaleco blanco es obligatorio para la Coronación. El smoking es ampliamente suficiente para la cena en la embajada y otras ceremonias semi-oficiales”.
Agregó: “Recuerdo haber sufrido mucho a causa del frío y de un abrigo demasiado ligero… Recuerdo también haber tenido que comprar un par de botitas de hule para proteger mis zapatos de cuero vernis. Es algo muy común allá”.
Luego pasó a temas menos prosaicos:
“El rey de Suecia, que sólo era príncipe heredero cuando lo conocí, es un tipo sencillo, lleno de sentido común y encantador. Era muy natural y me imagino que sigue igual.”
Y finalmente abordó el punto esencial: el discurso.
“Se suelen hacer discursos breves para evitar que los Nobel de química y física ondulatoria aburran a los comensales del banquete oficial con consideraciones abstrusas… Pero a mi juicio un tipo como usted, que en esa oportunidad se dirigirá a un público internacional, debe hacer una declaración importante, sustanciosa, significativa y memorable.
“¡No se equivoque: es exacatmente lo que se espera de usted, no solamente allá en Suecia, sino en Francia y en el mundo! No se olvide que su discurso será traducido y publicado al día siguiente en todos los periódicos escandinavos y después citado en revistas literarias de numerosos países. No es indispensable escribir un largo discurso. Pero eso sí, es deseable que ese discurso tenga un tono grave, confidencial, muy personal, que sea asequible para todos y muy claro. Tiene que responder a las preguntas que muchos se hacen seguramente desde hace un mes: ‘¿Qué hombre es ese Camus y qué opina de los problemas del mundo actual? Sería magistral poder sacarse de la manga, sin demasiada sutileza, alguanas fórmulas impactantes y generales y lograr que ese discurso no tuviera más de cuatro o cinco páginas. ¡Adelante valeroso colega! ¡Es una acrobacia que más que nadie usted puede realizar!”
Último consejo: prever un repertorio de frases breves y oportunas para los brindis tan apreciados en Suecia.
“Los suecos tienen la costumbre de levantarse bajo cualquier pretexto con una copa en mano para alabar al huésped del día. Es prudente tener ese tipo de moneda en el bolsillo para no dejarse agarrar desprevenido”.
Respuesta de Camus el primero de diciembre de 1957:
“¿Cómo agradecerle por estos consejos preciosos? (…) Lo que me dice del discurso Nobel me ayuda pero también me aterroriza. Creo que voy a intentar decir cuál es para mí el papel del escritor. Empecé, rompí lo que había escrito, volví a empezar y siento que voy a rehacerlo todo. ¡Ah! ¡Cómo deseo volver a mi trabajo y al silencio!”
El 5 de enero de 1958, después de la tormenta del Nobel, Camus escribió a su viejo amigo:
“La estadía sueca fue buena. Me sentí en plena forma (el frío seco me conviene) y logré hacer todos mis cambios de trajes respetando la muy sagrada puntualidad sueca. Saludé, hablé, dialogué, diserté, me sonreí, no dejé de sonreír y cuando las cosas no andaban bien, cuando me sentía vacilar, me preguntaba: ‘¿Qué haría Martin du Gard? (Resulta bastante significativo que no me haya preguntado que haría François Mauriac o André Gide (ganadores del Nobel de Literatura en 1947 y 1952, respectivamente). Poco a poco encontraba la respuesta, el gesto, la conducta”.
Esa comunión entre “colegas” del Premio Nobel fue sin duda el último júbilo de Martin du Gard. Muy pronto se agudizaron sus problemas de salud. Falleció meses mas tarde, en pleno verano, el sábado 22 de agosto.
El 23 Albert Camus apuntó en su Cuaderno:
“Muerte de Roger Martin du Gard… Aplacé mi visita a Bellême y de repente… Recuerdo a ese hombre que yo amaba con ternura hablándome de su soledad y de la muerte cuando nos vimos en mayo en Niza. Arrastraba su gran cuerpo pesado y doblado en dos de la mesa al sillón. ¡Y su maravillosa mirada!… Uno podía amarlo, respetarlo… Pesadumbre”.
El 30 de agosto concluyó así el breve homenaje que le rindió en Le Figaro Littéraire:
“La sola existencia de ese hombre incomparable ayudaba a vivir y desde el sábado se ha vuelto un poco más pesado cargar con el mundo”.








