Casi todos los escritores que alcanzan la celebridad –nombre más modesto y contemporáneo para lo que los antiguos llamaban “la gloria”– lo hacen a costa de firmar un pacto fáustico: “Te doy en vida el éxito y la fama a cambio de que, muerto, me entregues tu existencia entera desde lo más público hasta lo más íntimo”.
Hubo un tiempo en que se pensó que la literatura sólo debía juzgarse por sus textos y prescindir de toda referencia biográfica. T. S. Eliot llegó al extremo de prohibir que se escribieran biografías acerca de él y sostuvo que los problemas de su vida no tenían relación alguna con la obra de un escritor. Los biógrafos que infringieron este deseo testamentario muestran que su trabajo, en apariencia tan objetivo y despegado de su autor, es en realidad una confesión desesperada, inexplicable si no conocemos las circunstancias personales e históricas que la hicieron posible.
El bronce y el lodo
A las biografías hagiográficas inspiradas en las vidas de los santos, a las páginas de mármol y de bronce, las reemplazó en el siglo XX la indagación exhaustiva hecha con el lodo primigenio de que está formada toda vida.
Algunos creen que estas grandes tareas de investigación y detección resultan el equivalente culto de los programas, revistas y periódicos que alimentan nuestra curiosidad insaciable por los secretos de las estrellas. Pero la comparación es injusta con estos libros que al comienzo de todo Óscar Wilde definió como “aquellos que añaden un nuevo terror al de la muerte”.
A los l6 años de su primera aparición, no creo superada la biografía Albert Camus, una vida de Olivier Todd, el gran periodista de Le Nouvel Observateur y L´Express que Tusquets Editores ha reimpreso en México en la traducción del incansable y siempre eficaz Mauro Armiño, quien parece haberlo traducido todo, desde Proust hasta Maupassant. En 900 páginas que logran la hazaña de ser a un tiempo críticas y solidarias, para emplear un adjetivo grato a Camus, Todd sigue paso a paso sus 46 años de vida –muerto el 4 de enero de 1960, Camus hubiera cumplido 47 en noviembre– y nos da acceso a casi todo lo que antes de él ignorábamos.
El extranjero
Desde lejos, uno como lector tiende a pensar que los libros se escriben solos y nada sabe de las condiciones adversas en que se volvieron posibles. Sin lo que ha indagado Todd uno jamás repararía en las circunstancias tan contrarias en que se escribieron casi al mismo tiempo tres obras que no han dejado de leerse en los años transcurridos desde su aparición: El extranjero, El mito de Sísifo y Calígula.
El extranjero es el libro que más vende la editorial Gallimard y ha encontrado un público que se renueva con cada generación. Tras varias tentativas fallidas Camus escribe esta novela hoy clásica en pocas semanas de marzo de 1940 en el modesto hotel Du Poirier en Montmartre. Él no llama “novelas” sino récits –es decir, relatos, narraciones– a obras tales como L´Etranger (1942), La peste (1479), La Chute (1956).
Meursault, pseudónimo que Camus había empleado en los periódicos argelinos, es, más que un antihéroe el protagonista absurdo de una historia absurda. Hombre sin cualidades, empleado de oficina, Meursault alcanza una forma de heroísmo por el solo hecho de no querer mentir.
No tiene lugar en el mundo. Francés para los argelinos, argelino para los franceses, pertenece a la más pobre clase media y sin embargo, descendiente de colonos, en la escala social está por encima de los árabes, los verdaderos dueños de esa tierra. Para él, los árabes son apenas sombras amenazantes. No sabe ni siquiera el nombre de aquel a quien mata. Para Meursault se trata simplemente de un árabe. No es su enemigo sino el hermano de una muchacha a la que un conocido suyo, Raymond, ha golpeado y trata de inferirle más humillaciones.
En el juicio que se le sigue, Meursault ni siquiera alega en su defensa que el árabe sacó un cuchillo. La escena clave ocurre en la playa bajo un calor aplastante. Enfrente está el mar, el único tesoro del niño pobre que fue Meursault y también fue Camus. “Crecí en el mar y la pobreza me fue fastuosa”, dirá en un ensayo.
Sobre este incidente sórdido y sombrío, frente a la fragilidad y la vulnerabilidad humanas está toda la luz del mundo. La Tierra como paraíso es también la morada de lo infernal en que nacemos, pasamos y morimos sin dejar huella alguna. Finalmente todos somos extranjeros en un mundo que nos acoge y nos rechaza. Todos tenemos que empujar una roca que al alcanzar la cima rodará cuesta abajo para que reiniciemos la infinita tarea sin sentido.
La guerra de los tanques
Mientras Camus concluye El extranjero la tempestad de la Historia contempla la derrota de la República Española, la invasión de Polonia y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. El Ejército Francés desoyó al coronel De Gaulle que insistía en la necesidad de fabricar tanques para enfrentarse a la agresión futura. Francia confiaba en su Línea Maginot, una cadena de fuertes extendida a lo largo de la frontera alemana. Un gasto inútil que no sirvió de nada.
Hitler atacó por la espalda. Sus divisiones Panzer arrasaron con Holanda y Bélgica. Francia fue derrotada en pocas semanas y en mayo de 1940 el mariscal Pétain, a los 86 años, quiso salvar a su país y no logró sino ponerlo en manos del nazismo. La URSS, esperanza de los pobres del mundo, se unió a Hitler para desmembrar a Polonia. El absurdo histórico, la irracionalidad de la razón, fue la tierra manchada de sangre que sustentó la palabra que Albert Camus añadió a las ideas y al vocabulario del siglo XX.
(JEP)








