A contracorriente de la reforma educativa, el antropólogo Andrés Fábregas denuncia que el modelo mexicano ha fracasado por su racismo, al ignorar las necesidades y la existencia misma de las culturas indígenas y marginar a millones de compatriotas de su proyecto.
El antropólogo Andrés Fábregas Puig tiene una singular manera de abordar los problemas sociales de México, que combina el sarcasmo y la seriedad académica. Pero en todos los tonos deja claro que la educación en México es un desastre y que corona su fracaso con la exclusión de los indígenas.
Una semana antes de su presentación en el Encuentro de Humanistas de la Feria Internacional del Libro (FIL) 2013, al que fue convocado junto con el poeta Javier Sicilia y el analista Luis Porter Galetar, Fábregas relató su experiencia cuando fue al Congreso de la Unión a pedir a los diputados que le asignaran recursos a la Universidad Intercultural de Chiapas, que fundó en 2004:
“Hubo que conseguir los terrenos, comprarlos, ir horas interminables a la Cámara de Diputados en el Distrito Federal para convencer a los diputados de que nos dieran dinero para los edificios. Los primeros planos que se hicieron eran una vergüenza.”
Y es que más que instalaciones universitarias parecían “palapas marisqueras”.
“Bueno, pero si yo no vengo a comer mariscos, les dije… Era el racismo mexicano: eran como palapas porque iban a estudiar allí los indios.
“Entonces me enojé mucho y dije: no acepto esto, tienen que ser edificios dignos, tiene que ser una gran universidad.
‘¡Es que es muy caro lo que usted pide!’, respondieron.
“Y bueno, pues sí es muy caro, pero aunque lo sea: ustedes tienen que hacer un buen edificio, les dije.”
La institución de educación superior se estableció el 1 de diciembre de 2004 y desde su apertura logró lo que ninguna otra ha conseguido: la convivencia de igual a igual entre estudiantes indígenas y mestizos, que se supone no se llevaban bien:
“Se empiezan a dar cuenta de que son jóvenes todos, que todos tienen muchas cosas que aprender unos de otros, y empiezan a surgir grupos mixtos de teatro. Era extraordinario ver una obra hablada en distintos idiomas, con un relator en castellano diciéndonos qué estaba pasando. O los grupos musicales, ese rock indígena impresionante que ha surgido en Chiapas. Ahora hay no sé cuántos conjuntos, pero en aquel momento eran muy pocos.”
En su informe Cuatro años de Educación Superior Intercultural en Chiapas, México, Fábregas Puig destaca que ese estado padece el índice más alto de analfabetismo del país (10%) y 63.6% de la población presenta rezago educativo.
Con todo, señala, en la Universidad Intercultural se puede “disfrutar de la variedad” que aportan las etnias, ya que en la entidad se hablan 13 idiomas con sus dialectos.
“Yo di la clase de introducción a la cultura y tenía alumnos tzotziles, tzeltales, tojolabales y mestizos. Recuerdo que la primera clase fue poner en castellano en el pizarrón la palabra cultura, y escribimos todas las acepciones de cultura. En la que coincidimos todos es en la creación: la cultura es crear vida en los distintos idiomas.”
Durante su participación en la FIL Guadalajara, el antropólogo se refirió a la reforma educativa como un lastre para la nación. Para él, ni siquiera debería existir un documento de esa naturaleza, sino atacar dos problemas fundamentales: la desigualdad que produce la exclusión social y el discurso desde el poder para aculturizar a todos los mexicanos:
“Hay 20 millones de indígenas excluidos. Con esa idea de que los indígenas no aportan a nuestro país, el sistema educativo mexicano les prohíbe a los niños hablar una de las 11 familias lingüísticas y las 300 variantes que hay en México. Hicieron una simulación y crearon la dizque escuela bilingüe e intercultural, y lo único que hacen es castellanizar.”
Violencia cultural
Afirmó que la Universidad Intercultural obtuvo muchos logros, pero que a la llegada de Juan Sabines Gutiérrez al gobierno del estado en 2006 el proyecto prácticamente quedó desmantelado. A él lo destituyeron de la rectoría justo cuando avanzaba en la conformación de una plantilla de profesores.
Dice que nunca supo los motivos de su salida, pero alguien cercano al mandatario le dijo que asociaban su figura con el exgobernador Pablo Salazar Mendiguchía.
“Entonces me sacan –prosigue el exrector– y yo digo que ahí se acabó el proyecto. Quizá se oiga muy soberbio, pero no lo digo yo, sino todos los que conocieron el proyecto, porque fui sustituido por un personal que no conoce absolutamente nada de programas pedagógicos, menos de interculturalidad. Se acabó el programa de aliento a las lenguas que teníamos. La Universidad Intercultural se convirtió en otra cosa, en una más, perdió su prestigio. Ya estaba ubicada internacionalmente, lo sé por las publicaciones.”
A pesar del éxito de la institución en Chiapas, en opinión de Fábregas las universidades interculturales no tendrían razón de existir, sino que todas las escuelas públicas deberían adoptar ese modelo porque la educación es un derecho de todos los mexicanos:
“Sencillamente excluimos a los indígenas del sistema educativo. Es muy notorio, los ignoramos, no existen ni como alumnos ni como pueblos ni como cultura. Fíjense nada más cómo durante años y años todos los premios literarios de este país eran para los escritores mestizos o los de tradición occidental, los indígenas no cuentan o no tienen literatura; según esto, no piensan. Entonces, pienso que todas las universidades deberían adoptar el modelo intercultural. Actualmente los indígenas no llegan ni a 10% de los estudiantes en las universidades públicas del país.”
Fábregas menciona que si se toma en cuenta que los idiomas son sistemas de pensamiento y no sólo de comunicación, la conclusión es que se ha violentado a los indígenas forzándolos a aprender otra lengua:
“Es una barbaridad lo que hemos hecho con los pueblos indígenas, una verdadera violencia lo que viven todos los días. No estoy idealizando nada, los indígenas no son ángeles sino seres humanos, tienen sus virtudes y también sus desvirtudes, pero simplemente los excluimos, no existen y punto.”
En los estudios que realizó en diversas comunidades de Chiapas, Fábregas aplicó el método de investigación denominado “ecología cultural” y concluyó que la destrucción del medio ambiente está ligada a la extinción de culturas. Por ejemplo, señala a los indígenas lacandones: “les cortaron la selva; es una cultura que solamente sabe vivir en la selva y los están transformando ahora en operadores turísticos, y además ridiculizándolos, porque los hacen vestir como lo hacían en la selva para que los turistas crean que están en un ambiente que ya no existe.
“Es falso que exista la selva en Chiapas, ya se acabó, la tiraron toda. Lo único que queda son manchones para que lleguen los turistas, salen los indígenas disfrazados de lacandones, pero como cultura ya no están ahí.”
Explica que la ecología cultural es básica para entender el fenómeno de las mineras trasnacionales, que introducen factores de destrucción en las comunidades. Así, dice, sucedió en el pueblo de San Pedro, en San Luis Potosí: ahí comenzó la minería mexicana y alcanzó niveles importantes de prosperidad, pero una vez explotado su territorio se le abandonó y al final no disfrutó de ningún beneficio permanente.
Lo más grave es que actualmente “las compañías (mineras) canadienses siguen avanzando en el país. En Chiapas hay 95 contratos de estas empresas. Yo decía en una entrevista reciente que nos van a dejar como queso gruyere y luego se van a ir”.
Valores históricos
El afán por estudiar a los pueblos indígenas llevó a Fábregas a romper el paradigma de que la antropología debe limitarse al estudio del mundo indígena:
“Diseñé el proyecto de Los Altos de Jalisco para entender una región que es icónica –relata– y de donde vienen todos los símbolos culturales de México: el tequila como la bebida nacional, la charrería como el deporte nacional, el charro como el prototipo del mexicano.
“Esto me hizo pensar que había que meterse a estudiar esos otros ámbitos. La experiencia de Los Altos fue importantísima por eso, y pude entender mejor a las culturas indígenas incluso porque se pudo establecer el contraste.”
Sobre la coyuntura social y política, opina que tenemos una nueva generación de políticos muy alejados del país, “alucinada con Estados Unidos” y que detestan a los indígenas.
“Los cambios a los que nos llevaron los dos periodos en que gobernó la extrema derecha condujeron a la destrucción de las instituciones, y ahora está difícil rehacerlas”, comenta. Explica así el surgimiento de las autodefensas y el control de territorios por los cárteles del narcotráfico.
“Hace años, cuando era antropólogo de campo nunca me pasó nada –recuerda–; dormía hasta en las banquetas de pueblos campesinos. Sin ninguna preocupación dormí en bancas de iglesias, en escuelas. Hoy incluso el trabajo de campo de los académicos está amenazado, ya no es posible sacar a los alumnos así nada más, o ir a instalarse a una comunidad.”
Tal situación pone en aprietos a la antropología, porque su fuerte es el trabajo de campo etnográfico, y si no se puede hacer existe el riesgo de crear una ciencia especulativa y de intelectualizar el discurso.
Fábregas es uno de los antropólogos mexicanos con mayor producción académica. Por su contribución al conocimiento de la región norte de Jalisco recibirá en marzo de 2014 el premio Tenamaxtle del Centro Universitario del Norte, de la Universidad de Guadalajara.
Al respecto, se dice entusiasmado porque Francisco Tenamaxtle es un personaje que le apasiona y al que le ha dedicado decenas de páginas. Admira sobre todo la tenacidad del líder chichimeca para convencer a una gran cantidad de grupos para detener los conflictos en su etnia.
“Me siento muy halagado, lástima que no lo puedo abrazar, pero lo podemos abrazar en espíritu. El mejor homenaje que le podemos hacer a ese hombre es ser críticos como él lo fue, ser congruentes, vivir la vida como la pensamos y no ser simuladores. Tenamaxtle nos da esa lección”.








