Raquel Tibol y la crítica de arte “Quítate, porque no me dejas ver”

El miércoles 11 el Instituto Nacional de Bellas Artes ofreció un homenaje a Raquel Tibol por su trayectoria en la crítica de arte y para conmemorar sus 90 años de vida, que se cumplieron este sábado. En el acto participaron sus colegas Renato González Mello y Teresa del Conde, miembros del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. El texto del primero fue ligeramente editado para su publicación en estas páginas, debido a que se escribió para leerse en público; el de la maestra es el original que no se leyó.

 

La comunicación entre los intelectuales, el espacio público de la cultura en México, se rige por un protocolo obsequioso, consecuente y casi siempre ajeno a la discrepancia. México, dice The New York Times en un artículo reciente sobre José Clemente Orozco, es un país de besitos en la mejilla. Quien no está de acuerdo con sus pares paga un alto precio frente a ellos –como lo pagó Orozco–. La crítica es vista con recelo. A quien dice que no está de acuerdo le espera el aislamiento.

Ocurre justo lo contrario con Raquel Tibol. Es muy generosa con quienes emprenden el debate con ella. Siempre responde a las críticas, pero simplemente no se ofende, no lo convierte en asunto personal. Al contrario: creo que la discusión misma le gusta mucho. Creo que su ideal hubiera sido un campo de las artes hecho de argumentos radicales. Tal vez ese mundo público que no existió, construido a fuerza de críticas sin cortapisas ni falsas cortesías, hubiera contribuido a conformar el espacio cívico de un país en el que los argumentos hubieran sido importantes. No ha ocurrido así, no en México.  Tenemos una opinión pública en la que hay muchos ataques personales, pero pocos argumentos, radicales o no.

Raquel Tibol compartió con Manuel Marcué, con Julio Scherer y con muchos otros el proyecto de convertir la palabra impresa en el foro político que le faltaba a México, en el espacio de razonamiento que necesitaban los municipios, los ejidos, los sindicatos, las ciudades, las oficinas del poder y los museos. Esa construcción simbólica no le hacía falta al Estado mexicano de la segunda mitad del siglo XX. Quienes necesitaban el espacio público eran los ciudadanos.

Este proyecto define una larga carrera en la prensa intelectual de México. Raquel Tibol tiene un compromiso claro con el mundo de las artes, pero nunca pierde de vista el panorama político actual y sostiene puntos de vista muy vehementes sobre los problemas públicos más importantes del momento. A veces incurre en la sátira, la burla, el chiste, el comentario despiadado. Quizás esto la haya aislado en ocasiones de sus colegas, de los demás que nos interesamos por sus temas.

Pero si estamos aquí celebrando y acompañando a Raquel Tibol es porque diferencias aparte estamos de acuerdo en que los argumentos son importantes, particularmente los argumentos negativos y críticos. Sería prematuro hacer una evaluación de las batallas de Raquel: por ahora siguen desperdigadas en Novedades, Excélsior, Política, Proceso y otros medios.

De los textos que han estado a mi alcance hay dos que me gustan especialmente. Gráficas y neográficas en México1 brinda un panorama que me sigue pareciendo importante sobre la historia de la estampa mexicana en el siglo XX. Le dedica largas páginas, analíticas y muy generosas, a los artistas que, como Carlos Alvarado Lang, no antepusieron sus ideas políticas al ejercicio plástico. Es obvio que a ella la emocionan especialmente los otros artistas: los que sí expresaban un compromiso; pero esto no significa que le negara una mirada llena de generosidad a las prácticas, obras y trayectorias distintas de su propio ideal. Sólo las contradicciones explican la fuerza de la historia; así sea para aclarar lo ocurrido.

Otros textos me gustan mucho, pero creo que pocos tienen tanta importancia como la introducción del catálogo sobre las Escuelas de Pintura al Aire Libre, publicado por el INBA en 1981.2 En 1911, una protesta de estudiantes de pintura se convirtió en una huelga en la que participaron José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Es la historia de unos adolescentes que no pensaron en las consecuencias y pasaron a la acción directa. Se necesitaba sensibilidad política para entenderlos y, a siete décadas de distancia, señalar sus limitaciones. En su crítica de este mito fundador del muralismo mexicano, Raquel Tibol señala que la huelga se resolvió en forma oportunista, mediante un compromiso más que cuestionable con el régimen de Victoriano Huerta. Se trata de un estudio tenso y con la penetración de un columnista político experimentado. Uno tiene la impresión de que está leyendo el periódico de la mañana, y hasta dan ganas de mandar una carta a la redacción –o mandar un tuit– para protestar.

Los historiadores tenemos con Raquel Tibol una deuda importante por sus recopilaciones de documentos de Siqueiros y Rivera. Tarea difícil, por la profusión de documentos que produjeron ambos artistas, pero que fue crucial para mantener viva la reflexión sobre los dos durante los años en que, por distintas circunstancias, sus archivos no fueron del todo accesibles. Otro tanto puede decirse de su edición de los Cuadernos de José Clemente Orozco.

Hace poco, durante la presentación de un libro, Raquel Tibol nos hizo el siguiente comentario: “Ustedes lo que deberían hacer es volver a escribirlo todo desde el principio”.  Es una opinión que tiene mucho de autorretrato. A los profesores universitarios nos gusta pensar que nuestros textos tienen un carácter permanente. Raquel Tibol, con los pies en el ejercicio del periodismo comprometido, denuncia esto como una ilusión. Por fortuna, escribir es una actividad sisífica: siempre hay que volver a empezar. Es un error pensar que uno ya llegó al texto ideal. Nadie va a decir la última palabra. Todo cambia en el mundo, y la palabra escrita no debe confundirse con las tablas de la ley. Lo que acaba de publicarse debe ser superado cuanto antes. Voltear hacia atrás está prohibido. Aunque se acabaron las utopías, el pasado sigue siendo un paisaje en ruinas. El compromiso es con el presente.

Hace poco, en la sala de un museo, Raquel Tibol se encontró con uno de los muy pocos, poquísimos cuadros de los años treinta que no conocía. Obviamente quería verlo de cerca, pero había una señora de pie, interponiéndose entre su mirada y la obra de arte. Era una señora muy desconsiderada, porque no estaba mirando el cuadro, sino chateando en un teléfono celular. Cuando ya todos nos habíamos fastidiado, Raquel levantó su bastón y le dijo: “A ver, mi reina, quítate porque no me dejas ver”. Creo que esto es lo que le hubiera gustado decirle a todos, a los malos funcionarios (pero también a los buenos funcionarios): “quítate porque no me dejas ver”; a los curadores vanidosos, a los críticos triviales, a los artistas sin autocrítica, a los políticos autoritarios, a los coleccionistas descuidados; también a los que estamos aquí sentados y a Siqueiros mismo: “quítate, porque no me dejas ver”.

Es el compromiso de la crítica: quitar los estorbos, despejar el panorama, aclarar la mirada.

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1. Tibol, Raquel. Gráficas y neográficass en México. Secretaría de Educación Pública / Universidad Nacional Autónoma de
México, 1987.

2. Homenaje al movimiento de escuelas de pintura al aire libre: Museo del Palacio de Bellas Artes, Sala Nacional/Sala Internacional, Sala Diego Rivera, octubre/noviembre 1981. Instituto Nacional de Bellas Artes, Dirección de Artes Plásticas, México,1981.