Pasamos días turbulentos. No podemos distraer la atención de la gran traición que están perpetrando, ante la vista de todos nosotros, los así llamados legisladores. Están abriendo a las petroleras trasnacionales la puerta, que había cerrado la nación con don Lázaro Cárdenas a la cabeza, para que ocurran de nuevo a saquear un patrimonio que aún nos pertenece. Deberíamos meter en la resistencia toda nuestra energía e inteligencia para impedir el atraco. Pero nos vemos somnolientos y aletargados, como si fuera mero cuento de mentes calenturientas que por doquier ven moros con tranchete.
Obliga preguntarse la razón de tal indolencia. Unos culpan en directo al cencerro televisivo, que no ceja en su tarea de enajenación de las masas. No dejan de tener razón. Muchos medios nos mantienen distraídos con la frivolidad, el futbol y la farándula. Hay quien todavía remite la fuente de nuestras desidias a lo que Marx llamó el opio del pueblo, la religión. Como la estructura mental mexicana está armada a partir de esquemas católicos, dicen, rematamos en resignación y agachonería, así recibamos el peor de los ultrajes. Si fuéramos de idiosincrasia islámica o taoísta, las cosas fueran diferentes. No es tan simple dilucidar estos puntos.
Pero la teoría que más falla en el punto de explicar nuestra abulia colectiva es la que le atribuye este producto a nuestras supuestas deficiencias raciales. Nuestro barro fue amasado con compuestos degenerados de gachupín (sic) y de indio (resic). Ahí encontramos el origen de todas nuestras miserias. A pesar de que esta salida es hilarante, no deja de tener seguidores y a fe que numerosos. Urge que entendamos y conozcamos la razón de la pachorra colectiva en la tarea de impedir que nos arrebaten los tesoros de las manos. Pero el regusto por despotricar de lo propio y bocetarlo con pésimos pinceles, es la peor de las explicaciones. De tales mamotretos explicativos proviene el canibalismo y menosprecio con que solemos vituperarnos. Es una especie de deporte nacional que encuentra el aplauso fácil de mentes superficiales.
No va por ahí el cuento. Generarle al ofendido un tipo de opinión que redunde en bajarle su autoestima, sólo le facilita la tarea al agresor. Es formato ajeno, no genuino, con el que siempre nos han vapuleado para minar nuestras defensas. En el caso concreto del sobajamiento de la personalidad colectiva del mexicano hay una larga literatura que difunde por un lado nuestras supuestas debilidades atávicas y por el otro llena planas de jeremiadas de autoconmiseración. Aceptar o dar por buenas las razones de lo primero redunda como producto natural en tales actitudes de humillación e ignominia. Si se logra que el discurso de la inferioridad racial se asuma e integre a quien va a ser despojado de sus bienes, el pueblo por despojar ya está en desventaja en la lisa de la defensa de sí mismo y de la circunstancia que lo integra, si es que acaso tiene los arrestos para enfrentar la desgracia que le amenaza.
La propaganda sobre nuestra inferioridad o de plano de nuestra nulidad política, no proviene de análisis objetivos de nuestra realidad, sino de discursos interesados y externos, para minar nuestra posible resistencia. Los colonialistas saben emplearlo y hasta abusan de su instrumentación para someter a los pueblos que embaten. Es avieso el cencerro persistente que nos repite el sonsonete de nuestra no funcionalidad, mala operatividad, deficiencia administrativa, desaprovechamiento sustancial y más hierbas. Boruca y aturdimiento, que no paran, sin que se aporten datos puntuales y probatorios de tales dichos. Lo que importa es escaldar la atención y terminar justificando los atracos, el despojo, dizque para mejorar el cuadro que, con toda la insidia del mundo, muestran apabullado.
Lo peor que puede ocurrirle a un pueblo por despojar, como nos está ocurriendo en el presente, es que los ladrones de fuera, o colonialistas, encuentrens aquí tipos rastreros que le hagan la talacha, es decir mexicanos colonizados. Desde antaño nuestro pueblo los identifica. Los ha calificado antes con nombres sonoros que los encueran: vendepatrias, malinchistas, antimexicanos, testaferros, apátridas, prestanombres, esquiroles, proyanquis… Es la clásica antipatria que se mantenía calladita y a la sombra, pero a la que nunca lograron sepultar nuestros abuelos, por más luchas que dieron en el pasado para cercenar su mala influencia en nuestra vida pública.
Esa tal antipatria da la gran sorpresa de reaparecer vivita y coleando, encarnada en los partidos del PRI y del PAN. Aprueban la “reforma energética” que no es otra cosa que la entrega de nuestros recursos estratégicos más fundamentales, los últimos que nos quedaban, a los tiburones trasnacionales. Hay una gran paradoja en su actuar doloso. Están poniendo en la picota la fuente de ingresos de la economía nacional, de la que medran. Es decir: están matando la gallina de los huevos de oro. Pero en su baile irresponsable y pernicioso nos están empujando a todos al precipicio. Suponen que, como buenos gerentes serviles de los tiburones financieros mundiales, éstos siempre les van a tratar como a niñas bonitas. Mas alguien tiene que ilustrarles, para que lo sepan, que la historia está plagada de episodios donde el pago final a los judas termina en el cadalso.
Por lo pronto nuestros colonizados autóctonos están envalentonados porque los corporativos y banqueros extranjeros, a quienes rinden pleitesía y obedecen sin chistar, les pagan con cátedras en Harvard, con posiciones en sus organismos de control, como la OCDE, el BID, el FMI, el BM, y hasta los están incluyendo como cómplices en las nóminas de las petroleras que van a beneficiar. Esta grey perversa de defraudadores a gran escala les va a estar pavimentando a estos vendepatrias la vía para que lleguen, en la colonia ya sometida, a los puestos del poder y lo conserven.
Pero desde tiempos inmemoriales sabemos que en algún momento los pueblos deciden marcar el alto a tanta infamia y ordenan el caos generado por la explotación y la vileza con que son sometidos. Los pueblos sacan de sus viejos galpones las armas de la dignidad y ejercen su derecho inalienable a disentir. Entonces ya no se andan con contemplaciones ni leguleyadas. Limpian los establos de Augías en que los habían convertido los agiotistas, los codiciosos y sus agoreros. Parece que ya es la etapa que sigue. Habrá que empezar a construir las condiciones para otra nueva emancipación que nos recupere el patrimonio nacional y retorne a los hogares mexicanos la vida digna. El colonizador festina con aires de conquista. Sus aliados internos, nuestros traidores colonizados, se desplazan como cubiertos de gloria. Ni unos ni otros reparan en que le han picado la cresta al furor popular. Los campos de la batalla futura se deslindan claramente.








