Estoy consciente de que Octavio Cavalli ha investigado ampliamente cada aspecto en el crimen de John Lennon para su vasto libro Bendito Lennon y por alguna serie de razones, sus conclusiones desestiman en buena medida la creencia general de que Mark Chapman fue un “asesino solitario”.
Entre las cuestiones destacadas por Cavalli está la presencia en la escena del crimen de José Joaquín Sanjeanis Perdomo, portero del edificio Dakota y exiliado cubano anticastrista que había sido agente de la CIA, de acuerdo a un tal Salvador Astucia, pseudónimo utilizado por un teórico de las conspiraciones, a la par que niega la existencia del Holocausto (y denuncia a los judíos de ser una fuerza sionista aliada del FBI en Repensando el asesinato de Lennon. La guerra del FBI a las estrellas del rock, 2006).
Astucia afirma, entre muchas otras cosas demasiado extensas como para abundar sobre ellas aquí, que yo soy un supervillano fundamentalista del sionismo y que como jefe de una red de espionaje en la CIA fue quien ordenó el asesinato de Lennon, ante lo cual habría que refrescarle la memoria (y de paso a todos los del movimiento anti-bélico), y acusar luego a la CIA de haberme pagado para que yo escribiera mi biografía Nowhere Man sobre los años de Lennon en Nueva York.
Dice además de que junto con otro judío, Edward Teller, el llamado Padre de la Bomba de Hidrógeno, y con Ronald Reagan, yo sentía que Lennon debía morir (y su memoria divaga), con el propósito de que los Estados Unidos pudiesen proseguir con la Guerra de las galaxias fomentando su defensa contra los misiles.
El mero hecho de que Astucia continúe vivo ya es una prueba fehaciente de que sus teorías son absurdas. Porque si hubiera algo de cierto en lo que dice, un verdadero súpervillano al frente de una red de espionaje ya lo hubiera silenciado a él desde hace 10 años, cuando comenzó a postear estos rollos online. No sé si el tal Salvador Astucia diga esas ondas porque las cree, o para provocar y llamar la atención. De entrada, yo tiendo a no hacerle caso en nada de lo que él o cualquier otro diga, desde el momento en que niegan la existencia del Holocausto.
Que Cavalli hallase un hilillo de verdad en los exabruptos demenciales de Astucia resulta atribuible a la tenacidad de Cavalli y a sus habilidades como investigador. De ahí que yo mismo le otorgue a Astucia el mérito absoluto de incluirme como el “número dos” para la lista denominada “Las tres teorías directrices en la conspiración que asesinó a John Lennon”, haciendo trío con J. D. Salinger y Stephen King, su otro par de sospechosos.
He tardado 50 años reflexionando acerca del homicidio de John F. Kennedy y la conclusión oficial de que Oswald lo ejecutó me parece muy poco satisfactoria. Sin embargo, no creo que Lennon fue víctima de un complot. Considero a Mark Chapman un lunático solitario, y pienso que si Yoko Ono creyera que el homicida de Lennon o alguno de sus cómplices anduviesen libres, ella ya hubiese emprendido una averiguación privada (para cuidar de su propia seguridad). Ella no ha hecho nada por el estilo.
Pienso que la mayoría de las teorías en torno a que hubo una conspiración (por ejemplo, aquella sobre los denominados Candidatos Manchuria) están basadas en escenarios tan complejos, que resultarían prácticamente imposibles de ser llevadas a cabo. Mi entendimiento sobre la psicología en el trasfondo de las teorías de las conspiraciones es que algunas personas no consiguen aceptar el horror de que ciertos acontecimientos, como es el caso de un asesinato, sean asuntos completamente carentes de sentido y que pueden sucederle a cualquier persona. Por lo tanto, necesitan inventarse un cuento de hadas más allá de toda evidencia racional, para tener un sentimiento de control indicándoles que eso no les podría pasar a ellos.
De ahí el porqué Astucia sea el único pseudollamado “periodista” al cual le he negado la palabra. No le importa lo que yo diga, él siempre va a usar alguna “prueba” de que yo soy agente de la CIA y mandé matar a Lennon. Astucia se alegraría al saber que yo araño la idea de dedicarle una reciente novela que acabo de terminar, Bobby en Nazilandia, de un chavo que creció durante los cincuentas y principios de los sesenta en Brooklyn, junto con los sobrevivientes del Holocausto y los veteranos de la Segunda Guerra Mundial que lucharon contra Hitler.
No obstante, me doy cuenta de algo que efectivamente existe en relación con las teorías del complot contra Lennon y es que provienen de los esfuerzos infructuosos de Yoko para meterme a la cárcel, así como de la oficina del abogado del Distrito en Nueva York y también del redactor de Playboy G. Barry Golson.
Ellos me señalan por cometer delitos de conspiración criminal mientras yo no les firme un documento donde estipule que ya no escribiré nunca más sobre los diarios de Lennon, cosa que iría en contra de mis derechos garantizados por la Primera Enmienda constitucional de mi país.
El libelo que Golson redactó en marzo de 1984 para Playboy fue la raíz de todas las teorías de una conspiración sobre Lennon, en cuanto a mí concierne. El tipo tomó un comentario de mis diarios (que Yoko le había proporcionado), donde yo la mencionaba como bastante habilidosa para explotar el legado de Lennon y me citaba textualmente: Muerto Lennon = MUCHOS$$$$$$, retratándome como conspirador socavando el cadáver de Lennon.
Hacia 1982 era yo un free lance grisón que haría estallar una historia sensacional y equivalente al “Watergate del rock” con Nowhere Man. Por eso me tardé 18 años en sacar lo que yo había leído de los diarios de Lennon. A los ojos de los medios vanguardistas de cualquier país, resultaría simplemente inaceptable que siendo yo un periodista salido de la nada iba a entregar “el reportaje de la década”. Incluso, lo que aprendí de aquellos diarios fluyó a contracorriente del mito que Yoko ha determinado perpetuar y consiste en que el John de sus últimos días era un feliz amo de casa y esposo ejemplar que se la pasaba horneando panes. Así que ella manipuló a la prensa y ejerció su influencia política para intentar detener mi escritura.
El mensaje, entonces, que yo daría a los estudiantes mexicanos de periodismo es que poseer el poder no basta para acallar las grandes verdades. Uno debe estar preparado para luchar durante años, si no es que por décadas, para que sus mejores reportajes sacudan a las masas, especialmente cuando a menudo sea un periodismo que afecte intereses de los poderosos o de las instituciones. Cualquiera que considerase investigar las teorías de asesinatos por complot, debe darse cuenta de que anda sobre aguas pantanosas de las que tal vez no halle la salida. Porque aún si lograra salvarse, emergería de allí con un saco repleto de soluciones a medias, sombras, sospechas y un montón de intrigas mayores de las respuestas que uno empuñaba cuando cayó en el fango.
En cuanto a Mark Chapman, sigo pensando que es un desequilibrado mental y posiblemente un psicópata quien actuó solo, motivado por la envidia y un afán de fama al creer que por liquidar a Lennon (a quien consideraba un hipócrita), literalmente iba a desaparecer por entre las páginas de la novela de Salinger The Catcher in the Rye y se convertiría en “el guardián del centeno” para su generación. Espero aún la prueba definitiva donde se me refute que no es así.
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* Periodista de Vanity Fair, escribió este artículo a solicitud de Proceso. Autor de Nowhere Man (Grijalbo, 2003) sobre los diarios escritos por el artista en sus años finales, robados en 1981 del edificio Dakota por su amigo Fred Seaman, asistente de John y Yoko, para que Rosen los fotocopiara.








