Para escribir su libro El policía –en el que retrata a quien quizá sea el mayor represor y torturador de disidentes, sobre todo comunistas mexicanos: Miguel Nazar Haro–, Rafael Rodríguez Castañeda se metió en la mente de su personaje, quien recibió lecciones de contrainsurgencia en la legendaria Escuela de Las Américas, en Panamá, para representar su papel.
El libro de Rodríguez Castañeda, director de Proceso, se presentó el pasado 30 de noviembre en el salón Elías Nandino de Expo Guadalajara, en el marco de la XXVII Feria Internacional del Libro (FIL) y ante una nutrida concurrencia, el autor narró la fórmula que utilizó para entender a Nazar Haro, quien, dijo, sometía a una sistemática tortura física y psíquica a quienes capturaba.
Autor de El asesinato de Orlando Letelier, Prensa vendida, Operación Telmex. Contacto en el poder, y coordinador de libros de los reporteros de Proceso, Rodríguez Castañeda expuso que, pese a los múltiples delitos en los que estuvo implicado –incluida la desaparición de Jesús Piedra Ibarra, hijo de Rosario Ibarra de Piedra, por el que incluso fue enjuiciado en Monterrey–, el policía Nazar Haro murió exonerado y en su casa. “Seguramente protegido por los santos óleos”.
Pero eso sólo sucede en un país como México, en donde impera la impunidad. Por eso pasa lo que pasa, porque el abuso del poder no tiene castigo, no tiene consecuencias que hagan punible ese abuso.
En la presentación de El policía, editado por Grijalbo, llevada a modo de un diálogo con Fabrizio Mejía, Rodríguez Castañeda destacó que Nazar Haro llegó a ser uno de los hombres de mayor confianza de la CIA y del FBI, pero que era intocable por todo lo que sabía.
No obstante, la impunidad con la que se movía le hizo terminar su carrera como policía –fue subdirector y luego director de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) bajo los mandos directos de Fernando Gutiérrez Barrios y de Javier García Paniagua–, cuando fue despedido por la compraventa de autos robados en Estados Unidos que luego utilizaba la DFS para delinquir y detener gente.
Se recordó en la mesa que Nazar se convirtió en prófugo de la justicia de Estados Unidos, pero ni allá ni aquí fue perseguido.
Nazar fue el prototipo reflejo de sus jefes, Gutiérrez Barrios y García Paniagua, subrayó Rafael Rodríguez Castañeda.
También expuso que fue un policía nato que, contrario a personajes como Gutiérrez Barrios, García Paniagua y José Antonio Zorrilla Pérez –quien fue acusado y procesado por la muerte del columnista Manuel Buendía en mayo de 1985–, nunca aspiró a puestos públicos.
Y recordó la máxima del mismo Nazar, quien solía citar: “Cuando está de por medio la seguridad del Estado, no hay constituciones ni leyes que valgan una chingada”.
Fabrizio Mejía y el propio Rodríguez Castañeda coincidieron en lamentar que en México no suceda lo que sí ha ocurrido en Argentina, por ejemplo, donde los responsables de la guerra sucia sí han sido enjuiciados, mientras que en México –donde la guerra sucia tuvo su mayor auge entre finales de los sesenta, los setenta y principios de los ochenta– nada de eso ocurre, salvo la prisión domiciliaria al expresidente Luis Echeverría. Salvo ese caso, dijeron, los demás responsables han salido bien librados.
El policía, dijeron los expositores, es un libro de lectura fácil, hecho a manera de guión de cine. Es un testimonio de la guerra sucia mexicana en donde uno de sus principales protagonistas, después de Echeverría y otros funcionarios citados, fue nada menos que Nazar Haro.








