Lamenta que no se exhiba a Israel en el contexto de la FIL

Señor director: 

 

El conflicto israelí-palestino constituye a principios del siglo XXI el paradigma de la “politización del perdón”, de la “humanización” de conflictos étnicos, de la instrumentalización de la cultura para “resolver” confrontaciones, pacificar la violencia, restituir el tejido social, etcétera, mientras Gaza y Cisjordania son laboratorios de tecnologías de guerra, de urbicidio sistemático, de control de protestas y de seguridad, las cuales Israel exporta al resto del mundo –incluyendo a México.

México e Israel tienen en común un récord de violaciones de derechos humanos que permanecen impunes; las de Israel incluyen despojo, expulsión, opresión, bloqueo, tiranía de la incertidumbre, saqueo de tierras y recursos vitales, presión psicológica, vigilancia, control continuo del pueblo palestino. Aunado al interminable y fútil proceso de paz, la impunidad israelí se debe a la excepcionalidad por la que cabildea el Estado de Israel a lo largo y ancho del mundo.

Para hacer otra analogía entre México e Israel, se pueden mencionar dos incidentes ocurridos recientemente, dignos de cualquier estado de apartheid: la expulsión de una joven indígena estudiante de doctorado de una panadería francesa en San Cristóbal, Chiapas –por confundirla con una vendedora ambulante–, y el haber impedido que siete indígenas oaxaqueños abordaran un vuelo nacional en Aeroméxico.

Tomando estos paralelismos en cuenta, tiene mucha lógica que el gobierno mexicano agasaje a Israel como invitado especial de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara. Y si consideramos que Shimon Peres encabeza una legión de representantes de corporaciones israelíes (80) para un encuentro de negocios Israel-México, la feria se revela descaradamente como parte de un engranaje diplomático dirigido a reafirmar lazos entre ambos países.

La visita de la delegación de empresarios israelíes incluyó una audiencia con Enrique Peña Nieto y Carlos Slim, para presentar posibilidades de cooperación en los campos de la seguridad, tecnología militar (drones), internet, comunicación, sistemas bancarios, agua y energía. Con esta visita –amén de concretar lazos de negocios–, Israel busca darse a conocer como un país de tecnología, de emprendimiento, y mostrarse más allá del conflicto de Oriente Medio.

En este contexto, queda claro que el enfoque cultural juega un papel importante. Pero al contrario de lo que ocurre en otras partes del mundo, las protestas contra la presencia de Israel en la FIL –para denunciar du destrucción paulatina de los palestinos, sus políticas expansionistas y coloniales– han pasado casi desapercibidas. La gran mayoría de los letrados mexicanos, siguiendo la línea oficial, optaron por ignorar el conflicto de Medio Oriente que mantiene Israel y sacar provecho de los encuentros, enlaces, contratos, pláticas y demás atractivos que ofrece la FIL.

La “cultura” se ha convertido en un conjunto de discursos que terminan siempre del lado del poder y el capital; desde este campo, presionar para que “se haga lo correcto” y “se diga la verdad” evidencia que el sistema está roto, que los procesos políticos no están en manos de la gente, sino en las de unos cuantos.

Y aunque por lo menos unos cuantos pensadores mexicanos emitieron un comunicado que no ha tenido mayor trascendencia, los representantes de la clase política y financiera de Israel y México ya no sienten la necesidad de justificar lo que hacen para generar ganancias. En consecuencia, la cultura es el apéndice de una cumbre de empresarios que representan intereses de la oligarquía con trascendencia global. ¿Dónde está el llamado a boicot?

Atentamente

Irmgard Emmelhainz