Las últimas corridas, tocadas por la mediocridad

Apenas van seis festejos de la temporada 2013-14 en la Plaza México y el panorama pinta mal. Los empresarios, ganaderos y promotores parecen interesarse más en importar figuras que en producirlas en el país, de ahí que, en estos tiempos de neoliberalismo taurino, las corridas resulten tediosas y carentes de lucimiento artístico por parte de los matadores debido a la mansedumbre de las reses.

 

Con esto de la transparencia digitalizada como fuente de conocimiento y prosperidad tampoco los taurinos saben si van o vienen, no obstante una tradición de 487 años en nuestro país y que de cuatro décadas para acá la fiesta brava acusa los efectos de un neoliberalismo taurino al que le resultó más práctico autorregularse que observar el reglamento, aprovechando la negligencia de las autoridades –escoja partido político– para cumplir y hacer cumplir la normativa de una expresión con fuerte contenido cultural, identitario, económico y político.

A este mal disimulado secuestro de otra práctica política y culturalmente incorrecta, según los dictados del pensamiento único emitidos desde los centros de poder, se añade un concepto de negocio y un ejercicio empresarial opaco por parte de algunos de los mexicanos más ricos del  mundo, ejercicio que no tardó en comprobar que, si no más barato, por lo menos resultaba más cómodo importar figuras de los ruedos que producirlas en el país.

Los efectos de esta sudamericanización taurina no se hicieron esperar y la dependencia de México con respecto a España ha aumentado también en este ámbito, hasta reducir el interés del público a dos o tres apellidos, con el consiguiente desposicionamiento de los toros entre opciones de espectáculo.

Pero el problema rebasa la poca u ocasional afluencia de espectadores a los cosos para permear a todo el sistema taurino, erosionando los criterios de empresarios, ganaderos, toreros, autoridades, medios y asistentes, hasta convertir la añeja y otrora apasionante práctica en función predecible y vistosa, en el mejor de los casos, o en costoso tedio sin proporción entre lo que se cobra y lo que se recibe, en el peor.

La ausencia de revistas especializadas y de libros sobre el tema reduce las posibilidades de información y formación del público a unas cuantas secciones de periódicos, amables emisiones  televisivas, algunos programas de radio y portales en Internet, lo que da como resultado un espectador acrítico y unos actores abusivos, habida cuenta de que nadie quiere torear bravura con edad y ningún ganadero se anima a criarla porque ningún empresario la paga, al tiempo que las autoridades de la Delegación Benito Juárez aprueban por sistema lo que adquiere la empresa, mientras que los públicos, a decir de un ganadero, “ya no distinguen entre un toro de lidia y una burra preñada”.

Con todo, en los primeros seis festejos de la temporada 2013-14 celebrados en la Plaza México, los asistentes protestaron ruidosamente la pobre presencia de algunas de las reses, obligando al juez en turno a devolver lo que el nulo respaldo delegacional días antes le hizo aprobar. Algo que no protesta el público e incluso agradece es el toro de regalo, recurso ventajista convertido en auténtica calamidad que hace de las corridas desalmadas funciones de casi cuatro horas, con escasos resultados artísticos pues la mansedumbre prevalece en la mayoría de las reses lidiadas.

En descargo de varios de nuestros toreros la tradicional falta de apoderados en México y la pobre coordinación entre el duopolio, lo que se traduce en escaso rodaje, habida cuenta de que no se foguean toreando sino haciendo antesala en las oficinas de las empresas. Los coletas modestos, pues tragan con ganado más hecho, en tanto que las figuras importadas se atragantan de comodidad con las reses anovilladas que exigen –embistan o no–, en la capital y en los estados, con la anuencia del aparato taurino, incluidos los adinerados promotores que pagan sin mandar, complacidos con su colonizado concepto: el toro joven y manso, para que los importados toreen bonito.

 

Sosería y temperamentos

 

En la cuarta corrida del serial –primera sólo con diestros mexicanos– hicieron el paseíllo Arturo Macías (31 años, ocho de alternativa, 44 corridas este año y primero en el escalafón), Fermín Rivera (25, ocho y 32 tardes) y Juan Pablo Sánchez (21 años, tres de matador, 27 festejos en México y uno en España) ante un encierro de Marrón que, para variar, resultó manso de solemnidad, con el puyazo de trámite y deslucidos en el último tercio. Pero la primera sorpresa fue que no obstante la exitosa trayectoria de los alternantes la combinación no llevó gente a la plaza.

Macías, que en este escenario ha salido a hombros en siete ocasiones, carismático, animoso y bullidor, sin ocultar en su tauromaquia y forma de estoquear asomos de neocavacismo y con repetidos triunfos en provincia, ejecutando gaoneras de mano alta como casi todos los toreros actuales, parece apuntar hacia un toreo acelerado y efectista. Obsequió o le obsequiaron un toro de Marrón, manso y pasador, con el que logró salir al tercio.

De elevada estatura, con un toreo muy serio y sólidas bases, Fermín Rivera, sobrino de Curro y nieto del maestro potosino, aún no logra superar un ensimismamiento que le impide conectar mejor con el público, fue ovacionado en su primero y nada pudo hacer con la sosería de su segundo, no obstante su trasteo machacón, “rogándole” algunas embestidas.

Y Juan Pablo Sánchez, poseedor de un temple privilegiado, al que algunos le objetan que arquee el brazo en los muletazos cuando precisamente lo hace para darles dimensión y hondura, se vio parco en las series con la diestra a su primero, el de más movilidad, perdiendo con la espada una posible oreja. Atenido a su temple, le falta dar el do de pecho y sorprendido tuvo que pechar con un manso de regalo, ahora de Campo Real.

Aprovechando el puente del 18 de noviembre, la empresa anunció a dos toreros nacionales con poco rodaje y al rejoneador español Leonardo Hernández (26 años, 7 de matador, 23 corridas en su país y 14 en México) para cubrir el quinto festejo de la temporada, pero como no se trataba de figuras los de a pie se las vieron con un interesante y problemático encierro de Marco Garfias, para toreros más puestos, en tanto que el de a caballo tuvo uno alegre y claro de Fernando de la Mora, al que medio mató con un megarejón de la rosa y del que recibió dos orejas pueblerinas, y otro de Marrón que empezó dando juego y acabó parado. La plaza se vio semivacía.

En la sólida tradición mexicana de toreros mal administrados no obstante sus cualidades, Alfredo Gutiérrez (35 años, 15 de alternativa y 10 corridas este año en poblaciones modestas) corroboró con su primero su buen toreo de capa, y tardó en tomarle la distancia a su segundo, pero en cuanto lo sometió pudo estructurar en los medios una faena derechista, imponiendo no sin esfuerzo su toreo. Como dejara una estocada en lo alto, el escaso público solicitó agradecido la oreja, no sólo por la empeñosa faena sino por la transmisión del toro y los problemas que planteó.

En la misma línea antiadministrativa de su alternante, Ignacio Garibay (38, 14 y siete tardes este año) recibió a su primero, armonioso de hechuras y sin exceso de kilos, con cuatro templadas verónicas, sentidas y hondas, reunido con el toro, que no empujó en el caballo. Una rareza en estos tiempos de estrategias digitales, no de dedazos. Desde el principio Garibay le tomó la distancia y consiguió sucesivas tandas con la diestra por encima del áspero estilo del astado, en un trasteo serio y decidido, adelantando la muleta en el cite y tirando del toro. Dejó media estocada al encuentro y lo que debió ser una vuelta quedó en salida al tercio. Su segundo no permitió nada.

Había interés por ver al tlaxcalteca Sergio Flores (22, 14 meses de alternativa y 17 corridas, tres en España, dos en Francia y 12 en México), quien luego de sus triunfos y cornadas en ruedos europeos por fin se presentaba a confirmar su doctorado en la Plaza México. El padrino fue Eulalio López Zotoluco (44 años, 27 y 30); el testigo, el extremeño Miguel Ángel Perera (31, 9 y 44 tardes), y los toros de la ganadería de Xajay. Nueva sorpresa: apenas un cuarto de entrada en los tendidos, para corroborar el efecto negativo de las políticas seguidas por los dueños del negocio taurino tras haber reducido el interés por la fiesta de toros a dos o tres nombres.

Si la bravura ya no se prueba en la suerte de varas para que los toros intenten llegar al último tercio con recorrido, el problema se agrava cuando no embisten al caballo ni a la muleta. Los de Xajay fueron apenas por un puyazo de trámite y acabaron defendiéndose, salvo dos, pero permitieron medir la actitud y aptitud de los toreros. Sergio Flores es revelación acá, mientras en Europa, desde novillero, ha desplegado cualidades, pundonor y torería a costa de varias cornadas. Con el lote más complicado reiteró su decisión de hacerse figura y la tarde se iluminó cuando concluyó una serie de naturales con un afarolado y el forzado de pecho. Zotoluco, con su primero, consiguió un trasteo con oficio pero a distancia, exhibiendo en ambos su limitada estética, en tanto que Miguel Ángel Perera se encontró con la suave embestida del menos malo, al que toreó de capa con sabor y aprovechó en tandas por el derecho, si bien ahogando la embestida sin necesidad al final de la faena. Dejó tres cuartos de acero y el juez Jesús Morales expedito soltó la oreja. Picadores, ¿para qué?