Dedicatoria a Elena Poniatowska

Este martes 19 se dio a conocer que la narradora y periodista mexicana Elena Poniatowska obtuvo el Premio Cervantes que otorga cada año el Ministerio de Cultura de España. En diciembre de 2008, América Sin Nombre, revista de la Unidad de Investigación de la Universidad de Alicante, dedicó un extenso número a la obra de la escritora (194 páginas), donde su director, José Carlos Rovira, investigador  y catedrático de literatura hispanoamericana, contó que en 2004 esa casa de estudios la había propuesto ya para el galardón. El especial fue coordinado por Rocío Oviedo con la colaboración de Sara Poot. Entre la treintena de estudiosos y creadores participantes estuvieron Álvaro Mutis, Julio Ortega, Juan Bruce-Novoa y José Emilio Pacheco. De este último se incluyeron tres sonetos, mismos que se publican a continuación, junto con el texto de Rovira, titulado “Dedicatoria a Elena Poniatowska”.

 

Conocí a Elena Poniatowska, la mejor novelista mexicana contemporánea, en una situación divertida: yo había propuesto, a ella y a Mario Benedetti, como candidatos al Premio Cervantes 2004, y Elena había sido nombrada también miembro del jurado, con lo que su primer acto tuvo que ser la renuncia a la candidatura. Sentada a mi lado durante el tiempo de las deliberaciones, caídas en las votaciones todas las mujeres que habían sido presentadas, en un descanso, tuve una intervención inoportuna de las que cada vez más me gusta hacer: llamé la atención sobre los pocos premios Cervantes que se han otorgado a mujeres –en 30 años y 31 premios, sólo a dos– y conté que un hijo mío me había pedido que propusiera al Ministerio de Cultura la creación de un premio “Dulcinea del Toboso” en el que a lo mejor se premiaba a alguna escritora…

Nos reímos esa noche en una cena en la que conocía por fin a una mujer a la que llevaba mucho tiempo leyendo. Elena tiene 72 años bellísimos, inteligentes, sensibles, frágiles, tímidos. Descubrí su escritura, no en su faceta de narradora, sino en la de periodista, con un libro revelador, La noche de Tlatelolco (1969), un ejemplo de literatura testimonial basada en la oralidad y dedicado a una matanza que conmovió al mundo desde aquel México que se preparaba para unas Olimpiadas inmediatas, viviendo la inexplicable molestia de que los estudiantes estaban masivamente en huelga y protestas, por lo que había que silenciarlos. El 2 de octubre de 1968 los estudiantes, concentrados en la histórica Plaza de Tlatelolco, fueron acribillados por francotiradores y por el ejército regular. Un número considerable y aún discutido de asesinados, más de un millar de heridos y 5 mil detenidos es el cálculo aproximativo de una masacre de la que se prohibió informar. Tuvo mala suerte el presidente Díaz Ordaz de que, entre los heridos, se encontrara la periodista Oriana Fallaci, que desde el hospital consiguió anunciar la tragedia. Un año después de la misma, Elena Poniatowska realizaba con su libro la primera recopilación del horror de aquellos días.

Supe después su intensa biografía, que comienza con su nacimiento en Francia en 1932 con el nombre bautismal de princesa Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor, que parece el de seis personas, pero que responde a su condición de descendiente directa de la Casa Real de Polonia, aunque ella siempre ha confesado que no ha tenido relación con los Poniatowski polacos, ya que sabían que era una “roja”. Con su madre María Dolores Amor se fue a los nueve años a México y redescubrió aquel país como el suyo, dedicándose inicialmente al periodismo. Las contraseñas biográficas de su vida y de su descubrimiento de México están en la Mariana de La flor de lis (1988), una novela con rasgos de su propia vida que recomiendo leer.

Aunque siempre, para empezar con su lectura, sugiero los bellísimos relatos de Lilus Kikus, publicados en 1954, los sueños de una niña, las fantasías y la imaginación de una protagonista infantil que hizo escribir a Juan Rulfo: “Todo en este libro es mágico y está lleno de olas de mar o de amor como el tornasol que sólo se encuentra, tan sólo en los ojos de los niños”.

Hasta no verte Jesús mío (1969), Querido Diego, te abraza Quiela (1978), Tinísima (1991) –una biografía novelada de Tina Modotti–; Paseo de la Reforma (1997), La piel del cielo –premio Alfaguara 2001–, o la muy reciente El tren pasa primero (2005) son títulos imprescindibles de una gran escritora sobre la que estoy escribiendo como dedicatoria de este monográfico de América Sin Nombre.

Lo último que he leído de ella, Amanecer en el Zócalo (2007), es de nuevo un libro que construye una crónica, la de los 50 días de agosto y septiembre de 2006, en los que el Zócalo y las calles adyacentes de la Ciudad de México estuvieron ocupados por millares de personas en “plantones”, para protestar por el presunto fraude electoral que mantuvo a la derecha en el poder. Elena Poniatowska ha creado crónicas memorables de México, aparte de excelentes novelas y cuentos: junto a La noche de Tlateloco, ya mencionada, en Nada, nadie/ las voces del temblor, narró aquel terremoto del 1985 que destruyó parcialmente el centro de la ciudad. Su técnica periodística es el “collage” de voces para construir un testimonio; lo ha intentado de nuevo, y junto a las voces, recortes de prensa, fragmentos de discursos de López Obrador, líder de los millares de personas por entonces “levantados en almas”, reflexiones propias y diario de su actividad, forma una taracea compleja de días de esperanza.

Repaso momentos que viví un día de aquel septiembre cerca de esta mujer que, por las tardes y hasta el amanecer, convivía con los desposeídos de riqueza y de resultado electoral. El tono de diario construye intermitencias confesionales: “Aprendí más de esa multitud sobre el amor y la compasión, el desinterés y la entrega que todo lo aprendido en el mundo de las apariencias”, nos dice.

Agradezco a Rocío Oviedo la coordinación de este número.