El declive de la fiesta taurina, evidente a lo largo de dos décadas, obedece a varios factores, entre éstos el mediocre desempeño de los promotores por falta de competencia. Sus empresas siempre van a lo seguro y contratan figuras de renombre internacional, pero siempre las mismas. Tienen cartas valiosas, pero no saben combinarlas. Por esta razón las corridas se han convertido en un “sanguinolento melodrama tan predecible como la dócil embestida de astados para el lucimiento de los toreros”. A las tardes de toros les falta el peligro que concita la emoción.
El 9 de septiembre de 1993 los nuevos empresarios de la Plaza México, Miguel Alemán Magnani y Rafael Herrerías Olea, asesorados por su amigo el matador en retiro Manolo Martínez, quienes sustituían a la poco afortunada dupla integrada por Aurelio Pérez Villamelón, vicepresidente de Televisa, y Víctor Curro Leal, otro torero retirado, ofrecieron su primera corrida de toros e iniciaron una autorregulada gestión que se ha prolongado a lo largo de 20 años, lapso en que el espectáculo taurino, lejos de repuntar, ha visto descender su atractivo en el Distrito Federal y en la zona metropolitana de la Ciudad de México.
Sería ingenuo responsabilizar sólo a estos antojadizos empresarios de la suerte que en décadas recientes ha corrido una tradición con 487 años de antigüedad en nuestro país. A su mediocre desempeño e inversiones sin rigor de resultados, deben añadirse otros factores: la nula competencia de Espectáculos Taurinos de México, de Alberto Bailleres, pues ambas firmas, con idéntica visión del negocio, contratan a las mismas figuras extranjeras. Ello, aunado al nulo acotamiento por parte de los diferentes sectores que componen, descomponiéndolo, ese negocio en el país, da como resultado una dependiente y discreta oferta de espectáculo.
Con algunas excepciones, tanto otras empresas como ganaderos matadores, subalternos, crítica especializada, autoridades capitalinas, partidos políticos, aficionados y público en general, no supieron o no quisieron enfrentar los cambios que imponía una época contraria al añejo espíritu de la tauromaquia.
El concepto lorquiano de que “el torero es una forma sobre la que descansa el ansia distinta de miles de personas, y el toro el único verdadero primer actor del drama”, fue tergiversado por la “tauromafia”, no por los antitaurinos, hasta hacer del empresario, la figura y al cronista incondicional los falsificados actores principales de un sanguinolento melodrama, tan predecible como la dócil embestida de toros “aptos para el lucimiento”.
En estas dos décadas el aforo de la Plaza México –42 mil localidades– se ha ido vaciando, hasta reducir sus llenos a la mitotera fecha del 5 de febrero, aniversario de su inauguración, antes que por la presión de subvencionados antitaurinos, por la mentalidad empresarial que declaró satisfecha: “Yo no hago toreros, contrato figuras”, y como éstas son cada día más escasas, el público se volvió aficionado a ciertos apellidos frente a reses pastueñas. Para colmo, las novilladas en la México se volvieron mero trámite para autorizar la venta del derecho de apartado en la temporada formal, por lo que esa creciente falta de pasión aceleró la migración a otros espectáculos. El público no sabe pero siente, y algo le dice que es mucha la desproporción entre lo que paga y las emociones, no la diversión, que recibe.
Un hecho es tan evidente como inexcusable: si Alemán y Bailleres, como el resto de los millonarios mexicanos metidos a promotores del espectáculo, manejaran sus empresas exitosas con los criterios que emplean en el negocio taurino, en seis meses los borraba la competencia. A la inversa, si a la fiesta de los toros le aplicaran algo del rigor organizacional y de resultados que utilizan en sus negocios prósperos, otra sería la realidad taurina de México. A esta deliberada negligencia se añade otra, rayana en la complicidad: la de las autoridades, tanto estatales como municipales, del Distrito Federal y de la Delegación Benito Juárez.
En la corrida inaugural de la temporada 13-14, ya sin Enrique Ponce en el cartel luego de sus reiterados abusos durante años, la empresa tuvo a bien anunciar un encierro de la ganadería queretana de Barralva, que resultó deslucido y débil, para José Mauricio, un torero con cualidades pero sin rodaje, con sólo cuatro corridas toreadas este año; para el español Alejandro Talavante, con 51 festejos en ese lapso, 39 en su país y 12 en México, así como para el aguascalentense Arturo Saldívar, con 23 tardes aquí y sólo seis en España, no obstante su reciente triunfo en la plaza de Las Ventas.
El resultado estaba cantado: Mauricio, con actitud pero sin sitio ante un lote con exigencia y escasa transmisión; Talavante, sin querer hacer lucir su medio centenar de corridas toreadas, y Saldívar con el espíritu muy en alto e importantes recursos muleteros, lo que le permitió cortar la única oreja. Para colmo, los dos últimos diestros recurrieron al toro de regalo –otra frivolización de la empresa–, lo que prolongó el festejo y el tedio a casi cuatro horas, con todo y un deslucido intento de homenaje al maestro Paco Camino.
Dos remedos dos
La primera aproximación a lo que debe ser una corrida de toros en toda plaza que se respete ocurrió en el segundo festejo, al ofrecer la empresa un encierro anovillado del nuevo ganadero Julián Hamdam, que acusó mansedumbre y debilidad, así como una notoria falta de trapío. Ello provocó la protesta generalizada y obligó al juez Gilberto Ruiz Torres a devolver dos de los “toros” que él y el veterinario Javier García de la Peña, impuesto por la empresa, aprobaron desde el martes anterior. Los reservas de Celia Barbabosa no mejorarían la situación.
El vergonzoso desfile de bovinos fue destinado a las figuras Eulalio López Zotoluco y José Antonio Morante de la Puebla, así como al aspirante a serlo, Diego Silveti, quien con su segundo conjuró la lluvia, como en Las Ventas el 19 de mayo pasado, y los aplausos, luego de “rogarle” las embestidas por ambos lados a otro burel tardo, aunque menos cornicorto que sus hermanos. Con el más dócil de los de Hamdam, Zotoluco –27 años de alternativa y este año 28 tardes– consiguió una faena de salón, estructurada pero carente de emoción, pues la lentitud en los muletazos no provenía del temple del torero sino de la escasa fuerza del toro. La oreja concedida era más que suficiente, pero Eulalio, perdiendo los papeles, todavía miró suplicante al palco del extraviado juez.
El español Morante de la Puebla –16 años de matador, 33 corridas en España y 11 en México este 2013–, quien el día anterior protagonizó fenomenal bronca en Aguascalientes al írsele vivo un toro y apoderado ahora por la empresa taurina de Bailleres, bordó con su lote unas verónicas “acarmenadas” de mano alta, con temple pero sin emoción por la falta de codicia en la embestida, detalles muleteros bien intencionados e intentos de estética sin bravura.
Y Diego Silveti –dos años de alternativa, continuador de la dinastía iniciada por su bisabuelo Juan en la segunda década del pasado siglo, y este año 20 corridas en México y 15 entre España, Francia y Venezuela– derrochó actitud ante el primer reserva de Barbabosa, manso y sin fuerza pero con más presencia que el devuelto, y sacó la raza que posee con su segundo, al que toreó por gaoneras de mano alta e hizo una faena mandona por ambos lados empañada con un pinchazo.
Tras el fraude del festejo anterior, para la tercera corrida la empresa decidió no proporcionar las fotografías de los astados de Fernando de la Mora que lidiarían El Juli, Joselito Adame y El Payo, antecedidos por el rejoneador Emiliano Gamero, que pechó con un manso del nuevo hierro de Guadiana, pues otra exigencia de las figuras es negarse a actuar en primer término. Por enésima vez, toros cómodos para ases importados, sin que nadie se atreva a exigir el toro mexicano con edad y trapío, no con kilos extra, para los que más torean y convocan.
El grueso del público ocasional que hizo tres cuartos de entrada vio que los de Fernando de la Mora, salvo uno, rebasaban la media tonelada, ignorando que una cosa es el peso, otra el trapío o armonía de hechuras acorde con la edad y otra, aún más diferente y excepcional, la bravura, esencia del encuentro sacrificial entre dos individuos.
Fueron astados jóvenes y con muchos kilos, por lo que apenas recibieron un puyazo o un ojal de trámite. Repetidores y claros tres de ellos y, como tuvieron enfrente a toreros con rodaje y coraje, parecieron bravos. Pero sólo la pelea codiciosa emociona, precisamente porque la sensación de peligro es evidente. La repetitividad de la embestida, a lo sumo, divierte.
Joselito Adame –seis años de alternativa, 24 corridas en España y 19 en México este 2013– tuvo una tarde triunfal al hacerse de cuatro orejas por su maestría y entrega e incluso una estocada recibiendo, no obstante estar aún convaleciente de una seria operación de peroné, tras el percance sufrido en la plaza de Madrid hace un mes. Mucha raza y conciencia de ser exhibe el aguascalentense. Falta que el voluntarioso sistema taurino lo valore.
El Payo –cinco años de matador y 29 tardes en México– no se quedó atrás y logró cortar tres orejas, si bien dos a uno de regalo, octavo de una kilométrica función de cuatro horas y media. Y El Juli –15 años de matador y de primera figura internacional, 45 corridas, más otras 35 en México próximamente y las que se acumulen en la virreinal Sudamérica taurina– para contrariedad de él y frustración de los miles que fueron a aplaudirle, en el pecado de la comodidad llevó la penitencia al tocarle el lote más deslucido.
Como no ocurría hace décadas, la empresa de la México tiene varias cartas valiosas, falta que las sepa combinar, de preferencia ante toros bravos con edad y trapío.








