“Agarren, pero repartan”

A la regidora priista del ayuntamiento tapatío Elisa Ayón Hernández le llovió en su milpita. Ella se lo buscó. De por sí suele ser altanera, pero ahora se le fue la mano. Trascendió que quiso alinear a unos correligionarios que se le estaban saliendo del huacal; fueron empleados de panteones en Guadalajara quienes recibieron esta bella pieza literaria que circula en las redes, pues alguien le hizo el favor de tornarlo público.

El discurso de marras contiene palabrotas hasta en exceso. Elisa se defiende argumentando que no son palabras desconocidas. Comprobarlo, es cosa de somera revisión. Pinche, como adjetivo, lo emplean hasta los niños; lo de cabrona tampoco es de agenda extraña. Nadie desconoce el concepto de santa, ni su contrario: hija de la chingada, con que buscó delinear para sí su personalidad. Otros brotes de su escabrosa lengua tales como traidores, culeros, malagradecidos, pendejos… también son moneda corriente. Tiene razón. Sus expresiones pueden figurar en un florilegio del código de nuestra comunicación usual: altisonantes, pero bien conocidas.

El caso merece empero ser revisado desde otro flanco. Palabrotas o giros conocidos, están fuera de lugar. No se corresponden con el formato civilizado de un empleador que aborda a sus subordinados. Menos puede  aceptarse que lo utilice un emisor, formalmente carente de la relación de patrón-empleado con sus receptores. A Elisa le falló aquí el principio de las tres tes, que debiera dominar cualquier administrador, por pedestre que sea: tino, tono y tacto. Quien la haya escuchado, coincidirá con el juicio de que su tono es despectivo y grosero. Suena a la clásica señora de horca y cuchillo. Parece un regaño de maestra a un pupilo cogido en pillería. Es el típico estoque a la autoestima para doblegar resistencias, como mecánica de chantaje emocional, de tan buenos resultados para los extorsionadores.

Del tino y del tacto, ya ni hablar. Acudió a agarrarlos en curva y se regodea de ello: “Por eso vine, quise agarrarlos por sorpresa, porque a mí me gusta arreglar las cosas de frente”. Mas lo relevante del asunto no radica en lo florido, lo escabroso o lo tintorero de sus declaraciones; tampoco en las denigrantes imágenes pendencieras con que reta: “a putazos, a balazos, a huevazos, a mamadas…, como quieran”, que la hacen llegar al tope en sus exabruptos. Se puso a la altura de Emilio, el insufrible monaguillo que tuvimos de gobernador, con la atenuante de que aquel se ponía primero hasta las chanclas y luego se nos dejaba venir a mentarnos la madre.

Se deben tomar cartas en estos menesteres para enderezar el bote, porque tales desatinos se nos están volviendo habituales. Provienen de la persistente conducta anómala de nuestro bestiario político. Señálese de entrada lo de la inamovilidad del interfecto.  ¿Ni el titular del Ejecutivo del ayuntamiento, ni el pleno del cabildo pueden moverla del puesto, porque se trata de un puesto de elección? ¿Los ciudadanos de a pie tenemos que soportar tres años completos a regidores u otros funcionarios, así nos resulten energúmenos o tipos que hasta delinquen, como los diputados anteriores? Si la ley protege esta anomia, debe corregirse la plana. Urge legislar sobre la revocación de mandato.

Contrástese por gusto este caso concreto con el amago de desafuero montado contra López Obrador en 2005. Los poderes fácticos pusieron contra la pared a los poderes formales para echar a López Obrador  de la silla e impedirle, con eso, que compitiera en la elección federal de 2006. Le abrieron proceso con cargos inventados. Se les cayó el teatro, pero dieron pista de la senda que señala que la inamovilidad es un mero mito. En lo de ahora se presumió primero que Elisa podría no ser la vociferante. Pero salió a escena ella buscando exonerarse, con lo que reconoció o la obligaron a reconocer su autoría. Debe asumir las consecuencias. El alcalde la invita a pedir licencia de su cargo de elección, nada más. ¿Por qué sólo una sugerencia? ¿Por qué tanta cortesía? ¿No hay transgresión a lo normado? ¿Todo se reduce a un mero escándalo de chacota y boruca por emplear vocabulario de carretonera?

Si sólo es regidora e invade esferas administrativas, cesando de sus funciones a Martín Parral, el director de panteones; si conmina personalmente a varios empleados en un centro de trabajo, exigiéndoles alinearse a su proyecto político o largarse a la chingada; si transgrede la norma y se excede de las funciones que le otorgó el voto popular; ¿no está dando flanco suficiente para que se le instaure un juicio político y se le abra un proceso de desafuero, para mandarla a la sombrita? Está claro que sí hay instrumentos presentes para ponerla a buen recaudo. No hay para qué fingir demencia.

Otro aspecto conflictivo que se descuelga del caso es constatar que sigue vivita y coleando la mentalidad patrimonialista de quienes llegan a los puestos de elección. No sufre ésta la más mínima merma. Aparte de los sueldos escandalosos que se avienen en esas posiciones, se presentan como árboles de amplia sombra. Si todo quedara en mera protección económica, pero la tentación a continuar corrompiendo y dejándose corromper es palmaria. ¿Cómo está eso de que “agarren todo lo que puedan, pero repartan; no sean culeros?” Apenas se puede creer. Se parece al sentir popular vertido como diferencia entre el PRI y el PAN, cuando muchos le voltearon la espalda al bolillo en el gobierno: “es que los del PRI roban, pero dejan robar. Los panistas nomás para su santo rezan”. ¡Cuánto atraso político revela todo este tinglado! ¿Son estos especímenes quienes escalan puestos de elección?

Hay que equiparar el caso también con el pleito que escenificaron antes Salvador Orozco, director de inspectores, y Tomás Vázquez Vigil, secretario del ayuntamiento. Se rompieron las medias por zopilotearse la clientela electoral. La causal del escándalo presente desatado por la Ayón obedece también a jaloneos por clientela y espacios. Como perla descuidada, suelta ella misma el reclamo de que su gente cercana (que le debe ser adicta) le esté emigrando feligreses a otro partido. Es probable que fluya la desbandada hacia el Movimiento Ciudadano. Es lo que intenta frenar. Primero llevó golpeadores a la casona del ayuntamiento. Ahora soltó su lengua de lavandera.

¿Es pugna sorda por allegarse clientela electoral, a base de posiciones en el funcionariato? Hay entonces puntos nodales, destilados de estos pleitos intrascendentes, que no deben ser ignorados, pues nos afectan a todos. En sus momentos de exasperación destapan los grillos la urdimbre del sistema. Hay que ponerle freno ya a este clientelismo, a esta visión patrimonialista, bien incorporada y arropada por nuestros funcionarios. ¿Amiguismo, compadrazgo, nepotismo, clientelismo… muerte a “virtudes tan vivas e intrincadas” en nuestra vida política? Pues sí, ¡Al carajo, pero ya!, como pudiera haberlo dicho Elisa. Tomémosle la palabra y empecemos con ella misma.