Mochila y tenis, Aina (Aida Folch) llega de Barcelona a la Ciudad de México buscando a su padre; el único dato para encontrarlo es una fotografía de la infancia donde se lee, en la parte trasera, “nuestra casa en el 37 de la calle Juárez”. Como resulta que hay muchas calles con ese nombre, la joven decide rastrearlas todas; durante el largo periplo se topa con una serie de personajes y descubre el mundo interior de cada uno.
La premisa de Mi universo en minúsculas (México, 2011) no podía ser más simple; Hatuey Viveros, director de la cinta, encontró el hilo de Ariadna para explorar el descomunal laberinto de la Ciudad de México, sus calles, personas de todo tipo, moles de concreto, variedad de medios de transporte, imágenes inusitadas que sin embargo son parte de la vida cotidiana de esta metrópoli.
Hatuey Viveros rehúye por completo cualquier aproximación turística del Distrito Federal; ni Zócalo ni globos de colores ni Coyoacán ni siquiera nostalgia de una urbe desbaratada por su propio desarrollo; la Ciudad de México es ya lo que es, y justo ahí radica su fascinación.
Si la ciudad no es objeto de nostalgia, sí que la hay en cada personaje, cada uno de los sujetos con los que Aina convive lleva la herida de su propia pérdida; y lo que salva a estas historias, y a la cinta en general, del mero melodrama, es que cada quien acepta su privación con dignidad, el dolor fluye de manera natural; como si dentro de la inmensidad urbana el quebranto de cada vida fuera congénito. La metáfora de Hatuey Viveros hace de esta enorme capital un texto inagotable de universos minúsculos, evocando, quizá sin querer, a ese Balzac para quien París era la ciudad de las 100 mil novelas.
La vastedad urbana aparece desde la primera secuencia, en la vista desde el avión en el que llega Aina sobrevolando la Ciudad de México; después viene el viaje en taxi, miles de automóviles con su variedad de conductores; gente caminando, cruzando las calles; no sólo los rostros participan, Viveros descubre miríadas de pies y zapatos; vienen también las sombras y los flujos de siluetas. Claro, esta ciudad incansable, que cansa con sus distancias y gentíos, podría ser presa fácil del discurso de la deshumanización y etcétera; pero la mirada de este realizador nunca pontifica, por más que la cámara secrete imágenes de gente que se mueve en forma masiva, nunca pierde la poesía de lo humano; incluso en esas secuencias de pies, cada par de zapatos que pasa apresuradamente promete una historia, un universo de minúsculas.
Hay encuentros trascendentes como con Josefina (Diana Bracho); otros apenas rozan la historia; algunos, como sería el caso del boxeador del barrio en la peluquería, provocan una verdadera epifanía en el espectador; los cinco minutos de Gabino Rodríguez son un lujo. Además, la catalana Aida Folch ofrece la gama perfecta para el personaje de Aina; Hatuey Viveros aprovecha la belleza de esta actriz (cercana a lo que fue Ornella Muti en su momento), capaz de transmitir candor y compasión.








