El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) existe. Es palpable. Surge y brota, como la liebre, de donde menos se le espera. Mueve contingentes voluminosos. Atrae los reflectores y dinamiza a la prensa, aunque luego siga ésta la consigna del silencio, como es notoria su actuación en toda la república. Los asistentes cantan himnos propios, gritan lemas bien aprendidos. El movimiento posee un caudillo inconfundible, Andrés Manuel López Obrador. Se le ha tildado de mesías tropical, de nacionalista trasnochado, de profeta insatisfecho; mas él continúa impertérrito su tranco infatigable.
No tiene mucho sentido discutir los señalamientos que se le hacen a Morena para desvirtuarlo, proyectando y generalizando a todo el movimiento las observaciones que se hacen de su cabecilla y que se tildan de defectos. La nota del caudillismo está ahí. Negarla iría contra la toda lectura atinada. Más adelante se hará notorio también el corporativismo y quizás hasta el verticalismo. Por adelantado habrá que decir que siempre aparecen cuando de actividad política se trata en el país. Las hereda todo movimiento político nuestro. No son pues distintivos exclusivos de Morena. No es fácil disociarlas de la idiosincrasia del mexicano medio. Donde se acuerpan las masas mexicanas para intervenir en política, surgen como invocadas.
No extraña que sean visibles estas prácticas, sino cuestionar más bien el hecho de que si, aunque sean atávicas entre nosotros, resulte conveniente o no dejarlas pasar y crecer. ¿Qué es lo que dicta el buen olfato pragmático: combatir su aparición o utilizarla para inducir ciertos resultados? No se ve complicada la cuestión, siempre y cuando se tenga a la vista la objetividad de estos factores. Se torna mera cuestión pragmática para los conductores avezados y, por lo mismo, responsables del buen uso que se haga de las variables propias de nuestra idiosincrasia.
López Obrador cuenta con un gran capital político en nuestro horizonte. Es evidencia que no puede ser negada. Se hace presente y se arremolinan multitudes en su torno. Aunque la prensa nacional se proponga hacerle el vacío o encerrarlo en un cerco mediático, la gente se sigue enterando de sus rutas y arropándolo en sus apariciones. Es verdad conocida también que levantó la bandera de sus candidaturas con las siglas del PRD, convirtiéndolo en competidor a vencer. El debate sobre si ganó y se le escamoteó el triunfo mediante fraude las dos ocasiones anteriores es asunto que él mismo se ha echado ya al lomo.
Lo que no se puede desconocer es el hecho de que la gran mayoría de los representantes populares que en estas dos ocasiones llegaron a los congresos, al Senado, a muchas alcaldías e incluso a algunas gubernaturas, lo hicieron por el impulso que el tabasqueño imprimió a sus campañas. Pero a la hora de los debates y forcejeos políticos que siguen después, cuando ya no está en juego el resultado de las urnas, tal presencia no se corresponde con las cuentas que arrojaron los sufragios. Es lo que tiene que revisarse con lupa.
Aunque haya segmentos amplios de la población que abominen de sus planteamientos, o de la forma en que López Obrador los hace públicos, nadie puede negar la claridad con que los expone. Sus posturas y posicionamientos políticos no entran al tobogán de la confusión. Él se proclama abiertamente nacionalista. Siempre está invocando, para definir sus convicciones y de quienes lo siguen, las fórmulas consagradas del nacionalismo revolucionario con que rigió el país su derrotero la mitad del siglo pasado. Luego se emborracharon nuestros gobernantes del neoliberalismo depredador que ahora nos rige. Pero eso ya no es lo suyo, por eso lo combate. Definir sus lineamientos políticos con los bastos trazos del nacionalismo revolucionario, también simplificado con la alusión a las tradiciones cardenistas, permite a López Obrador y a sus jilgueros (que también los tiene) facilitar a su audiencia el contenido de sus discursos de ocasión.
Suele ser una tarea ingrata exponer lineamientos cuando son novedosos o poco conocidos. Más complicado resulta, como lo vemos ahora con el “nuevo” PRI, cuando se busca engatusar al auditorio. Repetir en todos los tonos que la reforma energética no conlleva el objetivo de la privatización, cuando todos los indicios apuntan a esa meta, no los pinta huecos a ellos y a sus discursos, sino que los retrata de cuerpo entero como mentirosos. Ya sabemos que los embusteros no gozan del afecto colectivo. Podrán salirse con la suya, pero a costa de perder prestigio y autoridad moral, si es que algo de eso tienen.
Es grande la ventaja de López Obrador ante nuestros políticos chapuceros. De por sí es claridoso. Lanzarse desde la palestra de nuestro nacionalismo le ahorra la expansión de buenos recursos retóricos. Por eso su mensaje le resulta al auditorio plano y claro. Que se le acepte o no, que se esté de acuerdo con él o no, es distinto. Resulta incomprensible que la presencia política de esta fuerza, que tendría que ser amplia y masiva así no ocupe la titularidad del poder, no se vea reflejada en los debates políticos de interés nacional. No hay correspondencia entre el abultado acopio de boletas electorales definidas a favor de esta línea política y la presencia de representantes populares que defiendan tales posturas. La experiencia del llamado “Pacto por México” es prueba palmaria actual del divorcio aquí señalado.
No se le puede tachar de incoherente ni de veleidoso cuando busca convertir su capital político en un partido nacional. A la hora de entrar a la vida política cotidiana concreta, el respaldo formal esperado se difumina o de plano desaparece. Los señores electos a través de posicionamientos tan claros se pasan al bando de los poderes fácticos, a los que se denuncia y combate. Se comprende bien, pues, su esfuerzo denodado por conseguir que el capital político básico, ahora acuerpado en Morena, se corresponda con la actuación política de los actores que encumbra. Es la justificación racional que encierra el pesado trabajo por convertir a Morena en partido político nacional.
Cristalizarlo es mera cuestión de tiempo. Hace una semana se llevaron a cabo, con buen éxito, las asambleas 12 y 13 en Chihuahua y en Jalisco. Los números locales no dejan duda. El registro del IFE a las 4 de la tarde, bajo un flujo lento aproximado al millar de ciudadanos por hora, arrojó la cantidad de 4 mil 635 asistentes, de los cuales 4 mil 309 fueron efectivos. Para ser reconocida como asamblea de Morena en Jalisco legalmente constituida necesitaba la presencia de 3 mil militantes. Los cubrió con la mano en la cintura. Estaremos atentos entonces a las actividades de proselitismo y de actividad propia de este partido nuevo en Jalisco, que no por ser nuevo nos es desconocido.








