Acerca del debate entre Krauze y Ackerman

De José Asunción Luna Ortiz

 

Señor director:

 

En el debate La reforma energética, vista por Krauze y Ackerman (Proceso 1926) están expresadas dos corrientes ideológicas emanadas del mismo sistema burgués que padecemos, las cuales se hallan en contradicción por el control de la economía y, en especial, del petróleo y los demás hidrocarburos.

Desde luego, una es más reaccionaria que la otra: la del escritor Krauze es de la línea conservadora que representa al gobierno del clerical Enrique Peña Nieto, quien defiende los intereses de la gran burguesía y de los empresarios trasnacionales; la del profesor Ackerman es la posición nacionalista de la burguesía mexicana, la cual pretende que el Estado y la economía sean administrados por elementos progresistas que respeten los derechos democráticos emanados de la propia Constitución. Puede decirse que esta última postura es la más avanzada, pero siempre dentro de las mismas reglas del sistema capitalista. Es decir, las dos corrientes coinciden en mantener y alargar la vida del capitalismo, que está en su etapa imperialista y en descomposición.

Las contradicciones ideológicas de los explotadores en verdad no son nuevas. Al terminar la Guerra de Independencia, en la lucha por el poder aparecieron los conservadores, aliados de los ricos y el clero, contra los liberales. Luego vino la confrontación entre monárquicos y republicanos; y hoy, en tiempos modernos, quienes se enfrentan son la derecha y la izquierda. De modo que los liberales, agrupados en la izquierda institucionalizada, aunque lo nieguen, colaboran también con el sistema que oprime a los explotados y al pueblo en general en beneficio de la burguesía.

Estas dos ideologías tienen formas distintas de interpretar el sistema capitalista y de justificarlo; además, subestiman la infinidad de movimientos de protesta que se suscitan en el mundo, porque dicho sistema caduco ya no ofrece bienestar en ningún aspecto para los pueblos; sólo provoca hambre, miseria y crimen organizado en los Estados burgueses.

Krauze dice que si no es aprobada la reforma energética puede precipitarse una crisis que traerá fuertes consecuencias para el país. Se entiende que de ello culparía a la oposición nacionalista, por lo que ésta puede encarar grave responsabilidad.

Al respecto, es de todos conocido que las crisis económicas en el capitalismo son cíclicas y permanentes, y que éstas hay veces que se pueden superar y controlar, pero surgirán otras más profundas que ya no podrán ser controladas, como la crisis mundial que anuncia la proximidad del fin del propio capitalismo. Todas las crisis las provoca la clase burguesa, que con sus contradicciones pone en evidencia la inestabilidad de su régimen.

Cualquiera de estas dos tendencias ideológicas en disputa que logre apoderarse de los hidrocarburos para explotarlos se enfrentará a los trabajadores, quienes con sus fuerzas físicas y mentales producen la riqueza, que luego se convierte en mercancía para la exportación y el consumo nacional. En la lucha que se suscite, ambas corrientes tratarán de ocultar la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía. Nos dirán que esto es en bien del país, que se harán inversiones de capital en todos los rubros de la economía, y hasta ofrecerán aumentos de salario que, por cierto, no superarán el porcentaje del índice de inflación que marca el Banco de México y que siempre suele maquillar.

Apoyándonos en lo que expresa el profesor Ackerman, entre otros aspectos, recordemos que la propia Constitución burguesa establece claramente que los trabajadores mexicanos en edad de laborar deben tener su trabajo asegurado y todos deben gozar de un salario suficiente para alimentarse tres veces al día con su familia, gozar de vivienda, vestido, calzado, educación para el trabajador y sus hijos, e inclusive tener ingresos hasta para la recreación con su familia.

Por ello, el salario constitucional que realmente debe pagarse a todos los trabajadores de México tiene que ser igual al que perciben los obreros mejor pagados en Petróleos Mexicanos (Pemex), sean  mineros,  maestros, electricistas, obreros agrícolas, incluso los que hoy no ganan ni siguiera el salario mínimo. Sólo en esa forma será benéfica la explotación de los hidrocarburos, porque parte de la ganancia quedará en manos de los explotados que trabajan, y sólo así se puede afirmar  que el petróleo y todos sus derivados son de los mexicanos. Si no es así, entonces se trata de demagogia pura. (Carta resumida.)

 

Atentamente

José Asunción Luna Ortiz

 

 

Respuesta de John Ackerman

 

Señor director:

 

El señor José Asunción Luna Ortiz pone el dedo en la llaga. A pesar de sus múltiples reformas, problemas e inconsistencias, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos hoy todavía contiene muchos elementos de avanzada sumamente útiles y estratégicos para la lucha en favor de la justicia y la transformación social. Es cierto que la Constitución fue elaborada mayoritariamente por “burgueses” y que la tradición del (neo) liberalismo autoritario, desde Venustiano Carranza hasta nuestros días (expuesta en mi segunda entrega en el debate con Enrique Krauze y disponible en Proceso 1927), ha hecho todo lo posible para purgar, matizar y dejar sin aplicación las disposiciones más avanzadas de la Carta Magna.

Este proyecto elitista se ha apoderado de las cúpulas del poder empresarial, mediático y político. Sin embargo, el ala conservadora de la Revolución ha fracasado olímpicamente en su intento de controlar las conciencias del pueblo o de revertir muchos de los avances jurídicos más importantes de 1917.

Hoy por hoy la Constitución incluye una enorme cantidad de principios, ideales y reivindicaciones específicos (techo, tierra, trabajo, salud, alimentación, agua, cultura, medio ambiente y educación para todos) cuya cabal aplicación implicaría una radical transformación del país. Y a pesar de los esfuerzos de los medios electrónicos dominantes por mentir y por corromper el espíritu humano, tanto las movilizaciones sociales recientes como las encuestas de opinión pública demuestran que la enorme dignidad y el espíritu crítico del pueblo mexicano se mantienen incólumes.

Evidentemente, no se trata de sacralizar a la Constitución mexicana como un documento perfecto e insuperable, ni de idealizar al “pueblo” como una sola masa homogénea. Tampoco se trata de “ocultar” la existencia de la lucha de clases o de “subestimar” los múltiples movimientos de protesta en el mundo. Al contrario, se busca reconocer la enorme fortaleza y vigencia de nuestro legado revolucionario precisamente en la actual coyuntura mundial de crisis histórica de la democracia liberal “realmente existente”, equivalente a lo que ocurrió hace 20 años con el comunismo “realmente existente”.

Ante el descrédito de los paradigmas de antaño, urge desarrollar nuevas utopías y planes de acción. Y en este esfuerzo la Revolución y la Constitución mexicanas pueden ser grandes aliadas, sobre todo cuando nos enfocamos en sus múltiples elementos anti-liberales e incluso anti-capitalistas.

Por lo demás, me parece correcta la propuesta de Luna Ortiz de ligar cualquier reforma energética a la mejoría de las condiciones laborales para los trabajadores, tanto dentro como fuera de Petróleos Mexicanos. Efectivamente, el petróleo debería ser “de todos”, no solamente en el texto constitucional, sino también materialmente a partir de la verdadera socialización de la renta petrolera.

Saludos cordiales.

Atentamente

John M. Ackerman