El viaje comienza un día a oscuras, será de madrugada porque se escucha el canto de los pájaros, mientras el padre apresta las cosas en el auto y la madre pregunta si de verdad él quiere que vaya; a uno de los niños lo llevan aún dormido; durante toda la secuencia la cámara no se ha movido, y se va a mover poco a lo largo de la película: lo necesario para contar el viaje de esta familia desde Santiago de Chile hasta el norte del país.
Una vez establecido el tono y la atmósfera de intimidad, Dominga Sotomayor sostiene el mismo pulso a lo largo de este primer largometraje suyo, De jueves a domingo (Chile, 2012); la cámara de su fotógrafa, la argentina Bárbara Álvarez, se ajusta a la posición exacta para que prevalezca el punto de vista de Lucía, la hija mayor, apenas empezando la pubertad, captando todo pero descifrando muy poco.
Lo que dejan claro los fragmentos de diálogos que la chica alcanza a escuchar es que los padres están por separarse; se trata de un viaje de despedida con la familia completa. Todo es conocido: Lucía (Santí Ahumada) se aburre o se exaspera, las hormonas empiezan a agitarse, pero también atesora lo que pasa, algo le dice que ya nunca será lo mismo. Queda establecido que la pareja hace lo posible por no lastimar a sus hijos; sorprendería la lista de gestos y cuidados del matrimonio que algún día habría deseado para esos hijos (nada parece improvisado en estos padres muy curtidos y conscientes de su rol, pero esa ternura sólo acentúa la angustia de la chica).
Todo es trayecto aquí, si se quiere una road picture donde el viaje es externo e interno; a diferencia de cualquier otra cinta estadunidense del mismo género que no resistiría venderse con explosiones de emociones, grandes aventuras, en ésta casi nada ocurre, apenas unas cuantas señales de corrientes subterráneas (quizá el amigo con quien se encuentran en el camino es la nueva pareja de la madre). Por momento el padre se comporta como adolescente, roba aguacates, suenan disparos, en la noche duermen en algún hotel o acampan, por el día nadan y se asolean.
Impresiona el rigor de la dirección de Dominga Sotomayor, la geometría de sus composiciones, el álgebra de pares, las permutaciones de cuatro, el asiento de adelante y el de atrás, la pareja, el niño y la niña, a veces un adelante; el interior del auto inspira la confianza del seno materno, y de pronto oscila a lo claustrofóbico; el paisaje afuera, bello e inquietante, principalmente el desierto, provoca agorafobia. Empezar a filmar así a los 28 años, sin sentimentalismos ni demagogia, con un ascetismo que remite al cine más contundente de Antonioni, o al discurso elíptico de Kiarostani, sugiere la vocación de una autora que sabe a dónde quiere llegar.
Más allá del logro estructural y de la reticencia del tema, de la buena dirección de actores, lo mejor de esta película chilena es haber logrado una inmensa prolepsis, un futuro recuerdo; el espectador intuye que ese último viaje algún día será un recuerdo doloroso, aunque muy querido para Lucía; en parte la chica querría no estar ahí pero sabe que querrá volver a recorrer esos paisajes.








