IX Festival de Buenos Aires

BUENOS AIRES.- Treinta y cuatro espectáculos y catorce compañías de teatro, tanto nacionales como internacionales, es lo que conforma el IX Festival de Teatro Internacional de Buenos Aires (FIBA), implementado por el Ministerio de Cultura de esa ciudad.

Para nosotros actualmente es algo insólito este impulso a dar a conocer el teatro que se hace en otros países, a diferencia de tiempos pasados en el que contábamos con el Festival Internacional de las Artes Escénicas en la Ciudad de México, entre otros evento que incluían una amplia oferta teatral. Tampoco podemos hablar de la posibilidad de ver gran cantidad de obras en el Festival Cervantino, porque año con año el género ha disminuido. En esta emisión, por ejemplo, apenas cinco piezas nos visitan en Guanajuato. Entre ellas dos de la Compañía Teatral Argentina Timbre 4 (que ya se reseñarán).

El elenco presenta en el FIBA su más reciente montaje, Emilia, escrita y dirigida por Claudio Tolcachir. También se muestra ahí Sonata de otoño en versión y dirección de Daniel Veronesse. En ambas, las situaciones que se comparten con el público son de gran contenido emocional y llevan al espectador a una experiencia catártica, donde el llanto y el afloramiento de sentimientos empáticos hacen de este teatro realista con tintes melodramáticos, un éxito.

El tema de los núcleos familiares llevados al absurdo o a la explosión del conflicto, así como el humor y la profundidad en el tratamiento del texto y las actuaciones, son también una de las constantes que comparten estas puestas en escena. En Emilia podemos reírnos la mayor parte de la obra, y sumergirnos después en el desasosiego. En la versión de Veronesse de la película de Ingmar Bergman entramos de lleno en la confrontación entre madre e hija después de haberse dejado de ver siete años. Las actuaciones de las dos mujeres, Cristina Banegas y María Onetto, muy reconocidas en su país, son estupendas. La caracterización interna y externa de Onetto, interpretando a la hija acomplejada y llena de resentimiento hacia su madre, se solidifica con su expresión corporal un tanto encorvada y en desaliño. La madre en cambio, con un vestido de noche rojo, despliega sus alas y deja ver su frialdad e indiferencia hacia su hija, para después, acostada en el piso, revelarnos sus miedos. El trabajo de Veronesse con los actores explota la capacidad de sentir, la cual se contagia hacia el público. Si bien Bergman explora en su estructura fílmica con los puntos de vista de las protagonistas, Veronesse elige acertadamente, una versión corta, seleccionando la última parte de la película donde se da el enfrentamiento directo entre madre e hija.

Emilia en el FIBA muestra una entrañable historia donde aparentemente padre e hijo son subrayadamente felices y la madre deambula sonámbula sumida en la depresión. La estructura dramática parte del presente y se ubica en el  departamento de una familia recién mudada. La historia se cuenta desde el punto de vista de una niñera que cuenta cuando se encontró con Willie, el niño que cuidó en su juventud. Como narradora, está en un futuro incierto que se va develando misteriosamente a lo largo de la obra, hasta llegar a su comprensión. Las risas de la primera parte contrastan con el final desgarrador, donde Willie abre sus sentimientos y provoca las lágrimas involuntarias, en particular, de los espectadores masculinos.

Tanto en Emilia como en Sonata de otoño, el manejo de los sentimientos es magistral. Llevan al espectador a una vivencia inolvidable, donde puede corroborar, inmerso dentro una sociedad cada vez más impersonal, que todavía es capaz de sentir y emocionarse por lo que le sucede a los otros.