La maldición del pato

De unos años para acá, los habitantes de Guadalajara y su extendida área metropolitana viven, por no decir que padecen, una singular paradoja: abundantes temporales, como este que ya va tocando a su fin y que provocan inundaciones por distintas zonas de la capital jalisciense, y a la par muy serios problemas en el abasto de agua potable; doble pifia de una ciudad mal planificada, en la que el agua de la lluvia no sólo se desperdicia de manera tonta e indolente, sino que uno de los mayores regalos de la naturaleza acaba convertido en un problema mayúsculo. Las causas de esta visión torcida hay que buscarlas en un desarrollismo rupestre, en un crecimiento urbano anómalo y también, por supuesto, en la corrupción gubernamental.

Por lo que hace a la mala planeación urbana, los ejemplos saltan a la vista. Uno de ellos es el imperdonable caso del agua de lluvia, que de inmediato se mezcla con las aguas negras que generan los tapatíos, al ser conducida una y otras por un mismo drenaje hasta el río Santiago, uno de los más contaminados del país y cuyo caudal de miasmas pasa por buena parte del territorio de Jalisco y de Nayarit antes de desembocar en el océano Pacífico.

Otro caso, tanto o más grave que el anterior, es el preocupante agotamiento de los mantos freáticos del valle de Atemajac. Y uno más son las ya mencionadas inundaciones que se resienten en cada temporal –y con consecuencias cada vez más funestas– por distintos puntos de la urbe. Vale decir que estos dos problemas son provocados por una misma causa: la creciente capa de pavimento, que impide la infiltración en el subsuelo del agua de lluvia y ésta, al acumularse en mayor volumen en la superficie, ocasiona que los torrentes en la vía pública sean cada vez mayores y potencialmente más peligrosos y dañinos. Luego, si a lo anterior se suman la insensatez y las corruptelas que permiten asentamientos irregulares, y también la construcción autorizada de viviendas en zonas de riesgo, entonces se puede entender a cabalidad por qué las lluvias acaban por tener consecuencias tan desfavorables en la expansiva Guadalajara.

Lo más grave del caso es que ni entre las autoridades ni entre las demás fuerzas vivas de la comarca existe algún plan para corregir esta situación anómala, de suerte que no hay ninguna señal racionalmente esperanzadora que haga pensar que el problema hídrico de la ciudad, en sus múltiples variantes (precario abasto de agua potable, inundaciones durante el verano, saneamiento de las aguas residuales, entre otras), vaya a tener una pronta solución. Por el contrario, todo hace pensar que en la zona metropolitana de Guadalajara habrá de seguir al alza, por lo menos en el corto y en el mediano plazo, toda la gama de problemas asociados con el manejo deficiente y poco racional que gobernantes y gobernados han hecho del agua.

A la sociedad tapatía en su conjunto se le puede reprochar un consumo de agua potable por encima de los estándares internacionales, pues individualmente se estima que ese consumo es un 50% superior al recomendado por organismos que promueven el desarrollo sustentable y la calidad de vida. Otro reproche, aunque a medias y en casos bien específicos, sería la costumbre de fincar cerca de cauces de arroyos y en otras zonas de riesgo, ante la connivencia, por no decir la complicidad, de autoridades indolentes y rapaces, así como de desarrolladores inmobiliarios de la misma índole.

Pero la mayor responsabilidad recae sin duda en las sucesivas administraciones gubernamentales de la comarca (tanto las metropolitanas como las del ámbito estatal), sin distinción de filiación partidista, que en las últimas décadas han gastado en vano varios miles de millones de pesos, además de mucho tiempo –un bien no menos valioso, además de irrecuperable– en fallidos proyectos acuícolas para la zona metropolitana, ya sea para habilitar una fuente alterna de agua potable; para ampliar la capacidad del drenaje y de ese modo evitar las inundaciones; para renovar la obsoleta red de distribución de agua potable, por la que se escapa cerca del 40% del líquido que en circunstancias normales debería llegar a las tomas domiciliarias, y para el demorado y aún muy incompleto saneamiento de las aguas residuales de los tapatíos.

En lo que hace a la fuente alterna de agua potable, cuya búsqueda se remonta a la década de los ochenta, gobiernos del PRI, del PAN y otra vez del PRI, perdieron tiempo, dinero y, lo que es aún peor, la posibilidad de aprovechar enteramente con ese fin el mejor caudal a la mano: el del río Verde, el cual, debido a la demora para su aprovechamiento por parte de Jalisco, una parte de él le fue asignada por el gobierno federal, durante la administración de Ernesto Zedillo, a la zona metropolitana de León, Guanajuato. En esta pérdida para Jalisco la culpa la comparten las cúpulas empresariales de la comarca, que en su momento (principios de los noventa) se opusieron al proyecto del Purgatorio, promovido por el gobierno de Guillermo Cosío Vidaurri, y también las administraciones panistas de la localidad, que abandonaron dicho proyecto para embarcarse en otros mucho más costosos e inviables y que les fueron propuestos por la Comisión Nacional del Agua (Conagua) como sería el caso de la fallida presa de Arcediano y la buscada –y también fracasada– ampliación de la cortina de El Zapotillo de 80 a 105 metros de altura.

Ante esta serie de costosos fracasos y con el reciente regreso del PRI al gobierno de Jalisco se ha vuelto a desempolvar el proyecto del Purgatorio, que ahora le garantizaría menos agua potable a la zona metropolitana (5.6 metros cúbicos por segundo) debido a la cuota asignada a León. ¡Qué onerosas fallas: 25 años perdidos y también perdida para siempre una buena parte del caudal del río Verde, por la falta de capacidad y de acuerdos entre el gobierno y las fuerzas vivas de Jalisco! Lo anterior significa, entre otras cosas, que en el corto y el mediano plazo se seguirá extrayendo del Lago de Chapala poco más del 60% del agua potable que consume la zona metropolitana, lo que no es un problema significativo cuando hay buenos temporales y las presas del alto Lerma –de suyo acaparadoras– permiten que el lago se recupere. Pero cuando sobrevienen temporales escasos, los tapatíos vuelven a andar con el Jesús en la boca y a las autoridades de la comarca a enseñar el cobre, a demostrar su falta de capacidad para defender los intereses de Jalisco.

Por lo demás, no son pocos los especialistas que en materia acuícola han insistido en la necesidad de un programa transexenal para la renovación de la añeja red de distribución de agua potable de la ZMG y para que los tapatíos hagan un uso racional de ese cada vez más escaso bien, al que el lugar común llama “vital líquido”. De trabajarse en esa doble vertiente, la capital de Jalisco no padecería de los recurrentes problemas de insuficiencia de agua potable, máxime si las aguas residuales de la ciudad se sanearan y fueran aprovechadas en el riego de áreas verdes y en la actividad industrial, donde se consumen grandes volúmenes de agua innecesariamente potabilizada.

Sin embargo, dado el talante cortoplacista de nuestra clase política, así como su limitada capacidad para conseguir acuerdos, no se ve cómo la zona metropolitana de Guadalajara pueda salir de este atolladero. Lo peor del caso es que los problemas hídricos de nuestra ciudad, que con el paso del tiempo tienden a agravarse, son técnicamente solucionables. Pero por lo visto los habitantes de esta parte del mundo estamos condenados a padecer la maldición del pato: estar en el agua y con sed.