León, Guanajuato.- El Teatro Bicentenario de León ya se ha convertido por derecho propio en sinónimo de calidad, pues desde su apertura no hemos visto ahí más que producciones de primerísima calidad, lo cual es un mérito doble tomando en cuenta que en un principio se carecía de lo más esencial. “La Cenerentola, ossia la bonta in triunfo” (1817) ópera cómica, fue compuesta cuando Gioacchino Rossini (1792-1868) tenía sólo 25 años.
El cuento de la Cenicienta se pierde en la noche de los tiempos, hay rastros de él en China y en Egipto, el francés Charles Perreault (1628-1703) lo publica dentro de su colección Contes de ma mére l’Oye (Cuentos de mamá la Oca), y a partir de ahí su fama se vuelve exponencial. Tres versiones en la actualidad son las principales de La Cenicienta: La ópera de Rossini que hoy nos ocupa, el ballet (1945) de Prokofiev (que la CND presenta frecuentemente con gran éxito) y el largometraje en dibujos animados de Walt Disney (1950). Además de Rossini otros famosos (y no tanto) autores han compuesto óperas sobre este cuento, siendo la de Rossini la única que ha sobrevivido el paso del tiempo.
Hace algunas décadas la única ópera rossiniana que se representaba con regularidad era El Barbero de Sevilla compuesta un año antes que La Cenerentola, pero gracias a un movimiento internacional de revalorización de las óperas de Rossini, se han ido rescatando la totalidad de sus obras, se han grabado y escenificado y han surgido expertos en canto rossiniano, especialidad notablemente difícil por sus agilidades y sus retos técnicos aparentemente infranqueables.
Lo primero que hay que destacar de la reciente Cenerentola del Teatro Bicentenario, es la magnífica escenificación a cargo de Luis Martín Solís que modernizada, no trastoca ni deforma el cuento original ni la voluntad de los autores. El equipo formado por Jeridy Bosch (vestuario) Jesús Hernández (maravillosa escenografía e iluminación) y Érika Torres (coreografía) además del propio Solís, ofrecieron un espectáculo muy apreciable, verdaderamente memorable. Hicieron actuar y bailar a los cantantes de ópera lo cual no es nada fácil por una razón; cuando cantan están concentrados en la música y el canto.
México cuenta con un puñado de solistas de primera línea a nivel internacional especialistas rossinianos y varios de ellos se dieron cita en León. Lupita Paz, (La Cenicienta) bella, bien actuada y mejor cantada con un sonido relajado y ágil, una robusta y hermosa voz de mezzosoprano. Noé Colín (Don Magnífico) el padrastro malo hace un papel con una vis cómica sensacional, canta además de maravilla, no dudaríamos en llamarlo el mejor bajo mexicano de todos los tiempos. El Príncipe Ramiro fue interpretado por Ernesto Ramírez, clarinetista y cantante jalisciense, de gran solvencia canora en este personaje que hoy por hoy muy pocos en el mundo se atreven a cantar y lo hizo más que bien, además con verdad escénica, algo no muy común en la ópera. Josué Cerón en el personaje de Dandini, el camarero del príncipe, que se disfraza de su amo, para conocer las verdaderas intenciones de Don Magnífico y las hermanastras, fue inolvidable tanto en su canto como en su depurada actuación que tenía al público divertidísimo, no paraba de reír. Las hermanastras interpretadas por Zaira Soria, magnífica soprano y Araceli H. Fernández joven mezzosoprano, muy destacadas en sus difíciles roles, también muy bien actuadas, así como el bajo Arturo López Castillo, (Alidoro, personaje que en cierta manera es el equivalente rossiniano al hada madrina en esta ópera).
El Teatro casi lleno; la vida cultural de León se ha visto enormemente enriquecida por estas actividades de primer mundo del Teatro Bicentenario. Hay que decir que el director concertador Sébastien Rouland (Francia) es el único extranjero entre los miembros del equipo, los demás nacionales pero de nivel internacional. El Coro dirigido por José Antonio Espinal, fue el del teatro Bicentenario y la Orquesta la Juvenil Universitaria Eduardo Mata quienes hicieron un gran esfuerzo y los resultados muy loables. Una función redonda.








