La tormenta que se ensañó con los municipios de La Montaña guerrerense no se contentó con despojar a sus habitantes de sus casas, los escasos muebles, ropa y trastes, sino que arrancó los cultivos y aplastó bajo toneladas de lodo aquello que, pese a todo, permanecía en pie. Las personas que lograron salvar su vida buscan regresar aunque sea a su miseria anterior, pero no podrán: el suelo donde crecieron ya no sirve ni para pararse sobre él.
SAN MIGUEL AMOLTEPEC VIEJO, Gro.- Humberto Rojas Vázquez tiene ocho meses y su única posesión es la camiseta que lleva puesta, tiesa por tanta mugre. En 10 días no lo han cambiado de ropa. No tiene otra, ni cobija. Este día es el niño más pobre del mundo. Está resfriado y molesto. Forcejea en los brazos de su mamá, en una mezcla de hartazgo, frío, incomodidad y hambre.
Las últimas 10 noches ha dormido entre sus padres, sus hermanitos y sus abuelos sobre un tendido de hojas que hacen que cale menos la tierra húmeda, bajo un plástico blanco que no detiene la terca lluvia. Todos duermen en el cerro, en un paisaje de nubes estacionadas. A unos pasos está el precipicio. Enseguida, el panteón. Abajo, su casa sepultada por el cerro.
Este es uno de los 49 campamentos improvisados en La Montaña de Guerrero, la región más pobre del país, el sótano de la miseria mexicana, donde viven algunos de los 13 mil 200 indígenas damnificados por el aplastamiento de sus pueblos bajo toneladas de lodo desgajadas por la tormenta tropical Manuel.
Humberto, aunque no se da cuenta, ya pasó a ser uno de los miles de desplazados de La Montaña, de los Jacintos Cenobios expulsados de sus paraísos, a punto de convertirse en nómadas.
“Llora mucho, no tiene cobija, no tiene huarache. Necesita Minsa, masa. No hay nada, se va todo, también ropa, tiene gripa de una semana”, lamenta su madre, Natalia Vázquez Martínez, una de las niñas-madres que pueblan esta zona.
No ha podido lavarle la ropa al bebé, dice, y muestra la bolsa de detergente vacía.
Un par de ancianas cocinan chayotes y ejotes en una lata de chile adaptada como sartén, arriba de una fogata. Las rodean niños semidesnudos.
Humberto no es el único niño desnudo y con hambre. Hay otro, de dos años y con la panza inflada, sin mechas de pelo, la piel marchita, cubierto sólo por una camisa casi transparente de tanto uso. Tres niñas tiritan. Traen el pelo mojado. Están recién bañadas aunque no tuvieron jabón para lavarse. Encogidas, tronando los dientes, se secan bajo este sol que no calienta, entre nubes que empañan la vista.
La adolescente que ayuda como traductora habla con una mujer y luego dice: “Sí, quiere ir a otro lado, aquí está muy feo. Milpa se cayó, toda cosa. Ni un traste lleva ella. Nomás ella siempre prestado”.
Hacia abajo de la barranca está su pueblo. Los caminos parecen tasajeados con machetes gigantes, que le marcaron con saña zanjas profundas a la tierra. Los cerros no tienen pellejos que los cubran, los empinados plantíos saltaron al precipicio. Las rocas quedaron a la vista.
El pueblo quedó hecho un lamento. Las casas enterradas en una lava de lodo que sólo dejó a la vista los techos, algunas copas de árboles, postes tirados enseguida de la iglesia, esa sí erguida, como testigo entre la destrucción.
“¿Parece La Pintada, no?”, dice José Alfredo, un universitario na’ saavi que se ofreció como guía, en referencia a la comunidad sepultada por un alud en la que fallecieron sepultadas más de 70 personas en el municipio de Atoyac.
“Ese techo rojo que se ve era la primaria, a un lado estaba la Casa de Salud, esa ya no se ve, ni siquiera su pista. Dicen que como 40 casas quedaron sepultadas”, explica Meche Ortiz, otra universitaria que conduce al grupo de periodistas.
“Manuel” les quitó hasta el suelo
Caminar por San Miguel es como meterse a un laberinto a escala de gigantes. Para caminar 10 metros a veces hay que buscar veredas, cruzar nuevas barrancas y nuevos ríos para cambiar de una sección a otra. Hay que hacer alpinismo y agarrarse de troncos, de plantas con la raíz plantada en la tierra para no caer. Cuidar no pisar las grietas que se abren en el suelo. Tampoco acercarse a los bordes porque son resbaladizos. La tierra está suelta. Cada tanto el cerro se sacude, se deshace en moronas que se convierten en pequeñas avalanchas.
Este día los militares intentaron aterrizar dos helicópteros en la arena que parece movediza, que chupa cualquier peso, pero no lo consiguieron. La gente nomás se saboreó la ayuda que les pasó de cerca y no se quedó.
“Nomás comimos todo lo que trajo el helicóptero. Un día trajo 30 despensas, otro vino a dejar 33. Ayer vino UPN, dejó un poco allá arriba y en Tierra Blanquita. Todo ya lo comimos”, dice la joven Obdulia García Vázquez, otra niña-madre de tres.
Las voces de las mujeres y los ancianos del campamento, traducidas por la adolescente, repiten las frases. Juntas se escuchan así: “Sufrimos mucho porque aquí hace mucho frío, aquí sí entra un poco”. “No hay nada, quedó bien feo todo, tabla se va toda, ropa se va toda”. “Necesito cobija, también huarache, jabón, ropa”. “Tanque todo se rompió, también manguera”. “Se cae casa de adobe, mira cómo quedó, se fue ropa, todas sus cosas. Ella es madre soltera, no tiene marido”. “La casa se quedó, mis ropas, las comidas, todos, lo que necesitamos, pues, allá está”. “Bien rapidito se acaba despensa porque somos mucho”. “Que nos apoye más porque aquí sufrimos mucho, la Diconsa toda se tapó”. “Los niños es obligación estudiar, queremos maestro que mande que pueda enseñar”. ·El niño no tiene medicina, duele cabeza”.
Los desplazados saben que no podrán habitar este lugar, pero tampoco se imaginan en otro sitio. “Mejor que nos den otro lugar porque puede bajar eso que ya está bajando, que ayer se rompió, parece que quiere caer toda”, agrega la señora Obdulia, ya con reservas para nombrar a la tierra del cerro, aflojada por la tormenta.
Mientras las autoridades deciden su suerte, los pobladores de San Miguel, como los personajes malditos en la antigüedad, viven junto al panteón. Y lanzan cohetes al aire como desesperados, festejan a San Miguel para agradar al ser que les mandó el diluvio y como pidiendo que les retire su castigo.
En toda la región de La Montaña Manuel se llevó al menos 22 almas. Según un reporte del gobierno federal, también provocó que más de 13 mil personas huyeran de sus casas, dejó a 30 mil familias damnificadas que pasan penurias para conseguir alimentos porque los caminos están cortados y sus milpas no resistieron.
Cuando se cumplen tres semanas del diluvio, 250 comunidades permanecen incomunicadas porque 165 tramos carreteros quedaron destrozados y 63 puentes se cayeron.
La naturaleza desplazó a 2 mil 657 familias, la mayoría indígenas me’phaa, na’saavi y nahuas. Las autoridades comunitarias de 32 poblados no quieren volver al mismo lugar, demandan que los reubiquen.
El poder destructivo de Manuel fue tal que 18 de los 19 municipios de La Montaña fueron declarados zona de desastre. Se ensañó más con aquellos donde habitan los más pobres del país: Metlatónoc, Cochoapa El Grande, Malinaltepec, Acatepec, Tlacoapa, Copanatoyac, Atlamajalcingo del Monte y Alcozauca.
De las 50 mil hectáreas de tierras de cultivo, unas 14 mil quedaron arruinadas. Como si alguien hubiera rebanado los maizales y los hubiera arrojado del cerro. Otras están bajo el lodo. La mayoría son de maíz y el resto de arroz, frijol, café, plátano, mango, mamey y aguacate. El acceso a las cabeceras municipales ya se rehabilitó, pero unas 250 comunidades de 11 municipios siguen incomunicadas. Son pocas las noticias que llegan de allá.
Uno de los helicópteros que hace piruetas en el cielo, intentando aterrizar, recoge a uno de los varios geólogos que comienzan a aparecer en la Montaña para determinar si la gente puede habitar otra vez los poblados pisoteados o será necesaria la reubicación.
“El geólogo que vino dijo que este es lugar de alto riesgo, que nuestra comunidad le sigue a La Pintada de la Costa Chica (en peligrosidad)”, dice el secretario municipal, Celso Santiago Cayetano, desde el techo de la iglesia, donde se aprecia ampliamente la destrucción.








