La guerrilla: memoria viva

Por los días que corren se cumple el décimo aniversario de la casa editorial del conocido promotor Hermenegildo Olguín, quien ha venido a convertirse en infatigable dínamo de la cultura política en el rincón jalisciense. El nombre de su taller resulta sugestivo: La Casa del Mago. Y seguramente que ha de tener escondida una varita de virtud o una pócima mágica para lograr sostener esa persistente actividad, que es dar a la luz una literatura que no goza de los favores comerciales y por tanto no goza de gran popularidad. Tampoco trae consigo la bendición oficial y mucho menos se tizna con el financiamiento del erario, si se trata de literatura de la resistencia. La magia de este hechicero de las letras, aparte de estar fuera de duda, resulta encomiable.

Con un programa cultural ambicioso, esta casa o taller editorial convidó al público a la presentación de sus novedades más recientes, así como a la de algunos de sus textos que ya gozan del favor del público. El auditorio del Museo de la Ciudad y los patios de esta señera residencia que habitaron las monjas capuchinas vinieron a ser el escenario idóneo para el desarrollo de estas jornadas, llenas de vitalidad a pesar de parecer invocar solamente al recuerdo y a la memoria histórica.

Los mexicanos somos muy dados a circunscribir periodos temporales con bloques de actividades alusivas, que parecieran gozar de vida propia. El puente vacacional más largo del mundo se conoce ya entre nosotros con la festiva denominación de Guadalupe-Reyes. Un mes de asueto, un largo mes en el que solamente se piensa en festejos y ociosidad. A otro periodo que ya no se le regatea presencia colectiva es al de septiembre, bautizado como el Mes de la Patria, que arranca con el día del informe presidencial y cierra con los festejos del mero 16, consagrado ya como el día de nuestra independencia.

Imbricar en los ceremoniales de la patria a los festejos palaciegos del déspota en turno, es una aberración de la que por fortuna nos hemos venido alejando poco a poco. Pero no están tan lejanos los hechos, como para haber olvidado, que el mes de la patria arrancaba con el día en el que el titular del Poder Ejecutivo acudía a los espacios del Poder Legislativo a presentar su informe anual.

Lo de rendir informes era más bien un pretexto aprovechado para que las fuerzas vivas le rindieran vasallaje al tlatoani que ocupaba la silla. Tras la comparecencia en el Congreso, los favoritos del régimen se daban cita a la casona del Palacio Nacional a rendir pleitesía al “señor presidente” y a ponerse a sus pies para recibir la bendición. Era una liturgia grotesca que por fortuna ha venido siendo limada en sus aristas más burdas.  No podemos festinar que haya desaparecido, ni siquiera que esté en proceso de eliminación, aunque ya no ocurren más aquellas jornadas faraónicas, con fanfarrias, desfiles, confeti, luminarias, adornos y decorados para enaltecer al hombre sentado a la silla del Poder Ejecutivo. Era el día de la abyección.

Pues bien, de forma similar a la asociación con el asueto y el puente vacacional Guadalupe-Reyes, y a la del Mes de la Patria con la primera mitad del mes de septiembre, empieza a calar hondo la asociación entre el 23 de septiembre y el 2 de octubre, para destinarlo al mes de la resistencia. El 23 de septiembre es tan simbólico como el 2 de octubre. Ambas fechas evocan en automático acontecimientos centrales en los que gira tanto el desbordamiento del despotismo del régimen como la voluntad ciudadana de resistir y enfrentarlo.

El 23 de septiembre de 1965, Arturo Gámiz atacó las instalaciones del cuartel Madera, en Chihuahua. El resultado fue desastroso para los guerrilleros. Pero este acontecimiento se toma como el nacimiento de la guerrilla mexicana y el parto de la decisión popular de enfrentar la soberbia del poder, que se ha distanciado de los reclamos populares, hasta doblegarlo o ponerlo sobre los rieles del mandato colectivo. Se ve lejos, pero un refrán chino dice que el camino más largo inicia siempre con el primer paso.

Más adelante, el 23 de septiembre de 1970, se funda en Guadalajara el Frente Estudiantil Revolucionario (FER). Esta organización estudiantil no conoció reposo, sino que en el mismo momento de salir a la luz para ponerse en marcha fue recibida a balazos y perseguida. La FEG, coaligada con los corporativos policiacos del momento, escribió en sus anales las páginas negras que todos le conocimos, por haber aceptado la consigna de ensañarse hasta el homicidio con esta juventud tapatía rebelde. El resultado final de estas escaramuzas concluyó lanzando a la gente del FER a la clandestinidad. De las catacumbas surgieron luego los muy conocidos grupos guerrilleros, que se volvieron un constante dolor de cabeza para el poder organizado.

El Movimiento Armado Revolucionario (MAR), la Unión del Pueblo (UP), la Liga Comunista 23 de Septiembre (LC23S), las Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo (FRAP), aunados a las guerrillas campesinas que comandaban Genaro Vázquez Rojas (ACNR) y Lucio Cabañas Barrientos (PP), no agotan el espectro de la resistencia, que en las décadas de los sesenta y setenta brotó como los hongos en la temporada de lluvias en todo el territorio nacional. Había grupos armados en Monterrey, Sonora, Sinaloa, Oaxaca, el Valle de México. Había convulsión en todo el país, pues la torpeza y cerrazón de los hombres en el poder había provocado esta reacción popular desesperada.

En estas jornadas organizadas por el taller editorial de La Casa del Mago: Los libros de la guerrilla en México se estuvo pasando revista a muchos de los textos ya emblemáticos que se ocupan de esta etapa. Es un esfuerzo editorial digno de encomio, pues mantiene viva la memoria de un trozo de nuestra historia. Lo vivido en aquellos días ya forma parte de nuestra memoria histórica. Que no pase al arcón del olvido ya es ganancia.

Ahora habrá que disputarle la tutela al mero recuerdo, al trabajo de transmisión de cuadros que pertenecen al pasado, para conservarlo como memoria terca, que incide en el presente y que, por tanto, mantiene viva la flama de la resistencia y nos empuja a seguir pugnando, pues aún no se consigue alcanzar el objetivo por el que tantos jóvenes de aquella generación ofrendaron sus vidas.

Libros, testimoniales, videos, documentales, relatos vívidos de los propios actores, teleconferencias, discusiones en vivo con especialistas y estudiosos del tema, al lado de los protagonistas de aquellos hechos, convierten a estas jornadas en un acontecimiento cultural muy singular y sugerente. Es traer al presente la historia y ponerla ante los ojos. Es mirar a los ojos a una historia que se niega a morir, por más que la hayan destinado a la fosa común y hayan echado sobre ella muchas paladas de olvido y de mentiras.