Cortarse las venas

El título, dilatado y como de farsa, de la ópera prima de Manolo Caro, No sé si cortarme las venas o dejármelas largas (México, 2013), resulta muy tentador, sobre todo para quien, por andar enfrascado en el cine, viva poco consciente de lo que ocurre en el teatro capitalino. Todo es cosa de acudir a ver la película y enterarse después que se trata de una obra escrita por el mismo realizador, que llegó a las 250 representaciones en escena.

Manolo Caro conservó el mismo equipo de actores para hacer su película; el número de funciones de la obra importa porque explica la naturalidad y el desparpajo de estos actores con sus roles. La propuesta original es un guión de cine que tuvo que curtirse en el teatro; el género sería propiamente una comedia de boulevard, que divierte y entretiene y no pierde su vocación cinematográfica; en general, el director aprovecha las ventajas de los dos lenguajes, cine y teatro.

El mismo piso se presta a la promiscuidad, todo se oye y se escucha de un departamento a otro, pero las dos parejas de vecinos, una de judíos, Nora (Ludwika Paleta) y Aarón (Raúl Mendez), otra de cristianos, Julia (Zuria Vega) y Lucas (Luis Gerardo Mendez), viven espiándose pero sin tratarse; todo cambia cuando se muda Félix (Luis Ernesto Franco), exjugador de futbol; empiezan los juegos, enredos y malentendidos. La historia arranca con un clímax, el jugador a punto de suicidarse, y Nora apuntando con una pistola a su conyugue acusándolo de una infidelidad. Suenan dos tiros y la acción remonta ocho meses atrás.

Algunos de los chistes son más afortunados que otros; las situaciones, meros lugares comunes; infidelidades, esposa frustrada, gay saliendo del clóset, niña bonita con sueños de cantante. Pero Caro explota muy bien dos recursos principales, la complicidad con el público que sabe más que los personajes de unos sobre otros, cosa que le permite entender y disfrutar equívocos y tropezones, y un recurso narrativo que parodia el tono por momentos muy melodramáticos de la cinta; la adicción a las telenovelas de Nora (no como la de Ibsen) le hace repetir y actuar diálogos y situaciones. La distancia de la parodia le permite al espectador aceptar las emociones de esta esposa abandonada y azotada.

No sé si cortarme las venas o dejármelas largas es una comedia clase-mediera en la que no hay preocupaciones económicas o políticas, ni narcos ni secuestros, ni huracanes; quizá por eso la crítica ha sido severa con ella. Incluso a nivel psicológico no hay mucho que rascar o profundizar, los conflictos y los afectos son obvios; pocos de los chistes resultan memorables, pero si el público ríe francamente es porque termina por interesarse por cada uno de estos prójimos. Hay química entre ellos y el director los baraja bien, a cada uno le da su momento estelar.

Manolo Caro posee un sentido del lenguaje de rostros, maneja con buen ritmo los acercamientos, transmite su entusiasmo por sus personajes.