No hay portada mexicana más representativa de la cultura rock juvenil de los tempranos sesenta, que la de Los Rebeldes del Rock sobre un auto, con la Facultad de Filosofía de fondo. Las guitarras eléctricas y un convertible utilizado como elemento escenográfico por los músicos y donde destacan los hermanos Tena (Waldo, Américo y Polo) formadores del grupo original, que se llamaba Los Reyes del Rock.
El carro, símbolo de un incipiente anhelo de liberación juvenil de las formas sociales, elemento portador también de instrumentos a cuyo costado el baterista juega con un fragmento de batería y, parado sobre el techo, “el rey” Johnny Laboriel en un lenguaje corporal gestual clásico de los cantantes solistas de la época.
Sin embargo, el mayor distintivo fue la voz de Laboriel, que le dio a Los Rebeldes del Rock una tesitura rasposa y expresiva, en una época en que escaseaban los cantantes solistas. Sus antecesores habían sido Toño de la Villa y Sammy Fournier, quien posteriormente forma el grupo Sammy y sus Estrellas, pero ninguno cantaba como Johnny Laboriel.
El primer rock and roll en español en transmitirse en la radio mexicana se convirtió en un fenómeno de ventas de Orfeón, que realizaba en ese entonces grabaciones con una consola estereofónica de tres canales. De 1971 a 1984 Orfeón reedita una y otra vez los discos, y en el año 2000 lanza Joyas Musicales de Orfeón, CD doble, lo que demuestra que Laboriel y los Rebeldes siguieron vendiéndose a través de décadas.
La hiedra venenosa es una de sus canciones, escritas sobre una simple secuencia básica de acordes, cuyo máximo atrevimiento era la inclusión de una séptima y con una contundencia rítmica a la que la tarola agregaba un sonido seco, casi sin entorchado, para sostener el contratiempo de las corcheas con punto, sobre las que Laboriel hacia su discurso vocal.
La versión de Siluetas, balada lenta que describe una confusión amorosa, fue también una de las canciones transcritas del grupo y difundidas por el radio.
Los integrantes del conjunto aportaban una plataforma musical elemental, y cuando tejían frases de respuesta o complementarias a lo que cantaba Johnny Laboriel, casi siempre optaban por el unísono, sin preocuparse demasiado por la armonía vocal. Este álbum, Los Rebeldes del Rock, fue icónico de la década de los sesenta y la cultura juvenil que empezaba a protagonizar su propia historia.
En la alborada de la Segunda Guerra Mundial, que a México sólo llegó a través de las noticias, nació Johnny Laboriel el 9 de julio de 1942, hijo del actor y compositor Juan José Laboriel y la actriz Francisca López de Laboriel; ello le concedió un temprano contacto con escenarios artísticos y la música. En la adolescencia, el joven cantante, a los 16 años, se integró al grupo de Los Rebeldes.
Johnny Laboriel nunca envejeció vocal ni físicamente y su apariencia cambió muy poco a través de los años, se mantuvo con apariciones periódicas y su personaje conservaba la energía artística que le caracterizó desde sus inicios.
Ícono generacional, con Laboriel ausente, se empieza a vislumbrar el cierre de una generación que creció con el Rock del angelito y Melodía de amor.
La estirpe rebasó las fronteras, y su talento musical sigue haciendo historia, ahora un Laboriel es el baterista de estudio y conciertos de Paul McCartney.
Johnny Laboriel es de una estirpe extinta por auténtica, representa una generación de músicos que, con elementos muy básicos, fueron voceros y pioneros del rock en español.








