Johnny Laboriel, 55 años de rockero

En 1970, a los 28 años, mareado por el éxito, el cantante de color nacido en el barrio de la Romita, Distrito Federal, abandonó las drogas por fidelidad a su pasión artística: el rock and roll que cumplió hasta el último de sus días. Fueron 55 años los que pasaron desde que comenzó a cantar con Los Rebeldes del Rock. En esta semblanza se repasan algunos de los momentos sustanciales de su carrera y se recogen expresiones que lo singularizaban. En 2014 recibiría un homenaje por su trayectoria en el Auditorio Nacional.

 

Fue una voz pionera del rock and roll mexicano con su grupo Los Rebeldes del Rock.

El cantante Johnny Laboriel celebraba 55 años de haber comenzado su carrera artística en los denominados Años dorados del rock and roll, y 43 de haber dejado las drogas, cuando el miércoles 18 un cáncer en la próstata impidió al singular vocalista negro cumplir su gran anhelo de vida: internacionalizarse.

“La muerte es un mecanismo que lo inventó alguien que se burló de la vida, y ese mecanismo se lo puso a la eternidad. La muerte definitivamente no existe… siempre he creído que la vida es resistencia, no velocidad”, solía expresar; con sus variantes.

Y también:

“Cuando algo se está cayendo, mete rock and roll y todo se levanta. Definitivamente. Y es padre haber pertenecido a la época más hermosa del mundo; pero si yo hubiera nacido en esta época habría sido vocalista de Café Tacvba. Yo soy un artista innato.”

Un mensaje optimista a los fans, típico de su buen humor y carisma, fue transmitido por su hijo Juan Francisco:

“Antes de morir me dijo: ‘Diles que me fui de gira, que luego regreso y que los quiero mucho’. Se fue con el rostro muy sereno, unos ojos muy brillantes y mucho amor.”

En 1960, Johnny y Los Rebeldes del Rock lanzaron su disco sencillo con la versión en español (cover) de “La hiedra venenosa” (Poison Ivy, rock de la mancuerna estadunidense Leiber/Stroller) para un primer álbum homónimo, de los cuatro que grabó el grupo en la disquera Orfeón, pieza considerada el primer hit radiofónico del género en nuestro país. Fue el inicio de una ola rocanrolera que aumentaría hasta que el ritmo se prohibió en México tras el Festival de Avándaro 1971.

“La avalancha pegó tan fuerte, que de pronto solamente oías rock and roll en la radio. Todas las rocolas tocaban rock and roll. Y entonces llegaron los cafés cantantes…”, contaría al catedrático estadunidense Eric Zolov para su investigación de 1999 Refried Elvis. The Rise of Mexican Conterculture (University of California Press), publicada como Rebeldes con causa: la contracultura mexicana y la crisis del Estado patriarcal, traducción de Rafael Vargas Escalante, en Editorial Norma (2002).

“A mí no me trajo la cigüeña, sino el Pato Lucas; cuando voy a comulgar en vez de hostia me dan buñuelos… Fui un show man desde chiquito, provengo de una familia de clase media baja de la Romita…Yo siempre he tenido el talento innato y este ambiente artístico es tan difícil, que cuando tienes el talento innato es mucho más difícil triunfar que cuando te fabrican. Yo empecé con El tío Polito en La Hora Internacional del Aficionado y gané, nos fuimos a Nueva York…

“Mi error fue no haberme salido de mi grupo a tiempo para hacer mi carrera solista, como Enrique Guzmán o César Costa, porque yo amaba a Los Rebeldes del Rock.”

A finales de 1959, la compañía discográfica RCA-Víctor, que promovía los discos de Elvis Presley, los rechazó. Sería Orfeón quien impulsó a su director artístico Paco de la Barrera para contratar a algún conjunto que pudiera tocar covers o versiones de rock and roll al español, que habían sido éxitos en el extranjero, recordaba:

“Debido a que en el caso de un cover se trata de hacer una duplicación, tienes que hacerla aún más verdadera para que la gente la reciba. Es como, por ejemplo, si me pusiera a recitar un montón de catecismo a la gente cuyo idioma nativo es el náhuatl, yo tendría que adaptarlo a su realidad.

“Es esto lo que sucedió con el rock and roll tomado del inglés. Al comienzo, digamos, que el director de RCA-Víctor, Rafael de la Paz, estaba totalmente en contra de que hiciéramos covers. Quería ponernos a hacer una canción intitulada La borrachita, algo horrible…le dijimos: ‘Olvídalo, eso no va a funcionar’. Entonces, fuimos a Orfeón, donde nos aceptaron y la única canción mexicana que metimos a ritmo de rock and roll fue La Bamba.”

Después de La hiedra siguieron otros fuertes hits que grabaron en los cuatro LPs del conjunto para Orfeón: Melodía de amor, Rock del angelito, Siluetas, Corre Sansón corre, Dulces tonterías y Bote de bananas. Por esta pieza original de Harry Belafonte, El rey del calypso, José Luis Paredes Pacho (exbaterista de Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio) y Enrique Blanc destacan (en Rock mexicano, breve recuento del siglo XX) que ya se anunciaba el eventual gusto de la juventud por ritmos como el ska, desde la década de los sesenta:

“Los Rebeldes del Rock… gracias a la procedencia de su cantante negro Johnny Laboriel ofreció una música fusionada con calypso y soul, estilos en boga durante aquellos años, anticipando en cierta medida lo que se llamaría el rock mestizo.”

 

Últimos fulgores

 

La singular vocalización de Johnny con acentuación agringada, añadiendo onomatopeyas a las líneas líricas de las canciones y su grito de batalla “¡Vamos, rebeldes!”, lo distinguía del canto menos versátil de Enrique Guzmán con Los Teen Tops, o de César Costa con Los Camisas Negras, intérpretes con quienes sostuvo una secreta rivalidad:

“Con el dinero llegó la envidia. Yo siempre quería tener un coche, imitar a César Costa… Dejas de ser tú mismo, sobre todo que quieres imitar a los gringos. Si hay una persona a la que le tuve envidia toda mi vida es a Enrique Guzmán, pero gacha, yo no sé porqué. Siempre él era mi competencia…

“Nosotros estábamos, por decirlo de una manera, contra el sistema, aunque la verdad es que sólo éramos unos pinches imitadores. Me acuerdo que salió una película que se llamaba El salvaje, de James Dean, y otra de Paul Newman, y entonces todo lo fusilábamos, desde las canciones hasta los atuendos. Era una influencia total de Estados Unidos, y así sigue siendo, eso de que hay rock mexicano es pura vacilada, el rock es extranjero, punto.”

Luego de disfrutar las mieles del triunfo, su brillo declinó:

“Yo ya sufría del éxito, le metí a las drogas muy grueso… Estaba yo loco, era muy agresivo, por eso estuve en una de las cárceles más gruesas que hay en el mundo, por mi agresividad. Yo le metí a todo, alcohol, mota, cocaína…yo estaba muy mal, me quedaba tirado en las calles. Todos los problemas de meterle a las drogas, las cicatrices (físicas) fue por querer quedar bien con la gente y haces estupideces…”

Actuaba en los cafés cantantes capitalinos, que si bien habían arrancado como sitios de “sano entretenimiento rocanrolero”, a mediados de los sesenta se transformaron y sufrieron amagos de las autoridades:

“No era el público en sí el que estaba cambiando. El alcohol comenzó a ser introducido y la gente a ponerse loca, brincoteando y danzando en el escenario, tirando cosas y creando todo tipo de caos. Ahí fue cuando el gobierno se dio cuenta de que los cafés eran lugares problemáticos, que el rock and roll había pasado de ser algo saludable a vicioso y nocivo. La gente se aprovechó del rock para sus desmadres y explotación sexual, cogiendo en los baños y todo ese rollo.”

El 7 de noviembre de 1970 nació su hijo Juan Francisco, y entonces, casi dos meses más tarde, la luminaria de El Canal de las Estrellas tomó la decisión de abandonar sus adicciones.

“Dije: ¡se acabó!… le estaba dando en la madre a mi carrera artística. Si existiera otra vida siempre sería artista. Se necesita un artista para crear este mundo, somos gentes necesarias y vitales para este universo.”

Antes de su deceso, manifestó en Durango que su mayor anhelo era internacionalizarse, y el Auditorio Nacional le preparaba para 2014 un homenaje por los 55 años de trayectoria rockera.