“La sangre y sus fantasmas”

Hablar de relaciones amorosas, amistosas y, más aún, sexuales, es una dificultad con la que los adolescentes se encuentran cuando abren la puerta al deseo. Los mitos, las suposiciones, lo que no hay que decir y lo que hay que aparentar rondan su cotidianidad, obstaculizando el libre fluir de las ideas y sentimientos.

La sangre y sus fantasmas, de reciente estreno, escrita por Javier Malpica y dirigida por Rodolfo Guerrero, aborda con naturalidad estos problemas para que, tanto niños, jóvenes y adultos, puedan vislumbrar las decisiones que se tendrían que tomar cuando “ella”, por ejemplo, ha quedado embarazada. No hay prejuicios en plantear opciones. El abanico es amplio, pero se va estrechando dadas las complicaciones de cada uno de los caminos.

Son cinco personajes los que entran al juego, donde cada uno de ellos tiene una personalidad bien definida y representa a distinto grupo social. Así, tenemos a Emilio (Hasam Díaz), un chico introvertido cuyos compañeros se burlan de él por ser “femenino” y que es amigo, a regañadientes, de Andrea (Sofía Sylwin), una chica avispada que gusta de los libros de vampiros y que ha hecho, con su amiguísima (Sara Pinet), el pacto de iniciar al mismo tiempo su vida sexual. Ambas tienen secretos y se encuentran a escondidas en el cuarto de Andrea porque su mamá la tiene castigada por tener novio. Este (Christian Cortés) es el típico que se cree galán y no quiere aceptar nada que lo comprometa, pero también tiene miedo. Junto con su amigo (Abraham Jurado), un gordo punketo que no se le separa, se ven obligados a actuar en la escuela Bodas de sangre pero interpretando los personajes femeninos, ya que fueron castigados por agredir a Emilio. Javier Malpica muestra hábilmente cómo se transforman estos personajes frente a las situaciones que se les presentan y nos va descubriendo lo que hay detrás de las apariencias de cada uno de ellos, lo cual también implica una gran lección.

Dentro del juego dramático, el autor crea un personaje más que navega en la mente de Andrea, pero sin dejar de ser real: influida por las historias de vampiros, dota a su novio de esa cualidad y se convierte en el ideal: lo que ella quisiera que le dijera, primero; el deseo de él de retener su pasión, después… hasta convertirse en un ­obstáculo para seguir adelante, haciéndose más caso a ella misma que a la tiránica obsesión por él.

La historia de La sangre y sus fantasmas sucede principalmente en la habitación de Andrea, aunque en el segundo acto los personajes se mueven a diferentes espacios de la escuela. La puesta en escena que conceptualiza Rodolfo Guerrero resuelve ingeniosamente el juego de espacios, con el diseño de Martha Benítez, usando los rincones del foro del teatro El Granero, al igual que el juego del personaje real o inventado resolviéndolo con la actuación diferenciada y los aditamentos en el vestuario. Visualmente la obra es atractiva; predominan los rojos y una estética retro, podríamos decir.

Las actuaciones son verosímiles, aunque abre el cuestionamiento de la sobrecaracterización de los personajes, como suele hacerse en el teatro infantil, ya que el público al que va dirigido es de adolescentes, a quienes provoca cierto distanciamiento la caricaturización de sí mismos, pero que al mismo tiempo facilita el acercamiento para un público adulto y de menor edad.

La sangre y sus fantasmas, obra didáctica sin moralismos, es una oportunidad para dejar al descubierto gran cantidad de tabúes generados alrededor del embarazo de adolescentes y permite que, a través de un divertimento, llegue la reflexión.