Interesante tanto por el proceso de reinvención creativa como por los resultados obtenidos, la exposición El golpe del silencio que presenta Isabel Leñero en la galería Luis Cardoza y Aragón de la librería Rosario Castellanos, en la Ciudad de México, demuestra la importancia que tiene actualmente la problematización del medio pictórico.
Marginada durante los últimos 15 años por el acrítico predominio de las prácticas postconceptuales, la pintura, menospreciada por su identidad objetual y retinal, se ha mantenido en un constante renacimiento que, en el ámbito internacional, se materializa en una fascinante diversidad de propuestas. En México, la exploración pictórica es limitada. Con demasiadas repeticiones en las generaciones adultas y complacencias mercantiles en las más jóvenes, la pintura necesita riesgo, pensamiento y creatividad.
Isabel Leñero asumió el reto y, después de varios años de profundizar en composiciones de figuras geométricas y vegetales de fuertes colores y poéticas ornamentales, la artista inició una transformación que exalta, sutilmente, la sensualidad de los elementos esenciales de la pintura: la luz, el espacio y la textura cromática. Dividido en dos etapas que corresponden a la destrucción –o borramiento– del propio estereotipo y la construcción de un nuevo vocabulario, el proyecto se centra en el tema del silencio en la pintura. Un silencio que, con base en la trayectoria de Leñero, significa la ausencia de ornamentos, la reducción de la paleta y la creación de atmósferas que, aun cuando están rodeadas o acotadas por formas que remiten a figuras reconocibles, se imponen como las principales protagonistas.
Realizadas entre 2010 y 2011, las obras correspondientes al borramiento de los vocabularios anteriores, se concentran en el color blanco como vehículo y metáfora de un proceso de silenciamiento de la imagen. Trabajadas con numerosas veladuras que desaparecen, transparentan y transfiguran la iconografía de la artista, las pinturas se convierten en el contenedor de una saturada realidad que, al desvanecerse, se impone por su misterio.
La segunda etapa, realizada entre 2012 y 2013, tiene su origen en la reinterpretación del dramatismo atmosférico de la pintura barroca española. Inspiradas en las estéticas de artistas como Zurbarán, estas piezas, aun cuando contienen figuras que remiten a nubes, cielos, horizontes y árboles, no son paisajes tradicionales: son pretextos para materializar y evocar la emotividad de la luz. Entre lo más atractivo de este conjunto se encuentran unas cuantas obras que, casi monocromas y con formas ovoides colgantes, recuerdan la vibración metafísica de los espacios de Sánchez Cotán.
Integrada por 60 piezas de mediano formato que en su mayoría fueron realizadas en óleo sobre tabla, la exposición descubre que el silencio es pictórico.








